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02/07/2008
20/06/2008
El erróneo concepto del escritor

Hubo un tiempo en que pensaba que lo único que diferenciaba a un escritor de uno que no lo es, es el tiempo o las ganas que tuviera de plasmar en papel cuanto pensaba. Creía entonces que todos los seres humanos tienen la capacidad de inventar, fabular y soñar historias fantásticas, y que el que uno escribiese sentimientos, o aventuras cotidianas, o puras fantasías abstractas, era sólo cuestión de su estado de ánimo.
Más tarde, descubrí que no todo el que sabe hacer una redacción escolar o llevar un diario personal o un blog, es escritor, que además de tener algo que decir, había que saber expresarlo y que era necesaria cierta dosis de talento artístico para llegar al corazón de los demás y que el lector pudiera ver a través de tus ojos.
El grupo de mis elegidos se redujo, pero aún seguía pensando que lo que caracterizaba a todos ellos era escribir de forma compulsiva, volcando una fuente inagotable de fantasías y sueños en cada historia, entregándose por completo al ejercicio de crear.
Entonces conocí a escritores de diversa condición y carácter, y supe que la mayoría de ellos sólo se sentían seguros escribiendo en un género en particular, o que pretendían mirarse el ombligo eternamente, mostrando al mundo sus vivencias y exigiendo escrupulosa atención hacia su persona, o que tenían que esforzarse mucho en encontrar algo que contar, o que no les gustaba experimentar, o no sabían.
Supe también que, a menudo, el esfuerzo creativo los dejaba exhaustos durante meses, que muchos atravesaban épocas de estiaje, o que escribían de forma rutinaria los sábados por la mañana como quien hace unos largos en la piscina como ejercicio semanal.
Mi círculo de los tocados por el talento artístico se redujo aún más, y ya sólo unos cuantos salían airados de la criba, seres especiales que veían el mundo que los rodeaba a través de un caleidoscopio literario, creadores de relatos por generación espontánea, escritores diarios y casi horarios, personajes profundos en sí mismos, sacados de sus propias novelas y sumidos en la ilusión de vivir para escribir.
Cuando supe que muchos de estos creadores de sueños no publicaban o lo conseguían con sumo esfuerzo, me asaltó la primera duda acerca de la definición de un escritor.
Quizá el talento en sí mismo no era garantía de éxito. Quizá ni siquiera era sano vivir soñando un mundo distinto que siempre acaba siendo este mismo que habitas. Igual convivir con mil historias bullendo en la cabeza, desesperado siempre por vomitarlas en papel para dejar espacio a mil más, distorsiona nuestra perspectiva de la realidad. Y supuse, intuí más bien, que aquellos obsesos de la escritura, aquellos que escribimos a escondidas, cambiando sueño por letras, preocupados más por plasmar tanto que sentimos que por que nos lean, no éramos escritores, no de esos que publican novelas que se venden en las librerías, no de esos comerciales y carismáticos que dan al lector lo que quieren oír y ganan prestigiosos premios.
Comprendí entonces que yo, y todos aquellos aquejados de mi mismo mal, sólo somos enfermos, pobres diablos obsesionados por una vorágine literaria que no conseguiremos calmar nunca. Y lo supe con certeza justo cuando esos tipos de blanco atravesaron de un empujón mi puerta, me pusieron una camisa con correas y me llevaron en volandas al Hospital Psiquiátrico del Palmar.
17/03/2008
Despertar

Siento tu caricia aún antes de despertar del último sueño, o quizá no, quizá tus manos paseaban por mi piel desnuda largo rato cuando tomé conciencia de ello. No recuerdo qué soñaba, pero sí la sensación placentera de mi fantasía y supongo que se debía a ti, a la caricia de tus manos tibias que me buscan cada mañana detrás de tu mirada.
Noto tus labios en mi nuca y tu olor, que me conducen al primer pensamiento consciente y tranquilizador. No estoy sola, tú me acompañas, me proteges y velas el alba. Saberlo me relaja tanto que no quiero despertar, y un suspiro se escapa de mi sonrisa mientras me ocupo en permanecer quieta y mantener los ojos cerrados.
Me palpas despacio valles y barrancos, y tus manos dóciles siguen el camino de mis leves suspiros, que trato de disfrazar de bostezos, Me sabes despierta hace rato, y te impacienta mi holganza, tus envites en mi espalda me advierten de tu expectación. Me desperezo satisfecha y me abro, y tú, dios entre los amantes, me inundas con tu calor.
Mil trinos de pájaros susurran en mi oído: Despierta tierra, ya es tiempo, el sol ha salido.
29/02/2008
Un cuerpo perfecto

