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Los estadios de mi mono blanco

A veces sucede que mi pensamiento, tan sencillo y figurativo siempre, se me vuelve de pronto abstracto y se me aísla de la razón. Me torno pincel mojado en guache y dibujo trazos fauvistas entre las letras de mi mente en blanco. El resultado es un paisaje onírico de palabras complejas cuyo sentido descansa en lo profundo de un abismo Gauguiniano. Por suerte, semejante paranoia artística sólo me ataca en contadas ocasiones y, puesto que nadie más que yo misma me entiende, pasa desapercibida para el mundo.
Pero he aquí que por una vez, sólo una, otros ojos vislumbraron esos brochazos entre las letras y el pequeño hiperbreve “Estadios de mi mono blanco”, fue elegido entre casi mil textos de diferentes autores para formar parte de un ameno y apetitoso libro de microrelatos de la Editorial Hipálage.
Más cuentos para sonreír se llama la obra en cuestión y, tal como reza su publicidad, es realmente alegre, optimista y agradable de leer.
Creo yo que no me permitiré más desfases o que, de hacerlo, éstos no llegarán de nuevo a la categoría de letra impresa, así que éste es el plan: si cualquiera de mis cuatro admiradores anónimos desea conservar una joya abstrusa y única de Tautina Vaiamalla, ya puede comprar el libro pulsando el siguiente enlace o, tal como insiste la editorial, en cualquier librería de España.
Después, sólo debéis poneros en contacto conmigo y, muy gustosa, me cortaré una oreja para que veáis cómo semejante tesoro se revaloriza en vuestras manos.
Voy a ser odontóloga

Cuando cien personas afilan la punta de su lápiz al unísono para participar en un proyecto altruista y solidario siempre acaba surgiendo una voz disfrazada de gesto burlón que proclama que el mundo está lleno de ilusos.
Yo, que creo que los gestos no hay que explicarlos, sino hacerlos, a veces me pongo chula con aquello de la fe en la humanidad y presumo orgullosa de mi inocencia. Y, en contados casos, me da por apoyar alguno de estos proyectos que a veces, sólo a veces, resultan ser lo que parecen y acaban ayudando a alguien más que a mí misma.
Este es el caso de “Atmósferas”, Cien relatos para el mundo. Ya ha salido a la venta la tercera edición de este precioso libro y sus beneficios se destinarán íntegramente a la Fundación Vicente Ferrer. Se espera conseguir un buen montón de becas universitarias para estudiantes de Anantapur y, si la cosa se dispara, meterán la naricilla en el proyecto de un futuro colegio en una de las zonas más pobres y necesitadas de la India. Ahí es nada.
Atmósferas incluye los cuentos de cien autores que, además, son bloguistas. Y aunque yo soy poco amiga, bien lo sabéis vosotros, de estas publicidades que vanaglorian a los descarados y avergüenzan a los humildes, plasmo aquí los nombres de todos ellos. Así podréis felicitar a los conocidos y conocer a los desconocidos porque, además de buenos escritores, estos amigos son (sus acciones los preceden) buenas personas.
Pues eso, que os dejéis de cruzar la acera a las ancianitas y os planteéis comprar el libro aunque uno de sus cuentos lo haya escrito yo, a ver si conseguís que la pequeña Aaleahya sea odontóloga y siembre Anantapur de sonrisas.
Santiago Solano participó con La bruja Maruxa.
Vanessa Martínez Ortega participó con Sombras.
Antonio Esteve participó con La casa.
Alejandro Pérez García participó con Buenos tragos.
Ana Mª Sancho participó con Abuelo.
Silvia Ochoa Ayensa participó con Abuelo.
Lola Mariné participó con Cuando ella baila.
Marta Abelló participó con La canción de Cristian.
Blas Malo Poyatos participó con El sortilegio.
Miguel Ortega Isla participó con Erase una vez…
Susana Eevee participó con Monzón.
Matías Mugione participó con Brazos estirados…
Silvia Alvarez Merino participó con Las piedras no se pueden comer.
Armando Rodera participó con La sonrisa del alma.
Dolores Espinosa participó con El parque.
Rebeca Gonzalo participó con Sangre inocente.
Francisco Cenamor participó con Tierra.
Blanca Miosi participó con Pensamientos nocturnos.
Raúl Sánchez participó con ¿Qué crisis?
Gloria de Frutos participó con El profeta.
Estela participó con La visita.
Felisa Moreno participó con Olvido.
Teo Palacios participó con Mano amiga.
Sara López participó con Marcos y la silla de las idéas.
Berta y Erika participó con Ladrón de recuerdos.
Maribel Romero participó con Mientras.
Rafael Ayerbe participó con Lamento estéril.
Celia Alvarez participó con Gnomo.
Sergio Astorga participó con Una nube en el zapato.
Jaclo participó con Dirty.
Pilar Cabero participó con Te amo.
Manuel Martïnez Carrasco participó con Damián.
Mª Jesús Almendro participó con El Entierro.
Xose Anton participó con Una noche de luna nueva.
Benigno Oval participó con Una amistad peculiar.
Alicia Uriarte participó con Bouquet de rosas.
Pilar Martínez Carrasco participó con Volver.
Jose Luis Carrasco participó con “…”
Julia R. Robles participó con El reflejo de luz.
Jorge Parrondo participó con Papel y tinta.
Mariló Tejelo participó con El oso Fritz.
Manuel Navarro Seva participó con La caña de pescar.
Ignacio Reiva participó con Mano amiga.
Dorotea Fulde Benke participó con En un lugar de la cocina.
Tania Alegría participó con Virtual Killer.
Mercedes Martín Alfaya participó con El viaje.
Ramón Alcaraz García participó con La palabra prisionera de guerra.
Amor Olomí Calderón participó con Una promesa, un recuerdo.
Santiago Morata participó con Un viejo recuerdo.
Paco Arriaza participó con La joven y el cometa.
Lupita Mayorga participó con Zanahorias azules.
Tere Alonso Gurrea participó con Un “tic-tac” muy especial.
Delfina Acosta participó con ¿Qué es la poesía?
Nieves Hidalgo participó con Adiós princesa.
Maat Vazquez participó con Juguetes ilusionados.
Javier Ribas participó con Todo llega.
Justi Zapico participó con Aguas negras.
César Tapia Hernández participó con Caco, el egoísta.
Juan Carlos García Suárez participó con La autopsia.
Manuel Herrera Infante participó con Dinero.
Ferrán Pizarro participó con Hesíodo y el sol.
María José Cádiz participó con Gris.
Silvia María Moreno participó con Ars matemática.
Carmen Andújar participó con Mi amiga María.
Christian Gazzo participó con Mirando detrás de la ventana.
Francisco Mateo Ramírez participó con Los colores del cielo.
José Manuel Angulo García participó con El tesoro.
Raquel Badillo participó con Paz.
Rosa Desastre participó con La vía muerta.
Álvaro Liniers participó con La llamada de la amada.
Ana Rosa P. González participó con Una pesadilla.
Mila Aumente participó con La voz de la nostalgia.
Isabel León participó con Al otro lado.
Emilio Ubal participó con Miguel y María.
Blanca de la Piere participó con El jardín del olvido.
Rosa Jimena participó con La cortina.
Emilio Porta participó con Jerusalén.
Tiritritrantan participó con Rebelión en El Cairo.
Javier A.C. participó con Emilio.
Cristina Vall participó con El botánico y la cebolla.
Félix Ramírez participó con El cayuco.
Carmen Silva participó con El futuro de las torrijas.
Paco Piquer Vento participó con Soledad.
Lola Buendía participó con Un mendigo peculiar.
Antonio Jiménez González participó con El monje Zen, y las piedras del camino.
Alicia González participó con Celos del aire.
Ana Rico participó con Conjuro para aliviar del dolor de la distancia.
Mercedes Rodicci participó con Murciélagos.
Clara García Ramos participó con Se equivocan .cuando dicen.
Maribel Pont Pont participó con Carta a una tirana.
Ramón Mután participó con Hoima.
Valeriano Franco participó con La despedida.
Paola del Campo participó con Rosas.
Antonio Castillo-Olivares Reixa participó con Amar o no amar.
Miguel Alejandro Prado Segura participó con Mi espía.
Miguel Alejandro Prado Segura participó con Se llamaba Margarita.
Juan Manuel Rodríguez de Sousa participó con Caramelos de anís.
Luis Berastain participó con Díez En segundos.
Milagros Salvador El mensaje.
Cuenta atrás

