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El amante de los preámbulos

Él temblaba como un niño cuando me preguntó, entre bromas, si podríamos hacer el amor en diez minutos. Yo lo veía ahí junto a mí, tan excitado, inseguro y asustado, mirando el reloj, sabiendo que se marcharía en un cuarto de hora y de nuevo, se llevaría intacto su eterno deseo.
Siempre que venía a casa sucedía igual. Tomábamos una copa antes de la cena, charlábamos en el sofá, me contaba cuanto me había echado de menos y me hablaba de lo feliz que era a mi lado. Mientras, con esa delicadeza tan suya, me acariciaba la cara, me besaba los párpados, me repasaba el talle arriba y abajo y su voz se tornaba susurro a medida que la apetencia carnal emergía por pura fricción. Estando ya juntos, pegados rostro con rostro, besándonos y sintiéndonos, el bit bit de su reloj alarma nos devolvía a la realidad, y con ella, traía la evidencia invariable de que debía marchase a su casa, con su esposa, hasta la semana siguiente.
De nuevo esa situación de amor contenido se repetía, pero hoy, por puro desvarío del destino, disponíamos de diez minutos más. Él me lo hizo saber con una docilidad y timidez tal que yo, que tanto lo quería y me importaba su complacencia, no dudé en darle lo que a mi modesto entender de amante amiga me pedía.
Por eso me quité el jersey sin más preámbulos y me senté en sus rodillas, abrazándome a su cuello, y suplicándole que me acariciase. Y respondí a sus suspiros abriendo su camisa y lamiendo con dedicación su pecho. Después, cuando hizo lo propio con el mío, lo acuné en mi regazo, le amamanté como a un niño y deslicé mi mano en su entrepierna. Aún me sobraron unos minutos para desabrochar con destreza su pantalón y llevarlo de la mano casi al vértice del placer, gimiendo y retorciéndose entre mis brazos, más como un león que como un hombre.
Pero, de pronto, se desinfló entre mis dedos, empequeñeciéndose hasta la más pura flacidez. Lo miré sin comprender y encontré unos ojos huidizos, culpables de humillación. Quise decirle que no importaba, que sucedía a veces, que eran los nervios. Quise espantar su vergüenza, reparar su orgullo herido de hombre, pero antes de que pudiera decir nada, él se levantó de golpe. Yo, que estaba encima, caí aparatosamente al suelo.
—Menuda golfa estás hecha —gruñó mientras se abrochaba el pantalón.
Y sin una palabra más, se marchó.
Cerró de un portazo y ahí me quedé, tirada en el suelo, caliente, expectante y sola, escuchando como se alejaba, al otro lado de la puerta, el bit bit de su reloj alarma.
Amor perfecto

Hay días en que me puede el deseo. La soledad de mi cama se vuelve una soga suave que ata mis muñecas mientras me recuesto sobre el lecho, y me muevo sinuosa entre las sábanas, meciéndome en mis propios suspiros.
Te deseo, y ansío el contacto de tu piel rozándome y rozándose con todo mi cuerpo. Te añoro, y busco para ti cada rincón furtivo de placer tranquilo. Mis dedos se guían por el recuerdo de tantas manos y siguen el rastro que dejaron en mi cuello, mi pecho, mi vientre y el nexo acogedor de mis muslos ardientes.
Ansío tu boca golosa y tu lengua revoltosa y las rememoro lamiendo mis dedos con deleite, entre suspiros, ávida de ardores y humedades.
Y mi amor tranquilo se vuelve primitivo al ritmo de mis propias fantasías. Codiciándote como te codicio, y sintiéndote dentro de mí guiado por mis dedos conocidos, no puedo evitar sucumbir entre gemidos al delirio que nace entre mis piernas y sube por mi espalda, para estallar en mi cabeza. Mi razón se nubla y mi cuerpo, desnudo y brillante de lujuria, se arquea tensado con las flechas del malévolo Kandarpa.
Entonces, sonrío jadeante aún, satisfecha y feliz de tenerte en mi pensamiento, desarreglada y tranquila porque en realidad no existes. A fuerza de método, te he hecho insuperable para el placer y para la armonía de pareja, pues cuando te necesito eres y estás y, cuando no, desapareces.
El mío es el mejor amante imaginario que pueda crear la mente humana. Soy la orgullosa dueña del amor perfecto. Soy la mujer más sola de este mundo.
En mi cocina