Sus dedos son bonitos y sus pies graciosamente dibujados, se rematan en unos tobillos tan finos que sorprende, hasta que fijas la mirada en sus piernas, perfectas y torneadas en un arco, y entiendes que necesita tan delgado inicio para rematarse en la curva de sus rodillas. Aquí me detengo, y me deleito en tan delicada articulación, y es que la rótula asoma, triangular y preciosa, al doblarla, y desaparece en sutil arco al ponerse recta. Más arriba veo los muslos, tersos y prietos, carnosos y lascivos en su remate, pues a tan lujuriosos cimientos corresponden caderas igualmente apetecibles, y paseo mis manos por la cara interna, suave como terciopelo, y casi dan ganas de entretenerse en el tierno sexo, pero aún hay mucho que ver y tocar, quizá vuelva más tarde a la cálida cueva del placer infinito. Miro el ombligo, que es hoyuelo menudo en la meseta de una tripita plana y aparente. Es el momento de embelesarse en esta piel de melocotón, tomar su grácil cintura y subir al tacto por su talle, y ver su color canela, y oler las flores de su rastro, y probar su sabor a sal en la aureola de un pecho magistral, y sorber y succionar insolente, buscando más placer donde más hay para un hombre niño. Pero no, no, tiempo habrá, dejo a disgusto tan hermoso manjar y suben mis labios por la delicada clavícula, perfecta forma donde las haya en un cuerpo tan perfecto. Y mordisqueo los hombros de puro gusto, y me deleito allí donde empieza el cuello, en la junta de mi deseo. ¡Ay! Suspiro ¡Cuánto siento tener que guardarte ahora!
A mi Tríniti 3000 le falta la cabeza. He de devolverla en su envoltorio original o no me la cambiaran por la nueva. ¡Y cuestan un huevo la muñecas sexuadas de última generación!
Ganador del concurso de breves Acumán 2005. © Publicado en el libro Cuanto cuento, de la misma editorial.
18/02/2008
El crítico entusiasta

-El hombre subió al coche, un Toyota Corolla rojo de tres puertas, arrancó el motor y dejó la carretera en el asiento posterior….
-Genial, es increíble que empieces con esa frase. Me dejas de piedra, chica – ella dejó de leer y lo miró sorprendida -. En serio, esa… ¿Cómo se llama? ¿Metáfora? Significa que arrancó echando ruedas y dejó la carretera atrás. Que se fue, vamos. Me gusta esa frase, sí. Bueno, no me pongas esa cara, soy nuevo en esto, igual tiene un sentido más profundo y no lo he pillado. A ver, deja que lo piense, “dejó la carretera en el asiento posterior…”. Igual te refieres a que se puso a conducir sin pensar, que le daba lo mismo la carretera o, ya puestos, puede significar que conducía dejando atrás su rumbo. Ah, ya está ¿no? Es un símil de esos, la carretera es su vida, que se queda en el asiento de atrás, es como abordar la historia diciendo que empezaba de nuevo, ¿no? Joder, venga, sigue, que me tienes en ascuas, ahora dirás algo como que los árboles huían de la carrocería y llovía hacia arriba en los cristales, así, en plan doble sentido. Me encanta cómo preparas al lector para una historia abstracta. En serio, esa frase del principio es para ponerla en un marco vamos. ¿Qué pasa? ¿Por qué me miras con esa cara? ¿No querías leerme tu novela para que te diera mi opinión? Pues eso hago, ¿qué culpa tengo yo de que la primera frase sea jodidamente genial? ¿Crees que exagero? Pues no, de verdad, chica, eso de que dejó la carretera en el asiento posterior me ha impresionado mucho, no sabía que escribías tan bien.
- Oye idiota – replicó al fin la chica- . He dicho cartera. ¡Dejó la car-te-ra!
28/01/2008
A vueltas con el mundo