Cuatro…
Tres…
Dos…
Un día queda, sólo un día, para la presentación de mi libro “Las Guapas deberían Morir” en el Centro Párraga. Y entre nervios, invitaciones y compromisos, ayer recibí una nueva sorpresa. Por segundo año consecutivo, me han otorgado el Primer Premio de Relato Corto (y el Primer accésit de poesía, que valoro igualmente) del Certamen Literario “8 de Marzo” promovido por el Exmo. Ayuntamiento de Molina de Segura.
Adoro este pequeño y precioso premio.
Todos los meses deberían ser abril.
¡Por fin Las guapas deberían morir!

Le ha costado más que un parto de elefanta, para qué voy a mentir, pero al fin ha visto la luz mi pequeño y preciado libro “Las guapas deberían morir”.
Lo hace dentro de la colección "La Biblioteca del Tranvía", de la editorial Tres Fronteras. Este formato, enmarcado en el programa Lecturas informales para la difusión de la lectura, consta de sesenta páginas que engloban una exquisita selección de siete cuentos. El diseño de tan coqueta edición (premiado recientemente en los LAUS) corresponde al estudio Paparajote.
Se presentará al público en el Festival de Literatura SOS 4.8. junto con El armario de Abdou, de Gonzalo Gómez Montoro y Negro sobre fondo azul, de José María Jiménez. Será el sábado 25, a las 19:30h, en el Centro Párraga de Murcia (antiguo Cuartel de Artillería) y allí podréis adquirir los tres libros presentados en una edición no venal y verme sufrir hablando de mis letras frente a un montón de, espero, amables lectores.
Para aquellos a los que no os sea posible asistir pero estéis interesados, os dejo el enlace hacia la Web de la editorial Tres Fronteras, donde indica como podréis haceros con un ejemplar, o dos, o diez.
Las dos caras del ratón

¿ALGUNA VEZ VISTE UN PUERCO espín, Federico? No en los anuncios de la tele, o en los documentales o en las enciclopedias, ni tampoco espachurrado en el asfalto, sino vivo y en vivo. De cerca quiero decir, en tus propias manos.
Sí, ya sé que es peligroso cogerlo con las manos desnudas, pero sólo si lo tomas por el lomo y no tienes el suficiente cuidado. Si utilizas uno de esos gruesos guantes de jardinero, y lo colocas con cautela en la palma de la mano, notas que el resto de él es suave, blandito y cálido, tan entrañable y mimoso en sus gestos como un ratoncito o un conejillo de indias, ¿nunca tuviste uno?
Yo sí Fede, una vez. Lo retuve en el hueco de la mano, tan chiquito y asustado, olisqueándome los dedos con su naricilla de ratón, mirándome con sus ojitos rellenos de dulzura. Un bichito tan pequeño y tan capaz de defenderse por sí mismo es digno de admiración. Imagina cuán cuidadoso ha de ser en cada movimiento, con qué prudencia debe amar esta criatura, ese ratón de dos caras, sabiendo el daño que puede infligir, aún sin querer.
Parece muy quebradizo pero no lo es. Tú y yo sabemos que los puerco espines son peligrosos. Es absurdo hacerse el valiente con estos animales traicioneros, su fama de ensartadores de pulgares les precede, y causan miedo y recelo a su alrededor. Me pregunto si esa certeza les hace sentirse tan temerarios, o tan tristes, que hasta cruzan las autopistas sin mirar.
De cualquier modo, no puede decirse que sean cobardes, que se amilanen ante las personas o las ruedas de un coche, ni que mendiguen, como otros animales de pelo suave, un poquito de doméstico amor. Por eso, mi puerco espín, acurrucadito como estaba en el hueco de mi mano, al final se revolvió y me pinchó. No imaginas como dolía, Federico, y hube de soltarlo.
Entonces debí haberlo intuido, debí suponer que ese pinchazo traería consecuencias pero cómo creer en esas fantasías. Se cuentan tantas cosas de los puerco espines y sus espinas, tantas leyendas… Y luego, cuando esos ojitos negros te miran de cerca —y yo los he visto muy de cerca Fede—, sabes, o crees saber, que esas historias de animales malditos sólo son falacias.
Sin embargo, otras evidencias debieron prevenirme. Algunos días sentía un dolor indefinido que me ensombrecía el ánimo, salía a la calle como llevada de un arrebato y cruzaba a la acera de enfrente sin mirar. No me apetecía sonreír, no miraba a nadie, y la gente con la que me cruzaba se apartaba de mí. Yo notaba sus expresiones de desconfianza pero me daban muy igual. ¿Cómo no lo entendí entonces, Federico?
¿Y tú? Sobre todo cómo no te diste cuenta tú. Hemos estado íntimamente unidos este último año. Anoche mismo estuvimos juntos y desnudos, acurrucados entre las sábanas. ¿Recuerdas? Me mirabas con ternura, me sentías muy cerca, me observabas, y repasabas la suavidad de mi piel palmo a palmo. Dijiste que no podías apartar tu mirada de mí ni un momento y, sin embargo, no lo viste.
Tanta calidez, tanta entrega, semejante suavidad en los gestos, en el trato y en el tacto, no era natural, pero tú nunca sospechaste. Una mujer no es, no debe ser, deliciosa como un animalillo, ni siquiera en los sueños del hombre más romántico. Se lo impide su condición humana, Fede. ¿Por qué no lo intuiste y te apartaste de mí como el resto? ¡Oh, no! Tú deseabas a tu hembra de piel de seda, a la aplicada cumplidora de todos tus sueños, la mujer de algodón y dulzura, y justificaste tu ceguera con amor.
Por eso, esta mañana, cuando lo primeros rayos del sol despuntaron tras los visillos, mientras dormías aún pegado a mi espalda, mi dorso se cubrió de espinas fuertes y una púa tricolor te atravesó el corazón.
Por eso has muerto empalado, Fede, por inconsciente y enamorado, como mueren al amanecer los amantes de la mujer puerco espín.
Julia R. Robles
© Publicado en la revista literaria Lunas de Papel nº 3. Otoño-invierno 2008.
Tres dedos