A veces pasa, mientras cocino, que mis manos se mueven mecánicamente, removiendo el guiso, y la mente se me pierde en los laberintos de mi imaginación.
Y entonces pienso en ti, que llegas por detrás para abrazarme suave y besar mi nuca. Pasas una mano por mi cintura y con la otra me retiras el cabello, tan delicadamente que, antes de sentir tus labios, ya me estremecen las yemas de tus dedos.
Y comenzamos un suave baile contrapuesto, yo de espaldas a ti y tú frente a mi espalda, vaivén acompasado sin miradas cruzadas, pues yo vigilo la olla y tú, quién sabe si andarás espiando tras la curva de mi cuello.
Aún así, sin mirarme, me diriges con esa mano que abandonaste sobre mi ombligo, moviendo nuestras caderas a derecha e izquierda, y me besas, bajando del cuello al hombro y vuelta a subir.
Y siento que cambias el paso para rozarte contra mí, y esa mano abandonada, que dejó atrás mi vientre y ya pasea indiscreta sobre mi pecho, cobra vida, atrayéndome hacia ti, mientras tu cuerpo me empuja sobre la encimera.
Se diría que quieres atravesarme con tus envites, se diría incluso que quieres herirme, porque tus besos ahora muerden, tus manos pellizcan y la dulzura de tus palabras se ha tornado urgencia. Un “te deseo” resuena en mi cabeza y me estremece.
Entonces tomo aire, suspiro y, de pie, tal cual estoy, acaricio mi tobillo izquierdo con el empeine de mi pie derecho. Todo se difumina, la olla borbotea, y sonriendo, vuelvo a remover el guiso, en mi cocina.
El erotismo de Tautina

Que Tautina es una criatura erótica hasta la obscenidad es un hecho bastante obvio. Pero lo que jamás imaginé es que me pagarían por ello.
Me pregunto qué diría mi padre de semejante aseveración. Por suerte para él, desconoce que su adorable pequeña ha conseguido por fin prostituir sus letras y su alter ego a cambio de unos risibles derechos de autor.
Sin embargo, el resto del mundo ya debe saber que:
¡¡He sido seleccionada para formar parte del libro de relatos eróticos Cupido!! Y no con uno, sino con dos de mis más pizpiretos cuentos.
Aquellos que ya conocéis como me las gasto en el terreno carnal iréis prestos a descargaros el libro por un módico precio (cosas de la tecnología moderna). Pero para los demás, más púdicos, desganados o austeros, dejo aquí algunas pequeñas gotas de voluptuoso hacer, por aquello de pavonear las plumas de mi cola ante tan inmerecido premio.
“…Se exhibe hermosa frente a la presa y, si ni aún así él se decide, ella misma acercará a su talle las manos del varón elegido, mientras el corazón se le niega a formar parte de tanta avidez física e impúdica. Sédice se torna entonces mujer amadora, besadora, rastreadora de caricias, buscadora de furores en la superficie de ese cuerpo de hombre que, turbado, se le entrega.
Siempre sucede que el deseo la gobierna, y rara vez ha conseguido contenerse, jamás supo guardar las apariencias o disimular con recato, porque Sédice, mal que le pese, es una criatura de espíritu ardiente…”
©Sédice en el espejo de Julia R. Robles.
Publicado en el libro “Cupido” de Mandala & Lapicero.
“…No jugaré con la provocación de mi cuerpo desnudo, no habrá susurros obscenos, miradas lascivas, juegos de piel con piel que espoleen tu avidez. Hoy seré sinuosa, distante, lejana y misteriosa cual princesa envuelta en seda…”
©Hoy no me desnudo de Julia R. Robles.
Publicado en el libro “Cupido” de Mandala & Lapicero.
La muda