A veces me bajo del mundo y lo veo partir, y me quedo aquí, mirando como se marcha sin mí.
Pasan los días sin que mi vida pase, pues no planto semillas, ni relleno el azucarero, ni hablo con la luna, ni quiero escribir. Son días que no son, y me siento poco, o no me siento, o no me quiero sentir.
A veces, me puede la vida y me encubre la costumbre, y vivo invernada dentro de mí. El mundo da vueltas pero yo me he bajado, el tiempo ha pasado y no he estado ahí.
Resulta muy triste cuando pasa esto, porque nadie recuerda quien se sienta aquí, en este asiento que viaja vacío porque me he bajado. Y pasa desapercibida mi ausencia del mundo, y pasa la vida indolora por mí.
Parece que se anegan mis ojos en lágrimas cuando me pregunto a quién le va a importar que retome el mundo en la siguiente parada o, de nuevo, lo deje pasar. Parece, pero no es llanto esto de mis ojos, que es el brillo furioso que quiere escapar, ante la certeza de que aquellos que me necesitan ya me vienen a buscar.
Que no es amor lo que les mueve, que es el egoísmo de la necesidad.
Viene el mundo una y otra vez. En cada nueva vuelta, me mira, me chista, me hace cabriolas y salta al revés. Y al final me monto de nuevo en el mundo y sin darme cuenta, me vuelve a traer.
A veces me bajo del mundo, me escondo y me hundo. Él rompe a reír, da tres volteretas y vuelve a por mí.
10/01/2008
La Mujer de mirada triste

A mi madre, con infinito amor.
No vi jamás mirada más huida,
ni sonrisa más triste en una boca,
que el reflejo de ese espejo que toca
el rostro de la que me dio la vida.
Dijera uno que es savia perdida,
mohín eterno grabado en una roca,
furia furiosa de una mujer loca
que no encontró del mundo la salida.
Pero uno se equivoca si no entiende
que esa mujer de la triste mirada
lucha a diario por cuanto defiende.
Pues no hay madre más buena y adecuada.
¿Y qué si no sonríe lo suficiente?
Su mínima sonrisa es polvo de hada.
29/11/2007
Veo veo

- Veo veo – dijo el hada.
- Anda ya – le contesté.
- Veo veo aquel paseo por las Fuentes del Marqués.
- ¿Qué te incumbe a ti mi historia? ¿por qué dices que la ves?
- Tengo una bolita mágica, y la miro del revés
- ¿Qué dices? ¿ves el pasado?
- En llegado, puede ser. Aunque pasado traído por el túnel del Cenajo se hace presente más bien ¿Y si lo miro al través… veo, veo, tu corazón enamorado?
- Eso te lo has inventado.
- Más bien lo he improvisado, mirando tras el cristal tu ánimo embelesado. Dime, mi princesa, dime ¿Cuánto más quieres saber?
- Di lo que se te antoje. No me lo voy a creer…
- ¿Y por qué niegas que amas?
- No niego ni afirmo nada.
- Pues yo veo entre las sábanas, el lugar donde tus ganas inventan su voz, sus manos y su aroma a rosas blancas.
- ¡Dices incoherencias, hada! ¡Calla!
- Veo, veo… el brillo de tu mirada, y suspiros en tu boca. Dicen que se desprende, de tu corazón, la losa. Veo a tu amante, ese hombre que te toca, que con manos caprichosas desgrana, en arena fina, la dura roca. Él, como un niño, modela castillos en Lorca, y viene el mar y los choca.
- Tú estas loca.
- ¿Yo loca? Qué ironía. No soy yo la que habla con hadas de terracota.
20/11/2007
Introspección

Hoy me siento diluida, semi transparente, desleída en mi propio yo. El espejo me devuelve mi imagen más vampírica, pues no existo en el reflejo mágico que enmarca su mirada. Si acaso, fijándome bien, puedo intuir en su superficie de plata a una yo inconsistente, tan aclarada y pálida, que parezco un bosquejo de la mujer que muestro al mundo.
Poso mis manos blancas en el cristal de la ventana y vigilo a su través ese entorno frío y desapacible del invierno, que hoy cubre las calles de color gris. No hay sol y me estremezco, y me desaparezco más, despojada de las pieles de confianza y firmeza que me cubren a diario. Cierro las cortinas y no existo para nadie, salvo para mí misma, oculta en las ascuas de mi corazón incandescente, único reducto cálido que, a falta de la pasión de un amante fiel, puede resguardarme del lapso invernal.
Tomo conciencia de mi irrealidad, y me cobijo aquí dentro, al calor de mi yo más místico, sabiendo que fuera ya no luce el sol, el frío hiela mi ánimo, y un día más, nadie va a entenderme.
09/10/2007
Siempre hacia delante