CUANDO MARIANO NACIÓ, en su mano derecha sólo había tres dedos. Su madre, Felisa, se los contó entre lágrimas, seis, siete, ocho veces, tantas como deditos encontró en sus preciosas manos de bebé, y luego lo abrazó contra su pecho y disfrazó de poca importancia ese defecto.
Así se lo inculcó a Marianito desde bien chico, estimulándolo para que su pequeña tara no fuese problema alguno en el desarrollo de una vida normal. Felisa le enseñó a coger el lápiz para dibujar con soltura, lo apuntó a clases de piano y flauta y, tanto lo motivó, que el niño aprendió a escribir, siendo diestro como era, incluso antes que los otros chicos de su edad.
Siempre, desde bebé, en los momentos de mayor intimidad, al acostarlo o mientras lo secaba después del baño, Felisa entonaba una curiosa versión de los cinco lobitos mudados en tres, riendo y moviendo sus manos, y Marianito levantaba el muñón derecho, del que asomaban tres dedos retorcidos y perfectamente articulados, y los giraba al ritmo de la música sin ningún pudor. Entonces, su madre premiaba con besos y abrazos la superación del retraimiento natural del pequeño, y le susurraba flojito al oído que era el niño más guapo y especial del mundo.
Al crecer, Mariano hizo suya la tenacidad de su madre, compaginando sus clases en el conservatorio con una prolífica carrera en la Universidad de Ciencias Económicas, donde terminó un doctorado cum laude en Economías y Finanzas Internacionales. Sin embargo, cuando consiguió su primer trabajo, descubrió que el mundo laboral carecía del paternalismo y empatía que le había rodeado con su familia, amigos y profesores hasta entonces.
Nadie puso nunca en duda sus méritos, pero cuando le presentaban a unos nuevos clientes, Mariano se quedaba con la mano extendida en una bruma de disimulos sin que se decidieran a estrechársela. Igualmente, cuando tendía un contrato, el abajo firmante esperaba discretamente a que separase su garra del papel y lo pusiera sobre la mesa antes siquiera de decidirse a tomarlo. Lo invitaban a pocas fiestas, y en los brindis sus compañeros nunca chocaban su copa, que se alzaba sujeta en imposible equilibrio entre los retorcidos dedos.
En el terreno sentimental las cosas no le iban mejor. Se mostraba efusivo en las relaciones con mujeres, derrochando besos y abrazos, pero ellas parecían tener un repelente en el cuerpo específico para su muñón, pues jamás, ninguna mujer, permitió que éste se acercase a más de medio palmo de su piel.
Al final, escondió sus tres dedos en el bolsillo y trató de hacer útil su mano izquierda, pero para cuando el peso social de su complejo venció a las instrucciones maternas, Mariano contaba ya veintiocho años, y era demasiado tarde para que su cerebro se asumiese zurdo.
Se volvió huraño, ya no acudía a ninguna comida de empresa porque la torpeza de su mano izquierda acababa invariablemente convirtiendo la mesa en un sembrado de cristales rotos. Tampoco alternaba con sus compañeros en los descansos de las reuniones porque el muñón, que había sido el gran ignorado durante todo el tiempo que lo mostró era, ahora que lo escondía, la curiosidad principal en cualquier conversación:
—¿Qué te pasa en la mano que ya no la usas, Mariano? ¿la tienes peor o algo? ¿se te ha atrofiado más? Vamos, enséñanosla hombre, que se te va a acabar de arrugar siempre en ese bolsillo, que a ver qué te estarás tocando…
Mariano empezó a rendir menos en el trabajo, perdió la confianza que se presupone a cualquier economista y quedó relegado a un minúsculo despacho donde rumiaba su humillación día tras día. Y así se lo encontró Felisa cuando fue a visitarlo.
Alarmada por el tono frustrado de su hijo en las últimas llamadas, decidió hacer las maletas y personarse en su empresa sin previo aviso. Lo encontró, tal como intuía, desterrado a un puesto de contable en la primera planta, en un seudo despacho de dos metros cuadrados al final de un largo pasillo. Nada que ver con el Mariano ejecutivo con aires de triunfador que la había recibido, durante su última visita, en un precioso salón de la séptima planta, con vistas a la avenida principal.
No hubo frases formales, ni fingimiento alguno. Felisa hizo acopio del tesón que la caracterizaba y comenzó a exponerle, uno por uno, los puntos por los que Mariano no debía estar ahí, sino seis pisos más arriba, por encima incluso de sus burlones compañeros. Y aunque el hijo se dejó acariciar por las alabanzas de su madre, y la escuchaba con una descreída sonrisa, nada de lo que ésta le decía conseguía motivarlo lo más mínimo. Al final, cuando ella le preguntaba, al hilo de su retahíla, qué había tan importante para impedirle seguir siendo el mejor, Mariano esgrimió su muñón frente a ella y le dijo con tono frío:
—Esto, mamá.
Entonces Felisa entendió. A grandes males grandes remedios dijo el sabio y ella, como madre, adivinaba lo que su hijo necesitaba mejor que nadie. Convencida, murmuró algo como que debía haber hecho eso hace mucho tiempo y una disculpa por no decidirse antes. Después, agarró un finísimo cortaplumas de plata, plantó su propia mano derecha en la mesa, y se seccionó los dedos anular y meñique en un tajo mucho menos limpio y rápido de lo que habría cabido esperar, salpicando de sangre la mesa, la ropa y hasta la cara de su propio hijo.
—¿Qué haces mamá? —gritó Mariano alarmado— ¿Estás loca?
Y Felisa levantó la mano sangrante y la giró, susurrando en un hilo de voz:
—Tres lobitos tiene la loba, escondidos detrás de la escoba…
Julia R. Robles
© Publicado en la gaceta cultural El Kraken nº 25. Julio 2008.
La escalera

Alza sus ojos hacia el cielo inexistente donde la luna le sonríe plácida, atrayente, tendiéndole una escalera sinuosa, hecha de estambres de voluntad, con forma de senos de mujer.
Como cada noche, él abandona los callejones grises, llenos de inmundicias, sangre y frustración, para trepar, peldaño a peldaño, por el cálido cuerpo de una hembra con sonrisa de luna menguante. Y ama su vientre de valle verde, y sus pechos de caramelo, y su cuello de río terso, susurrando en su oído vacío palabras de evocada libertad.
Entonces, con el amanecer, el sueño se diluye en la piedra de los pasadizos contorsionados, y al abrir sus ojos, el sol inunda de realidad, un día más, la soledad del Minotauro.
@Julia R. Robles
Premiado y publicado en el catálogo artístico (edición de lujo) Antilógica 2008 del escultor Pepe Yagües.
La caléndula encarnada y el hombrecillo verde