Al filo de la media noche Alma comenzó a mudar su piel. Sentía la dolorosa irritación, y los picores, que la inducían a librarse rápido de las viejas escamas. Pero se rascaba con cuidado pues, a cada roce de sus uñas, un trozo de pasado se desprendía y otro de rosado e incierto presente quedaba al descubierto.
La trasformación de Alma seguía su curso, tal como hace el río de la vida o la fantasía de los locos. Podía sentir el proceso desde dentro. Notaba como sus párpados se retraían dejando sus enormes ojos definitivamente abiertos, sentía el veneno afluir hacia sus colmillos inoculadores, su sangre se enfriaba y el contoneo de su sinuoso cuerpo se tornaba ondulante.
Durante un tiempo, mientras la áspera funda vieja resbalaba hasta sus tobillos, fue serpiente enroscada, reptil sin pensamientos, ni sentimientos, ni alimento para el espíritu. Durante unos minutos, horas, días, semanas, el mundo marchó constante sin que su dormido corazón casi latiese, pero la gastada piel cayó, al fin, hecha un gurruño a sus pies.
Sin capacidad de movimiento, sólo podía sentir el frío de la noche aliviar el escozor de la nueva dermis, el sol de la mañana calentarla y el viento de la tarde secarla día a día.
Entonces, sin previo aviso, dio un paso, el paso, y la marchita cáscara quedó atrás.
Alma miró en derredor y comprendió que nada había cambiado. Todo estaba ahí, o no estaba, igual que lo dejó antes de embutirse en sí misma para regenerarse. Y supo que tantas mudas de piel como obrase año tras año no cambiarían su existencia mientras su entorno permaneciese inmutable, que tanto como se depurara y se sonrosase en su interior, jamás se percibiría fuera, cubierta como estaba por la tierra ocre que la rodeaba. Ella, que era cientos de otras, por fuera siempre parecía la misma.
Alma, la mujer serpiente, supo qué debía hacer. Se desperezó, miró risueña a la vida, y emprendió el camino sola hacia un incierto lugar, seguida de una nube de revoleros hados.
Fácil

Es fácil recrearte en mi deseo. Imaginar tus manos de curioso explorador rastreando los valles y cumbres de mi piel clara. Evocar esa lengua cálida que lame golosa cada palmo expuesto de mi vientre de mujer o esos labios, siempre suaves, siempre húmedos, que adoran los rincones de mi cuello que más los adoran.
Puedo, fácilmente, recrear sin recato tus envites salvajes, tus gruñidos de macho embravecido, el peso de tu cuerpo y la fuerza de tus brazos cuando se te antoja que voltee mi postura. O reconocer a ese otro tú que convive inexplicablemente en el mismo hombre, tan afectivo y tierno, tan sensitivo, y que tiembla de amor cuando me acoge entre sus brazos.
Qué fácil me resulta imaginarte, soñarme entregada a tu fervor cada noche, y que cruel se torna en un instante. Pues, cuando la pasión rememorada me somete, me encumbra, me estalla y me acomete, entonces, conformándose al fin ese deseo, se me hace más patente lo mucho, lo tanto, que te anhelo.
Mi primo favorito