A veces tengo que decírmelo a mí misma, para no olvidarlo: nada deber retenerme, volaré siempre hacia delante.
Ya quedó atrás el tiempo en el que viví en un árbol, uno que extendía sus ramas al sol, buscaba luz y crecía sin crecer, sin moverse, con las raíces atrapadas en una tierra estéril. Fui oruga, sí, pero ahora soy mariposa, tengo alas, y colores, y nada puede ya sujetar mi vuelo aunque, a veces, he de recordarlo.
Me sucede a menudo, cuando tropiezo con niños que tratan de hacerme un hueco entre sus manos. Algunos acarician mis alas, arrancando una pizca del tenue polvillo que las sustenta y embellece, otros agarran mi patita y se empeñan en agitarme en su mejilla. Pero no son más que niños, incapaces de remontar el cielo salvo en su imaginación, y yo, pequeña y frágil, soy inmensa cuando bato alas y, al fin, los dejo atrás.
Sólo soy una mariposa de efímera belleza y no tengo más valor que mi afán y mi entereza, pero sigo adelante por el cielo indefinido, nunca miro atrás, y tú, que no quisiste verlo, que no lo has entendido, te lamentarás un día de cuánto te has perdido.
25/08/2007
Tempo estival

Es tiempo de estío y de pereza, de largas horas holgazanas remoloneando en el sofá, y de sueños leves.
Los días se suceden luminosos, uno tras otro, y el sol me lame con su cálida lengua de fuego. Mi piel se torna canela por su tortuoso influjo y el agua siembra de gotas mi piel, aliviándola a cada instante.
Las tardes de tedio me calman el espíritu y renuevan las fuerzas que malgasto en las noches de desenfreno veraniego.
Mis letras me olvidan, o me incuban, que no sé a ciencia cierta cual es su proceso, pero están ahí, y volverán con la llegada de mis rutinas.
Mientras tanto, estoy de vacaciones, y aún me quedan cinco preciosos días.
25/07/2007
Presagios

Al despertar, los colores vahídos y la luz difusa del cuarto me han inundado el ánimo. Un manto de nubes grises ocultaban el radiante sol, no así su calor, que resultaba asfixiante de buena mañana, pegándome el camisón al cuerpo. Sentí que era uno de esos días ingratos para los amantes de la luz y la vida, días en que todo es confuso y pegajoso, y el aire se perfuma de aversión. Di una vuelta entre las sábanas mientras mi corazón se escondía entre la bruma gris del cielo, y así, ignorar la angustia de las ásperas obligaciones, que crecía como la espuma, llenándome la mente. Y como dijo la canción, me clavó la amargura su aguijón y entendí que tendría un día marrón.
Ni gris, ni negro, sólo marrón.
30/06/2007
la amante del sol

Sí, lo sé amor mío, yo nunca te pido nada, salvo cuando te pido un imposible. No creas que no valoro cada rayo de tu luz como el regalo más preciado. Aprecio esos minutos junto a ti como los instantes más hermosos de mi vida, agradezco cuanto me das y cuanto quieres darme en igual medida, me haces sentir plena y, por ello, jamás, jamás te pido nada.
Nada te pido, hasta que mi caprichoso corazón desea un imposible y me empeño en que, por mi antojo, detengas el mundo que calientas. Entonces algo se me remueve dentro, me desdoblo y una parte de mí -esa otra yo egoísta que siempre duerme, aburrida de nunca ser oída-, encuentra la ocasión de susurrarme que tú, que eres el dador de todos mis deseos, astro omnipotente, el ser más asombroso, deberías también saber cumplir mi sueño más difícil y penoso.
Y me digo a mi otro yo que es injusto pedirte lo que no puedes darme, que no alcanzaría el sol a detener su curso por mucho que quisiera y siendo yo su ser adorado, mala amante soy pidiendo un imposible. Y me respondo furiosa, desde el otro lado infiel que nunca escucho, que entonces para qué has de interesarme.
Y así, libro una batalla sin sentido destinada a provocarme el más cruel de los daños, a herirme con mis armas más terribles, a castigarme por mis deseos inasequibles.
Pero sé yo, y yo, ambas sabemos, que no está en tu mano cambiar nada en mi vida, ni otorgarme paz de espíritu, ni guardarme, ni ofrecerme una salida, pues sólo yo soy dueña de mi mundo a la deriva. Y si mi sol no puede detenerse, si tiene que seguir la noche al día, razono al fin que sólo necesito, que me dejes abrazarte entre las sombras y esperes paciente, y con cariño, a que termine esta triste letanía.
27/06/2007
la palabra maldita
Descubro horrorizada la presencia20/06/2007
la florecilla encarnada y el hombrecillo verde