A Diego Jerez, hombrecillo verde de mis entretelas.
Un hombrecillo verde, minúsculo como una cereza, entró en el Jardín de las Mil Flores. Buscaba, entre todas ellas, una especial, la más hermosa de las hermosas, pues era un regalo de despedida para su amada, a la que abandonaría pronto. Caminó entre los altos tallos hasta que vio aquella que se ajustaba a sus propósitos.
El hombrecillo verde se acercó y miró a la florecilla encarnada que lucía en lo alto del tallo.
—Buenos días, florecilla encarnada.
La florecilla no respondió, quizá ni siquiera lo escuchase desde allá arriba.
—Dime, florecilla, ¿cómo va todo? —insistió el hombrecillo zarandeando un poco el tallo, por aquello de captar la atención.
La florecilla lo miró de reojo. “Otro que quiere que doble mi verde tallo para subírseme encima” pensó.
—Hola, hombrecillo verde —contestó al fin, tras tanto zarandeo—. ¿Qué quieres? ¿ver el mundo desde aquí arriba? Te advierto que soy una estirada y no me doblo fácilmente.
—Si pretendiese eso no te pediría que doblases tu tallo, treparía por él.
La florecilla río con ganas.
—Cualquier flor encarnada que se precie te sacudiría de su tallo al primer envite. Nosotras no nos dejamos trepar por hombrecillos verdes desconocidos. A veces, ni tan siquiera por conocidos.
—Podría dejar de ser un desconocido en un instante. Ni un nombre, ni una procedencia, definen al hombre, pero te bastaría con saber que soy un poeta enamorado para conocerlo todo de mí.
—Ésa es una ostentación muy pretenciosa para un hombrecillo verde, minúsculo como una cereza. Muchos dicen llamarse poetas, y muy pocos tienen de hondo rimador más que el apelativo. ¿Eres capaz de hilarme unos versos a bote pronto?
El hombrecillo poeta bajó la mirada un instante. La florecilla pensó que se entristecía, tal es el poder revelador de los gestos humanos, pero, en realidad, al hombrecillo le dolía el cuello de tanto mirar hacia arriba.
—Hace un tiempo te habría respondido que sí, sin pensarlo, que los versos me afloran de los labios sin esfuerzo. Ahora, mi alma está densa, no encuentro cuanto busco en ella, ni la poesía que encierra, ni las palabras que la cuentan. Ahora, ya no lo sé.
—Vamos, inténtalo —dijo la florecilla curiosa, pues no tenía otra cosa mejor que hacer—. Rima una estrofa, anda. Hazlo por mí y por el sofoco que me estas haciendo pasar, que me tiene los pétalos de color encarnado.
El hombrecillo sonrió ante la burla, pues todos sabemos de sobra que las florecillas encarnadas tienen ese color desde que nacen.
—Está bien, lo intentaré, aunque ando un tanto perdido.
La florecilla movió los pétalos asintiendo impaciente, sin ninguna intención de preguntarle por su pérdida. Ella, petulante caléndula, sólo quería reírse viéndolo mal rimar.
— Pues me diste, de voz, tus fatuos versos
y al hacerlo no pude ya olvidarte,
he buscado en mis pétalos diversos motivos
para verte y para amarte.
La florecilla quedó perpleja unos instantes mientras el hombrecillo poeta reía de su fatua ocurrencia rimadora. Al final, ésta decidió darle a aquel el título de poeta de tercera, que es bastante en la exigente escala de una preciosa flor encarnada de jardín.
—He visto rimas mucho mejores en boca de un escarabajo pelotero. Utilizar el amor como recurso lírico, cuando ni siquiera soy la dueña de tu corazón, es un asco.
—Puede que sí, pero ¿qué más puedes pedirme? Te he dicho que ando difuso.
—Perdido, dijiste perdido.
—Perdido, y difuso, y quizá, por qué no, también desorientado.
—Temo que no hay forma de evitar que me lo cuentes, ¿verdad? —respondió la florecilla, disimulando su curiosidad tras un velo de fastidio.
Y el hombrecillo, acariciando distraído su tallo, cubierto de suaves hebras blancas, le contó. Habló de vidas fugaces y sueños irrealizados, de la brevedad de un suspiro y lo eterno del amor. De lo inconsecuente de la muerte y lo desconcertante de la vida.
Al fin, el hombrecillo quedó en silencio.
La florecilla se incomodó.
El sol lució alto unos instantes y luego las nubes ingratas lo taparon.
—No voy a arrancarte —dijo el hombrecillo de pronto—. Buscaré otro regalo de despedida para mi amada.
—¿Te marchas?
—Sí, me marcho de este mundo: voy a morir sin remedio.
—Todos morimos sin remedio, incluso yo, aunque tu decisión de no arrancarme parece haberme dado un día más de vida.
La florecilla intentó estirarse, orgullosa y altanera, obviando una palabra más, y el hombrecillo se alejó sin despedirse, perdidos sus pensamientos en la búsqueda de otra dádiva para su amor.
Al día siguiente, cuando la caléndula despertó con las luces del alba, encontró al hombrecillo verde acurrucado a los pies de su tallo. entre las hojas que revestían su base. Cimbreó un poco con la brisa y esperó respuesta, pero éste no se movió. Trató de inclinarse, para percibir mejor si respiraba, pero no pudo sentir más aliento que el hálito de la mañana, que lo acunaba entre las hojas.
Lo veló todo el día con exquisita atención, apartando insectos curiosos y briznas de hierba y contado, a quien preguntaba, que aquél fue un hombrecillo único, poeta y enamorado. Y cuando el manto estrellado de la noche cubrió el cielo del Jardín de las Mil Flores, la caléndula dejó caer unos pétalos que lo arroparon, luego otros más que lo cubrieron, y al fin, toda ella se deshojó falta de vida.
— Pues me diste, de voz, tus fatuos versos
y al hacerlo no pude ya olvidarte,
he buscado en mis pétalos diversos motivos
para, por tu amor, amarte.
Julia R. Robles
©Publicado en el proyecto de la Molineta Literaria "Relatos en 10 minutos". Verano 2008
Los cinco rincones

YO SOY LA DUEÑA INDISCUTIBLE del rincón más rico del mundo, atiborrado de fantasía hasta desbordarse. Un lugar ilusorio donde me escondo en los días marrones y donde llevo de la mano a mis compañeros de charlas. Es la esquinita de una parte indefinida de mí misma, de color de nube y tacto de viento, que tintinea como el cascabel, embriaga como el vino viejo y atiborra de nada como la comida asiática. Tan importante es, que sin él, yo no sería.
Poseo un rincón que resalta por lo hondo. Si no fuera rincón, fíjese en lo que le digo, sería pozo de tan profundo que sabe hacerse. Allí medito y soy persona, y aprendo de mis lágrimas y de mis risas, y crezco un poquito cada vez. Me pierdo en ese rincón durante horas en unas ocasiones y, en otras, apenas me asomo un instante para rumiar un pequeño susto. A pesar de que esta porción de mí me atrae de forma irresistible, la visito en horas puntuales y cuido de no estar perpetuamente, porque quiero crecer, sí, pero despacio.
Tengo un rincón oscuro, tenebroso, una parte ignota hasta para mí misma. Allí se fraguan mis decisiones sin sentido, mis arrebatos de ira y los finales de mis mejores fantasías dementes. Sospecho, por los escalofríos que me produce su mención, que este lugar está lleno de experiencias negativas, acumuladas en altas pilas de cajas de embalaje, pero no puedo saberlo porque es un ángulo tan apagado, que ni la luz del pensamiento más radiante lo ilumina. Hace tiempo que desistí de alumbrarlo, y por ende, de entenderme.
Atesoro un rincón, grande, tan grande que pareciera la esquina de la Plaza Mayor de mi pueblo. Está enlosado de ternura y empapelado con las fotos de aquellos que más quiero. Irradia luz, y una serenidad cálida que te acaricia el alma, y estando allí, no podría evitar abrazarle todo el tiempo. Este espacio es un sofá blanco con topos de color rosa, una montaña de almohadones de madeja y seda, el recodo de un río de chocolate y nata. Es el rincón del cariño de la niña que hay en mí, la parte más insufrible, empalagosa y suave de mi amor.
Y por último, hay un rincón físico, tangible y ardiente, digno de su nombre y que poseen todas aquellas de mi género, aunque ignoro si con iguales aptitudes. Esta parcela de mí, que me define como fémina, es general en la forma y especial en cada una de sus suaves y delicadas peculiaridades. Allí soy “La Mujer”, epígrafe labrado en letras de oro sobre la frente de mis amantes. No le digo más, para que entienda su gran valor, que tiene este rincón, escondido en sus comisuras, el detonante de mi placer y el suyo.
De todos estos rincones, ni uno solo muestro al mundo, todos son íntimos y tan propios que, de no compartir mi vida, usted jamás los conocería.
Y sobre ello cavilaba esta tarde, mientras le esperaba sentada a una mesa, en el pequeño café atiborrado de gente en el que entré a tomar una infusión. Por eso, cuando el camarero se hizo oír entre el gentío y me gritó desde la barra, sonriente y despreocupado: “Estaré en su rincón en cuanto pueda, señora”, le aseguro que me quedé francamente desconcertada.
Julia R. Robles
© Publicado en la revista literaria Lunas de Papel nº 2. Primavera-Verano 2008.
Niños y gatos no calzan zapatos