A Diego Jerez, hombrecillo verde de mis entretelas.
Un hombrecillo verde, minúsculo como una cereza, entró en el Jardín de las Mil Flores. Buscaba, entre todas ellas, una especial, la más hermosa de las hermosas, pues era un regalo de despedida para su amada, a la que abandonaría pronto. Caminó entre los altos tallos hasta que vio aquella que se ajustaba a sus propósitos.El hombrecillo verde se acercó y miró a la florecilla encarnada que lucía en lo alto del tallo.
— Buenos días, florecilla encarnada.
La florecilla no respondió, quizá ni siquiera lo escuchase desde allá arriba.
— Dime, florecilla, ¿cómo va todo? – insistió el hombrecillo zarandeando un poco el tallo, por aquello de captar la atención.
La florecilla lo miró de reojo. “Otro que quiere que doble mi verde tallo para subírseme encima” pensó.
— Hola, hombrecillo verde —contestó al fin, tras tanto zarandeo—. ¿Qué quieres? ¿ver el mundo desde aquí arriba? Te advierto que soy una estirada y no me doblo fácilmente.
— Si pretendiese eso no te pediría que doblases tu tallo, treparía por él.
La florecilla río con ganas
— Cualquier flor encarnada que se precie te sacudiría de su tallo al primer envite. Nosotras no nos dejamos trepar por hombrecillos verdes desconocidos. A veces, ni tan siquiera por conocidos.
— Puedo dejar de ser un desconocido en un instante. Te basta con saber que soy un poeta para conocer todo de mí.
— Esa es una ostentación muy pretenciosa. Muchos dicen llamarse poetas, y muy pocos tienen de hondo rimador más que el nombre. ¿Eres capaz de hilarme unos versos a voz de pronto?
El hombrecillo poeta bajo la mirada un instante. La florecilla pensó que se entristecía, pero en realidad al hombrecillo le dolía el cuello de tanto mirar hacia arriba.
— Hace un tiempo te habría respondido que sí, sin pensarlo, ahora ya no lo sé.
— Vamos, inténtalo – dijo la florecilla curiosa, pues no tenía otra cosa mejor que hacer —. Hazlo por mí y por el sofoco que me estas haciendo pasar, que aún me tiene de color encarnado.
El hombrecillo sonrió ante la burla, pues sabía de sobra que todas las florecillas encarnadas son así desde que nacen.
— Está bien, lo haré, aunque ando un tanto perdido.
La florecilla movió los pétalos asintiendo impaciente, sin ninguna intención de preguntarle por su búsqueda. Ella sólo quería reírse viéndolo mal rimar.
— Pues me pides de voz algunos versos, y no quiero, por nada contrariarte, buscaré por mi pecho los diversos motivos para verte y para amarte.
La florecilla quedó perpleja unos instantes mientras el hombrecillo poeta reía de su fatua ocurrencia rimadora. Al final, ésta decidió darle a aquel el título de poeta de tercera, que es bastante en la exigente escala de una preciosa flor encarnada de jardín.
— He visto rimas mucho mejores en boca de un escarabajo pelotero. Utilizar el amor como recurso lírico cuando ni siquiera pretendes amarme es un asco.
— Puede que sí, pero ¿qué más puedes pedirme? Te he dicho que ando difuso.
— Perdido, dijiste perdido.
— Perdido, y difuso, y quizá, por que no, también desorientado.
— Temo que no hay forma de evitar que me lo expliques, ¿verdad? —respondió la florecilla, disimulando su curiosidad tras un velo de fastidio.
Y el hombrecillo le explicó. Le contó de vidas fugaces y sueños irrealizados, de la brevedad de un suspiro y lo eterno del amor. De lo inconsecuente de la muerte y lo desconcertante de la vida.
Al fin, el hombrecillo quedó en silencio.
La florecilla se incomodó.
El sol lució alto unos instantes y luego las nubes ingratas lo taparon.
— No voy a arrancarte –dijo el hombrecillo de pronto–. Buscaré otro regalo de despedida para mi amada.
— ¿Te marchas?
— Sí, me marcho de este mundo, voy a morir sin remedio.
— También yo, aunque tu decisión de no arrancarme parece haberme dado un día más de vida.
La florecilla intentó estirarse, orgullosa y altanera, sin decir una palabra más, y el hombrecillo se alejó sin despedirse.
Al día siguiente, cuando la florecilla despertó con las luces del alba, encontró al hombrecillo verde acurrucado a los pies de su tallo. Cimbreó un poco con la brisa y esperó respuesta, pero éste no se movió. Lo veló todo el día con exquisita atención, apartando insectos curiosos y briznas de hierba y contado a quien preguntaba que aquel fue un hombrecillo poeta. Y cuando el manto estrellado de la noche cubrió el cielo del Jardín de las Mil Flores, dejó caer unos pétalos que lo arroparon, luego otros más que lo cubrieron, y al fin, toda ella se deshojó falta de vida.
— Pues me diste de voz tus fatuos versos y al hacerlo no pude ya olvidarte, he buscado en mis pétalos diversos motivos para quedarme y amarte.
10/06/2007
harta imaginación