Los gatos no se sientan encima de los niños y les roban la vida.
“Nana”, Chuk Palahniuk.
Los gatos no se sientan encima de los niños y les roban la vida. Acaso les miran con ofensa la nuca, cuando nadie los observa, o los ignoran con manifiesto orgullo si hay un adulto presente.
Por eso, nuestro gato asesino no se ha revuelto contra el niño ruin, ni se bufa, ni le salta a los ojos. Los gatos homicidas son criminales de guante blanco y nunca se manchan las patas. Él, el felino asesino, se recostará paciente sobre la espaciosa despreocupación del niño mezquino que se le sentó encima, y urdirá su plan durante segundos, minutos, quizá horas.
El sol está bajo a media tarde, y la luz entra por la ventana del comedor a raudales, a pesar de que la persiana se encuentra a medio caer. Los rayos oblicuos traspasan la mirada perdida del minino tornándola transparente y sabia. Piensa, o al menos lo parece, abstraído en su metafísica, mientras vigila con el rabillo del ojo al niño que juega en el suelo, a su lado.
De pronto, la atención felina se posa en una mancha brillante en el suelo, en otro punto de la sala. El zumo se derramó de un vaso olvidado hace rato y nadie ha acudido a recogerlo. Se dirige hacia allá parsimonioso, se sitúa en una perpendicular perfecta y maúlla atrayendo la atención del pequeño.
El pobre incauto camina con el paso vacilante de sus cinco años hacia el gato reclamante, y éste, astuto entre los astutos, esconde la alerta de brillos en la baldosa, que el sol arranca al amenazador líquido, cubriéndolo con su propia sombra.
Todo sucede en un instante. El niño da los últimos pasos, decidido a plantar su desnudito pie en el lomo blando y suave del persa, y sus talones se deslizan sin control sobre la superficie mojada. Cae de espaldas, con un golpe seco y queda quieto, con la mirada fija en el techo.
El gato husmea un instante el aire, oloroso a zumo de piña y victoria, y abandona el cuarto con paso digno y suave ronroneo.
Pero no se intranquilice el lector sensible, no hay trágicos desenlaces en esta historia. Minutos después, unos pasos maternales irrumpen en la sala, y los bracitos del niño se alzan buscando el abrigo del pecho materno. El niño ya olvidó al gato, y el gato, para el que todos los humanos son iguales, se sorprenderá de encontrar otro nuevo niño en su próxima visita a la sala.
Todo sucedió en silencio, al son de patas y pies descalzos, y puesto que nadie lo vio, lo ocurrido nunca ocurrió. Ningún rastro queda del asesinato, pues niños y gatos, no calzan zapatos.
Julia R. Robles
© Publicado en la revista literaria Lunas de Papel nº 1. Otoño-invierno 2007.
Los Molinetos

Existe en nuestra tierra un lugar escondido, donde el río es azul y se mete entre los árboles, donde el musgo crece en la cara norte del muro y los caracoles cubren las vallas al sol. Es un bosque apartado y mágico, en el que se reúnen cada noche los Molinetos, en un claro de la pinada, rodeando una pequeña hoguera.
¿Y quiénes son los Molinetos? ¿De dónde salen estos seres de nombre extraño?
Pues los Molinetos son personas normales, que cada día trabajan y tienen sus casas junto a las nuestras, pero que al llegar la noche, se acercan a ese lugar escondido, lejos de la mirada de ningún ser humano, y allí, a la luz de la luna, muestran su imagen cierta. Y entonces se puede ver que Juan, el panadero, es en realidad un mago de pelo plateado como el río, que viste una túnica azul sembrada de estrellas. Y que Marina, la profesora, es una sirena con el cabello largo y dorado como el sol, y las escamas de su cola brillan de mil colores. Y el cartero, al que todos llaman Entonio, es un hombre planta y la melena de su cabeza, sembrada de abundantes rizos, se convierte en una frondosa copa de árbol. Y así, uno tras otro, los Molinetos llegan junto a la hoguera y se transforman, unos en gnomos, otros en hadas, muchos en pequeños seres verdes de orejas puntiagudas, y algunos en enanos.
Todos estos seres mágicos tienen una misión muy importante, que es la de inventar los sueños de los niños, y así, desde hace mucho, muchísimo tiempo, cada noche se reúnen junto al fuego y le cuentan historias a la luna, para que luego ella se las susurre a los niños en sus sueños.
Pero sucedió que, con el tiempo, los Molinetos se volvieron muy presumidos, sabían que su trabajo era muy importante y eso los hacía vanidosos. Además, cuando veían a los niños modernos jugar con sus consolas y pasar horas delante de la televisión, se ponían furiosos, porque pensaban que esos niños sin imaginación no se merecían los sueños tan bonitos que los Molinetos inventaban.
Por suerte, entre ellos había uno que mandaba más que los demás. Era un hombre regordete y de larga barba blanca, que se reía de una forma muy graciosa y que todos llamaban Santa. Él se encargó de que las historias que los Molinetos siguieran teniendo finales felices y no causasen pesadillas a los niños. Además, cuidaba de que siempre se ideasen cuentos suficientes para todos y ningún niño se quedase sin soñar. Y cuando los otros Molinetos se quejaban de que los niños no merecían tanta fantasía, él les regañaba y les ponía a trabajar sin rechistar.
Y aconteció que una noche, Santa no acudió a la reunión porque se había comido dos platos de arroz con habichuelas y se puso malo de la barriga; tenía mucho flato y tuvo que quedarse en cama, así que los Molinetos contaron sus cuentos frente al fuego sin que nadie vigilase que fueran historias bonitas. Y claro, como continuaban un poco enfadados con los niños, por todo lo que os he contado antes, y además estaban algo locos, empezaron a complicar los cuentos, y a inventarse dragones terroríficos, que echaban fuego por la boca y le quemaban el culo a los caballeros; o se imaginaban brujas malas que hechizaban a los niños y los convertían en bichos malolientes y babosos, que subían por las piernas y daban mucho asco. La luna, que escuchaba atentamente como siempre, se asustó tanto que no esperó a que terminasen; corrió a susurrarle a los niños todas esas historias horripilantes que los Molinetos contaban y entonces, los pequeños empezaron a tener pesadillas. Esa noche todo fue un desastre, muchos niños despertaban llorando y llamando a sus papás, y además, con las prisas al huir, la luna se dejó la mitad de las historias y no hubo suficientes sueños para todos, así que los niños que no soñaron, al día siguiente estaban tristes y vacíos.
El pobre Santa, cuando se enteró de lo sucedido, se puso tan furioso que castigó a todos los Molinetos, lanzando un hechizo que los convertía en piedras blancas durante un día. Pero eso no solucionó el problema, porque al llegar la noche, junto al fuego, cuando quiso contar él solo todas las historias a la luna, descubrió que no tenía imaginación suficiente y le salían unas iguales a las otras. Y se encontró Santa muy solo, en el claro del bosque, hablándole a la luna, rodeado de piedras blancas y venga a tirarse pedos, porque seguía muy malito de la tripa.
Entonces apareció una rana verde y grandota, con una preciosa corona de oro, que croaba a cada salto y que se plantó sonriente frente a él. La rana, que era una artista, lo llenaba todo de colores a su paso, pintando los árboles de azul, las piedras de amarillo y el cielo renegrido de la noche, de colores malvas y rojos. Santa se quedó impresionado al ver a la rana mágica llenando la noche oscura de tantos colores, y le preguntó:
— ¿Quién eres tú, ranita pintora?
— Yo soy la Reina de la Fantasía —contestó la rana, sonriente—, y he venido a ayudarte a inventar nuevos sueños para los niños.
— ¿Y cómo? Ya lo he intentado y es muy difícil. Entre los dos no tendremos imaginación suficiente para crear tantos cuentos como necesitamos. Nos faltarán sueños para todos.
— Pues entonces se los pediremos a los niños —dijo la rana mágica—, ellos sí que tienen imaginación de sobra.
Ni corta ni perezosa, la rana Reina se marchó, y daba saltos tan grandes, que pronto estuvo en los pueblos cercanos buscando niños imaginativos, y después fue a los pueblos de más lejos, y después a otras ciudades, y a otros países. Cada vez que encontraba a un niño con mucha fantasía, la rana lo subía a su lomo y después, se hacía un poquito más grande para que le cupiese un niño más. En cosa de una hora volvió al claro del bosque, donde esperaba Santa, con cien niños montados en su espalda, y para entonces era una rana tan grandota, que casi tocaba el cielo con la corona.
Y sucedió que los niños comenzaron a contar cuentos a la cercana luna, llenos de aventuras y fantasía: y en estas historias los caballeros ya no luchaban con dragones, sino con un robot transformable del espacio exterior, y las princesas sabían kárate y se disfrazaban de Totally Spies para luchar contra los monstruos, y las espadas evolucionaban en coches, y había videoconsolas incrustadas en todas las ventanas del castillo del malo. Hasta hubo un niño que contó que unos enanos construían aviones reactores espaciales en una cueva, y cuando estaban terminados, la montaña se abría en dos y las aeronaves salían disparadas hacia Marte para buscar príncipes azules alienígenas.
Los Molinetos, poco a poco despertaron del hechizo, dejaron de ser piedras blancas y recuperaron su forma, y todos escuchaban con la boca abierta las nuevas aventuras de los niños, tan modernas y bonitas. Cuando el último niño hubo terminado, la Reina de la Fantasía se despidió con un “croak” y se marchó dando grandes saltos, devolviendo a cada niño narrador a su cama, donde la luna le contó un sueño, esta vez lleno de personajes nuevos y muy divertidos.
Y así fue como los Molinetos, que cuentan historias a la luna para que invente sueños, aprendieron que los que más saben de la fantasía son los niños, y desde entonces los respetaron mucho. Ya nunca más los asustaron con pesadillas, ni volvieron a decir que no se merecían los sueños más maravillosos. Desde aquella noche, en que la rana Reina les enseñó a escuchar a los niños, los Molinetos siempre han hecho bien su trabajo.
Y Colorín, colorado, croando que te croa, esta historia ha terminado.
Julia R. Robles.
©Publicado en el libro Dibújame un cuento (cuentos para niños) de la Molineta Literaria. Editado en 2007 por la Concejalía de Cultura de Molina de Segura.
Sol y lectura

Acrílico sobre lienzo, 92x65 cm ©Manuel Vacas.
La caricia de la brisa marina trae a mi mente evocaciones de la fantasía que sacia mi cuerpo de hambres carnales durante la tediosa época de hastío.
He soñado, mientras el cálido astro templó mi piel, con un hombre de plata, poderoso como el mismo Neptuno, en cuyas manos fui frágil y huidizo pececillo. El gigante de mis delirios se acercó a mí, sin recato ni cortejo y, por toda demanda, susurró una palabra de pasión. Sumergidos en los brillos oníricos del seseo junto al mar, bailamos ambos, desnudos y excitados, entre la espuma rompiente que la arena bebió.
Y mientras nos fundíamos, por un instante soñado, no fui yo casada, ni él un personaje entre las hojas de mi libro.
@Julia R. Robles
Publicado en el catálogo artístico Rodeándome 2006 del pintor Manuel Vacas.
Luz de la tarde

Acrílico sobre lienzo, 81x65 cm ©Manuel Vacas.
Cae la tarde, tintando de naranjas el cielo de la ciudad, arrancando destellos rojizos a las paredes de cemento y ladrillo, y filtrando los tenues rayos del sol otoñal por entre las ramas de los últimos árboles, en un juego ilusorio de destellos dorados y sombras pardas.
Cae la tarde y, por un instante, todo reverbera en tonos cálidos de amarillos ambarinos. Parpadeas y haces visera con tu mano para mirarme, y tus ojos claros brillan, traspasados de sol, cuando oteas el horizonte. Y entonces, por un instante, el ocaso nos llena el corazón de amores ocres.
@Julia R. Robles
Publicado en el catálogo artístico Rodeándome 2006 del pintor Manuel Vacas.
Buscando letras

Acrílico sobre lienzo, 81x65 cm ©Manuel Vacas.
Yo soy el tesoro silencioso que esconde el doble fondo del arcón pirata, soy el sueño lascivo de la dama beata y la confesión más cruda del hombre más anciano. Yo soy uno y soy ciento, y contengo en mis adentros el último verso del amor romántico y la risa burlona del renacimiento. Hay tanto en mí de sabio y cierto, que la mente humana no podría contener en sí misma cuanto yo contengo. Y puedo jugar con el niño, y entender al adolescente inquieto, y apoyar al erudito en sus retahílas y guiar en sus pasos al de caminar incierto.
Yo soy ese que buscas. Mírame niña, abre mis páginas, y lee entre mis letras tu secreto.
@Julia R. Robles
Publicado en el catálogo artístico Rodeándome 2006 del pintor Manuel Vacas.
Luz en el escaparate

Acrílico sobre lienzo, 92x73 cm ©Manuel Vacas.
Mi mundo es silencioso, solitario y estático. Nada sucede en él, nada lo perturba, pues ni la leve mota de polvo mancillará su superficie, so pena de ser desterrada de un plumazo para siempre.
Mi mundo es una copia de un trozo de vida real, comprimida en una pecera de cristal irrompible; un escenario teatral detenido en el instante mismo de la cotidianidad, tasado según precios del mercado y expuesto sin pudor a la mirada ajena.
Mi mundo duerme fuera del horario comercial, pero al sonar las diez, las luces se encienden y la vendedora pasa el plumero por mi escaparate.
@Julia R. Robles
Publicado en el catálogo artístico Rodeándome 2006 del pintor Manuel Vacas.
Bancos en espera

Acrílico sobre lienzo, 92x60 cm ©Manuel Vacas.
Las ciudades tienen historias, gastadas a fuerza de tanto contarlas; leyendas que duermen latentes en las paredes de los edificios, en las calles, en las plazas y en los jardines del parque.
Un abuelo senil cuenta, a quien quiera escucharle, que aquello era un huerto de frutales en sus años mozos. Una mujer explica a una madre, que amamanta paciente a su bebé, la forma de curar la tos de pecho. Un hombre ocupado lee el periódico, desperdiciando un tiempo que no tiene, y a su lado, un vagabundo ocupa el tiempo en dormitar.
Ayer pasaron mil historias por un banco y hoy, alguien lo pintó de blanco.
@Julia R. Robles
Publicado en el catálogo artístico Rodeándome 2006 del pintor Manuel Vacas.
La cicatriz