Martita vomita sin parar desde hace horas. Sus preciosos ojos castaños, redondos y grandes, están inundados de lágrimas por el esfuerzo y el sofoco de arrojar esa bilis verduzca delante de tanta gente. Martita tiene apenas cinco años, luce una preciosa melena dorada hasta media espalda y viste un babi de cuadros rosas a medio muslo que la hace encantadora, salvando las repentinas nauseas que empañan, a intervalos de diez minutos, tan dulce estampa infantil. Por eso todos los médicos en prácticas de urgencias del hospital Militar de San Ignacio han pasado por su cortina a ponerle la mano en la frente y decirle palabras de aliento, porque Martita es tan pequeña, tan pecosa, tan simpática y tan preciosa, que ningún profesional ni enfermera titulada puede evitar asistirla.
Junto a la camilla de Martita aguarda su madre, con el gesto triste de una dama clásica. La señora, guapa y sobria, pareciera que jamás en su vida ha sonreído. Viéndola sentada en esa pequeña silla blanca, con ambas manos sobre el regazo y los ojos perdidos en las losas del suelo, se antoja salida de un cuadro del siglo diecisiete, ajena y con esa expresión lánguida en el rostro. Y tan inmutable resulta ante la continua vomitera de su niña, que podría asegurarse que volverá en cualquier momento a su lienzo para mantener tal gesto por toda la eternidad.
- Mami me duele la barriga.
- Normal, Marta, a ver si lo tiras ya todo y te dan algo que te alivie.
- No quiero vomitar más mami.
- Tienes que echar esas plantas, Marta, son veneno. Cuando se te limpie toda la tripa ya te darán algo que te quite el dolor.
- No eran veneno, eran una ensalada de col con tomate.
La madre resopla, casi parece que va a expresar una emoción, pero sólo es una ilusión, en realidad continua inalterable, manteniendo un correctísimo tono de voz:
- Eran malas hierbas, Marta, y te tengo dicho que no puedes comer plantas, que te metes en la boca todo lo que pillas. A ver si con esto escarmientas.
- Pero yo jugaba a que eran comiditas, mami, no estaba haciendo nada malo.
- Tú y tu imaginación, Marta. Un día vamos a tener un disgusto de verdad con estos juegos tuyos…
***
Martita se levanta del suelo y se sacude de tierra el pelo y el babi. Ya se ha cansado de hacer como que vomita y sube a un montón de escombros para mirar alrededor, por si alguna de sus amigas ha terminado la merienda y sale a jugar, pero aún es pronto. Sigue sola en el descampado y jugar a las enfermedades le aburre una barbaridad. Se sienta sobre unas piedras y se entretiene quitándose las ramas que se le enredaron en el pelo mientras se retorcía en el suelo fingiendo estar en la camilla. Pronto, Carmencita y Lore aparecen corriendo a lo lejos y Martita se pone en pie, saludándolas con grandes aspavientos.
Entonces se sienta feliz a esperar que lleguen a su altura, agarra un puñado de vinagretas silvestres que florecen a su lado, y comienza, sin el menor reparo, a masticarlas satisfecha.