Anxón tenía en su rostro una cicatriz que le cruzaba la mitad izquierda desde la frente hasta el labio inferior. Era una fina línea de carne informe que partía en dos su ceja, saltaba el ojo, descendía desdibujándose a ratos por su mejilla y se abría en abanico sobre el labio superior para cerrarse en el punto contiguo del inferior. De lejos asemejaba un perfecto latigazo que el ácido sulfúrico dejó en su rostro a la edad de diez años, cuando trasteaba con su amigo Marquitos en el laboratorio donde trabajaba su padre. El incidente no tuvo mayor riesgo ni consecuencias, podía haber perdido el ojo, podía haber perdido a Marquitos, pero lo único que Anxón perdió esa tarde, y ni tan siquiera esto a los ojos de su amantísima madre, fue su perfecta carita de niño bueno.
Durante años Anxón detestó su cicatriz de forma maniática. A causa de ella, el joven apuesto y jovial en el que prometía convertirse, se tornó huidizo y serio, volcando toda su pericia irónica en la burla mordaz de aquellos que inocentemente preguntaban por la mácula. El tiempo y la madurez sosegaron al fin su enfado con el mundo, pero le quedó un regusto agrio en el carácter y una incapacidad crónica para hacer amigos. Quizá fuera ése el motivo por el que acabó convirtiéndose en editor, pues no debe haber muchas más profesiones donde esos dos requisitos que caracterizaban el temperamento de Anxón sean más indispensables.
Poco tiempo después de asentarse en el mundo editorial, debido principalmente a su fama de mordaz y cruel en las relaciones personales, Anxón contaba ya con algunos escritores de renombre y los derechos de traducción para varios poetas extranjeros. Unos y otros le aseguraban un porcentaje sustancioso, y le dejaban bastante tiempo libre para dedicarse a su verdadera y oculta pasión, escribir.
Clara apareció en la vida de Anxón precisamente en esta época de sosiego y vacas gordas, cuando ambos pasaban ya de largo la treintena, contestando a un anuncio en el que se solicitaba una asistente para trabajo de oficina, algo así como desempeñar las labores propias de una secretaria sin cobrar ni la mitad de lo que le correspondería profesionalmente, le explicó Anxón muy amablemente. Y después, le sonrió.
Clara recordaba perfectamente ese día, el día en que conoció a Anxón y a su cínico humor, el día en que entró a trabajar a su servició y, tal como habría de sucederle en adelante, apenas logró apartar su mirada de esa sonrisa cortada por la curiosa cicatriz.
Los padres de Clara no podían haber elegido nombre más apropiado para esta dulce mujer. Menuda de estatura y de constitución más bien enjuta, su tez era tan pálida como la harina de candeal y sus ojos, grandes y azules ojos, eran tan cristalinos como un manantial de montaña. Además, remataba el conjunto albo con un peinado y un tinte a lo Marilyn que su pronunciada palidez deslucía bastante. Y si ya su aire espiritual y su aspecto descolorido la hacían diáfana hasta la transparencia, su carácter afianzaba más aún lo correcto del nombre de Clara, pues jamás mentía, ni utilizaba subterfugios en el habla, ni jugaba, como era la costumbre del propio Anxón, con dobles intenciones. Debía de ser por culpa de este carácter transparente y franco, que por su vida hubieran pasado tantos novios como meses tiene el año, sin que dejasen más huella en su corazón que la sensación de tropezar siempre con la misma piedra, pues algunos hombres son muy dados a los consejos y opiniones gratuitas, pero a la primera crítica sincera que reciben de una mujer, se repliegan como caracol en su concha y responden con el más absoluto desprecio. Y así, a los ojos de Anxón, Clara pudo sumar al resto de cualidades profesionales, la de estar a estas alturas, soltera y con flexibilidad de horario.
Semejante dechado de virtudes no tardó en ser víctima y mano derecha al tiempo, del despiadado editor, que viéndola tan dispuesta al trabajo y a las buenas formas, abusaba de sus horas laborales cuanto quería, sin el menor remordimiento ante el evidente cansancio de su empleada. Muy al contrario, cuanto más ocupada la encontraba, más nuevas tareas le imponía, obligándole a echar horas extras cada día, mientras él dedicaba el tiempo libre que su eficiente empleada le proporcionaba a sentarse en su escritorio, frente a ella, y trabajar en su secreta novela.
Y es que cuando Anxón se sentaba en su vieja mesa de despacho, pluma en mano, y se ponía a escribir durante horas y horas, ajeno al teléfono, al mundo entero y en apariencia también a su subordinada, no andaba cuadrando cuentas o corrigiendo textos de autores noveles como intentaba aparentar, sino que escribía una novela de la que no había hablado a nadie y cuya protagonista era, y ahí residía el mayor secreto, una etérea y deliciosa mujer llamada Clara. Y digo que se mostraba ajeno a Clara sólo en apariencia, porque lo cierto es que el editor pasaba estas horas que compartía con su diáfana ayudante, espiándola de reojo, fingiéndose embebido en sus propios papeles mientras buscaba captar un nuevo gesto de la mujer, o un gracioso ademán que trasladar al personaje de su obra. Y con frecuencia la violentaba Anxón, explicando a voz en grito su descontento por un trabajo mal terminado, sólo por verla mudar su pacífico semblante en un rictus airado que luego describía satisfecho en el papel, o la acusaba de perezosa para transcribir las respuestas insolentes con que se defendía su franca y orgullosa subordinada. A menudo pasaban la tarde discutiendo, pues Clara nunca se sometía a la injusticia de ser tildada de incompetente, y cuanto más se justificaba la una más ofensivo y burlón era el otro en su diatriba, convirtiendo la discusión en una batalla campal que acababa, siempre coincidiendo con el fin de la jornada, amenazando ella con despedirse cualquier día, aunque cuidaba de añadir la coletilla “porque necesito este trabajo que si no…” antes de salir dando un portazo.
A estos roces continuos sumaba Anxón las noches en vela en las que, escudándose en la meditación del nuevo capítulo, pensaba en Clara, la aprendía, la estudiaba y la imaginaba en mil situaciones y conflictos derivados de su carácter combativo y leal, cual heroína moderna. Y sin darse cuenta, a fuerza de evocarla, la involuntaria inspiradora de su protagonista literaria se convirtió en musa de sus sueños, y en objeto real de sus fantasías y deseos. Y Anxón comprendió que se había enamorado sin remedio de esa criatura etérea y grácil, y entendió igualmente que nunca sería correspondido, pues ella lo odiaba por su proceder de jefe abusivo, y a pesar de que Clara mostraba una exquisita educación, el modo en que lo miraba le revelaba que también odiaba su repugnante cicatriz.
Y así pasó un largo año, un tiempo en el que Anxón escribía capítulos enteros de amor a la Clara de su novela, con el corazón henchido de amor en un puño, y en los que párrafo sí, párrafo no, se castigaba a sí mismo, transformado en literario fantasma de monstruosa apariencia, por su insalvable timidez, por su carácter agrio y por castigar a la criatura que más amaba en el mundo obligándola a permanecer a su lado.
Pero no siempre estaban discutiendo, de hecho hubo oportunidades en las que la ocasión se reveló propicia para que el editor enamorado le contase a su inspiradora el secreto literario que escondía la gaveta de su escritorio, bien aludiendo al libro de algún autor romántico, bien comentando las últimas críticas de algún fustigador desocupado, pero en esos momentos de intimidad entre jefe y subordinada, cada uno detrás de su mesa comentando de éste o aquél autor en tono distendido, Anxón veía desesperado la imposibilidad de cruzar una mirada con Clara, que irremediablemente clavaba sus grandes ojos azules en la cicatriz que le cortaba el labio, por más que él se esforzase en esconderla con su mano.
Con el tiempo, Anxón reparó en que su adorada ayudante había perdido el brillo en la mirada, que estaba un poco más triste y, si cabía, un poco más decolorada de lo habitual, y que incluso ya no realizaba sus tareas con el entusiasmo y la predisposición de antaño. En algún momento llegó a preguntarse si al escribir sobre Clara no le estaría robando el alma poco a poco, creciendo el personaje en su obra a medida que menguaba su vitalidad en la realidad, como contase el gran Edgar Allan Poe que hacía el pintor a la esposa pintada en su cuento “el retrato oval”. Lo pensó Anxón, sí, pero deshechó pronto esa idea por otra un poco menos sobrenatural, pues era evidente que la etérea e imperceptible Clara, capaz de caminar sin desplazar el aire, había descubierto con su infalible intuición femenina, que él estaba loco de amor. Concluyó Anxón que esa y no otra era la causa de los ojos huidizos y la desmotivación de la empleada-amada, pues saberse querida por el señor Caramarcada la tendría en un sin vivir ante el posible acoso, y tal cual lo creyó, resolvió según el juicio maniático con que había resuelto todo en su vida, despedirla para evitarle más desazón y pesar.
Pero Anxón que era diestro en esto de ofender con la palabra, carecía de maestría alguna cuando buscaba una fórmula delicada que no hiriese a quien bien quería, y tras numerosas horas de meditación y varios días de insomnio, al fin decidió, sin mucho convencimiento, que su oculta faceta de escritor solventase el problema. Y siguiendo el plan trazado, esa misma mañana escribió en el capítulo siete de su novela, justo al final de un tórrido encuentro en la cama con su amada Clara:
“- Aún siento en mis labios el sabor salado de tu piel, la humedad de tu deseo vencido y el leve temblor de tu precioso cuerpo tras la batalla amorosa, me resisto a perder nada de lo que me has dado en este tiempo en que has sido mía, temo perderte y que ya sólo pueda evocarte en mi recuerdo, pero es hora de desvelarte el secreto, mi dulce Clara. Tienes que saber que te amo, mi preciado bien. A ti te hablo, mi Clara material, inspiradora de esta otra de mis fantasías. Sé que conoces mi furtivo amor, quizá me descubriste mirándote, o quizá tu intuición te lo ha dicho, pero entiendo que saberte la dueña del amor de un tullido te inquieta. En el mundo real hay una barrera de carne informe entre nosotros, una tara que aborrecemos ambos, puedo verlo cuando te miro a los ojos y tú miras esta marca maldita. Apelo a la franqueza de tu carácter para suplicarte una respuesta, pues yo sé lo que piensas, pero necesito que tú me lo confirmes antes de liberarte para siempre”.
Durante todo el día permaneció el manuscrito de la novela desplegado en la mesa, y, de forma inusual, Anxón ordenó varias veces a la amada ayudante recoger algún comprobante o recibo que el mismo situaba estratégicamente sobre el párrafo delator, pero para desesperación del enamorado, Clara no parecía reparar en la novela clandestina. Anxón anduvo pendiente de ella en todo momento, y por primera vez se dio cuenta de lo realmente incorpórea que era, pues a la primera que se despistaba se la encontraba en la otra punta del cuarto sin percatarse siquiera de cómo se desplazaba hasta allí. A la tarde ambos se despidieron, como cada día, en la puerta de la oficina y Anxón marchó a su casa convencido de que les ahorraría una humillación a ambos si la despedía sin más explicaciones. Sin embargo, al día siguiente, cuando el editor entró en el despacho aún vacío, encontró en la novela que aún seguía desplegada sobre el escritorio, un párrafo nuevo, añadido de puño y letra en una preciosa caligrafía inglesa que conocía bien. Con una letra menuda y femenina, alguien, su Clara, había escrito:
“- Por fin me descubres tu secreto y nos liberas a ambos, dulce amado. Por fin puedo confesarte que te leí a escondidas, y que en mis solitarias noches me he sentido la mujer que describías, esa bella Clara de tus fantasías a la que ni siquiera me parezco más que en el nombre, sólo porque así podía soñarme entre tus brazos, y sentir tu boca y tus manos recorriendo este menudo cuerpo que en tan poca estima tienes. Fui Clara entre tus páginas para creerme amada por ti, ahora ya lo sabes, y puesto que pides que sea franca respecto a lo que pienso, te contestaré también con claridad a eso...”
La puerta se abrió de pronto y Clara entró con la suavidad que la caracterizaba, dando los buenos días. Anxón leyó la siguiente frase de un tirón mientras se levantaba, y al momento, corrió hacia ella, la tomó en sus brazos y buscó su boca. El hombre retuvo los dulces labios de mujer entre los suyos y se eternizó acariciándolos, bebiendo de ellos, sabiendo a esa mujer la señora de su vida, la única capaz de romper la barrera de su complejo y llegar a su corazón. Mientras se deleitaba en el beso eterno y correspondido, en la cabeza de Anxón resonaban las mágicas palabras que Clara había escrito al final del párrafo y que leyó antes de abrazarla:
“He de confesarte, Anxón, que hace años leí a Delibes, que las cicatrices tienen sabor salado y, desde que te conocí, he deseado comprobar si será cierto”.
Julia R. Robles.
© Publicado en el libro Cuentos de la Molineta, de la Molineta Literaria. Editado en 2006 por la Concejalía de Cultura de Molina de Segura.
La liga de los caídos

Hace horas que se encendió la luz. No puedo verla, pero lo sé porque nos sacaron del cuchitril que nos sirve de estancia, y comenzaron a nuestro alrededor los sonidos cotidianos, de cerrajas y arrastres metálicos, que anuncian una nueva jornada de pesadilla.
La angustia me paraliza. Como cada día, mi cuerpo se agarrota a medida que se avecina el momento y el tiempo parece pasar mucho más despacio. Sé que, pronto, una argolla de hierro atenazará mi cuello y me arrastrará hasta el lugar marcado. Las huellas circulares en el suelo indican donde serán emplazados con igual trato, otros como yo, para esperar el suplicio.
Y entonces, sin previo aviso, comenzará la tortura. Seremos golpeados, una y otra vez, cayendo unos sobre otros y derribándonos por nuestro propio peso o por la fuerza de los impactos, entre los vítores salvajes de aquellos que nos agreden, para luego ser arrastrados de nuevo por el cuello, con las tenazas de hierro, hasta obligarnos a permanecer de pie. Caer y levantarse una y otra vez, en el ritual agónico de un espectáculo atroz que se repite cada día, unido en destino a nueve de mis iguales, hasta que alguno perezca o termine otra jornada de castigo.
El terror me nubla el entendimiento, es la hora. Ya escucho los cortos pasos de las deportivas autorizadas y los gritos de los niños que asisten al espectáculo palmoteando divertidos. Siento el golpe seco de la bola de tres agujeros sobre el parquet y el rodar por la pista de sus cinco quilos, viniendo directa y sin compasión, a marcar un pleno al diez con nosotros.
Julia R. Robles
© Publicado en la gaceta cultural El Kraken nº 18. Diciembre 2006.
Un cuerpo perfecto

Sus dedos son bonitos y sus pies graciosamente dibujados, se rematan en unos tobillos tan finos que sorprenden; hasta que fijas la mirada en sus piernas, perfectas y torneadas en un arco, y entiendes que necesita tan delgado inicio para rematarse en la curva de sus rodillas. Aquí me detengo, y me deleito en tan delicada articulación, y es que la rótula asoma, triangular y preciosa al doblarla, y desaparece en sutil arco al ponerse recta. Más arriba veo los muslos, tersos y prietos, carnosos y lascivos en su remate, pues a tan lujuriosos cimientos corresponden caderas igualmente apetecibles, y paseo mis manos por la cara interna, suave como terciopelo, y casi dan ganas de entretenerse en el tierno sexo, pero aún hay mucho que ver y tocar. Quizá vuelva más tarde a la cálida cueva del placer infinito. Miro el ombligo, que es hoyuelo menudo en la meseta de una tripita plana y aparente. Es el momento de embelesarse en esta piel de melocotón, tomar su grácil cintura y subir al tacto por su talle, y ver su color canela, y oler las flores de su rastro, y probar su sabor a sal en la aureola de un pecho magistral, y sorber y succionar insolente, buscando más placer donde más hay para un hombre niño. Pero no, no, tiempo habrá. Dejo a disgusto tan hermoso manjar y suben mis labios por la delicada clavícula, perfecta forma donde las haya en un cuerpo tan perfecto. Y mordisqueo los hombros de puro gusto, y me deleito allí donde empieza el cuello, en la junta de mi deseo. ¡Ay! Suspiro ¡Cuánto siento tener que guardarte ahora!
A mi Tríniti 3000 le falta la cabeza. He de devolverla en su envoltorio original o no me la cambiaran por la nueva. ¡Y cuestan un huevo la muñecas sexuadas de última generación!
Julia R. Robles
Ganador del concurso de breves Acumán 2005. © Publicado en el libro Cuanto cuento, de la misma editorial.