Kino, mi primo favorito, me llamó esta mañana. Estaba revisando unos videos antiguos para pasarlos a DVD y tropezó con el de su Primera Comunión. Allí estaba, a sus ocho años, vestido de marinero, junto a una princesa de traje blanco, con el cabello sujeto por una diadema de perlas, que corría y saltaba frente a él sin parar, interponiéndose en el plano de la cámara. Esa era yo, tan pizpireta y acaparadora desde mi más tierna infancia.
—No sé porque se me ocurrió llamarte y preguntar cómo te va—dijo dubitativo—. Hace tanto que no nos vemos…
“Ya estamos de nuevo” he pensado yo. Y he empezado a darle vueltas a la excusa que pondré esta vez.
De niños, Kino y yo siempre jugábamos juntos, a los indios y vaqueros, a los médicos, a las casitas. Era mi primo favorito, quizá porque le superaba en dos meses de edad y un kilómetro de desparpajo, y ambas certezas me daban potestad para gobernarlo a mi antojo.
Aún así, fuimos una pareja insufrible. Desde la anarquía de nuestra Primera Comunión (un marinerito raso y una princesa prometida) nuestros juegos siempre acabaron en peleas e hizo falta la ayuda de algún mediador adulto para evitar males mayores. Pero la familia, viéndonos rivalizar, bromeaba con el deseo de que, de mayores, llegásemos a “llevarnos muy bien”.
En nuestros juegos, si yo era la enfermera de campaña, entablillaba la pierna de Kino a una escoba con nudos imposibles que mi madre tardaba horas en poder deshacer. Si era la india, le ataba los brazos al cuerpo y le daba pescozones incluso después de rendirse. Hasta cuando jugábamos a algo tan poco bélico como los náufragos, no paraba hasta echarlo de la fingida balsa de cartones y hacerlo caer de boca contra el mar de duro suelo, reventándole las narices. El desaguisado que armábamos y las heridas de Kino, solían mantener a mi madre ocupada hasta la cena, así que mi primo se quedaba a dormir en mi casa la mayoría de las veces y me veia obligada a compartir mi cama con él.
Con el despertar de la adolescencia, una de esas noches de juegos, se agarró a uno de los incipientes senos que se trasparentaba a través de mi camisón infantil, y mi madre acudió alertada por nuestros gritos y risas. Nunca más volvió a quedarse a dormir, poco después tampoco le invitaron más a merendar, y acabó por no volver a casa a jugar.
Lo vi hace unos años. Había envejecido y engordado tanto que apenas reconocí a ese chico de ojos claros y rizos que hacía de papá cuando jugábamos a las casitas. Quedamos a tomar café un par de veces pero no era como antes. No subsistía ni el rastro de la complicidad infantil que un día tuvimos.
Ahora, me llama cada cierto tiempo, con las excusas más variopintas, y con la esperanza, acababa siempre confesando, de volver a solazarse conmigo algún día, como cuando éramos niños. Pero es un sueño perdido e, invariablemente, he conseguido ingeniármelas para negarme sin herir demasiado su orgullo.
Yo también me acuerdo de Kino a menudo, aunque nunca se lo he confesado.
No siempre era yo la que salía victoriosa de nuestros juegos de niños. A veces sacaba su genio y se erigía en médico, y tenía que dejarme operar la espalda sin moverme, fingiendo estar profundamente anestesiada. Entonces, se dedicaba a hacer dibujos y caricias con su lápiz bisturí por cualquier parte de mi cuerpo que me hiciera estremecer. Y en el juego de indios y vaqueros, o en el de policías y ladrones, si al fin resultaba yo la atada, Kino se transformaba de pronto en anacrónico vampiro y me mordía el cuello a placer. Y entonces, en venganza, mis súplicas no servían de nada.
Supongo que por aquella época adquirí el desmedido placer que siento ahora, cuando mis amantes me atan las muñecas con fino raso negro y muerden mi cuello al poseerme.
Quizá al final sí que vuelva a ver a mi primo favorito, pues conforme pienso esto, siento cierta intranquilidad interior y una leve curiosidad. Me gustaría averiguar si igualmente, por mi causa, Kino disfrutará mucho más del sexo cuando lo abofetean hasta hacerlo sangrar.
Apetencias y querencias

Me apetece buscar la caricia fortuita de tus manos, esa que no pido en apariencia y que, surgiendo, me obligará a cerrar los ojos para mejor sentirla. Revoloteo a tu alrededor buscando esa fricción que incita a mis sentidos y el mero hecho de perseguir tu contacto ya me altera el ánimo.
Quiero sentir palabras dulces mimando mi corazón y mi nuca en un susurro, quiero saberme hermosa cuando murmuras “hermosa” ,y te abrazo y te agasajo para conseguir mi halago a cambio.
Deseo ser besada hasta aburrirme, quiero que recorras mi cuerpo con tu boca hasta dormirme, y que continúes incansable hasta despertarme el antojo de más roces, y es por eso que me cuelgo de tu cuello y te besuqueo imparable.
Siento el afán de amarte, y ser correspondida para anhelarte aún más, quiero necesitarte para respirar y respirarte mientras nos deshacemos en amores y humedades. Quiero gozarte y saciarme de hombre, y luego acurrucarte en mi pecho y saciarme de niño enamorado.
Anhelo pertenecerte, y que me ames fuera de mi imaginación. Quiero tenerte y que por una vez, existas.
Despertar

Siento tu caricia aún antes de despertar del último sueño, o quizá no, quizá tus manos paseaban por mi piel desnuda largo rato cuando tomé conciencia de ello. No recuerdo qué soñaba, pero sí la sensación placentera de mi fantasía y supongo que se debía a ti, a la caricia de tus manos tibias que me buscan cada mañana detrás de tu mirada.
Noto tus labios en mi nuca y tu olor, que me conducen al primer pensamiento consciente y tranquilizador. No estoy sola, tú me acompañas, me proteges y velas el alba. Saberlo me relaja tanto que no quiero despertar, y un suspiro se escapa de mi sonrisa mientras me ocupo en permanecer quieta y mantener los ojos cerrados.
Me palpas despacio valles y barrancos, y tus manos dóciles siguen el camino de mis leves suspiros, que trato de disfrazar de bostezos, Me sabes despierta hace rato, y te impacienta mi holganza, tus envites en mi espalda me advierten de tu expectación. Me desperezo satisfecha y me abro, y tú, dios entre los amantes, me inundas con tu calor.
Mil trinos de pájaros susurran en mi oído: Despierta tierra, ya es tiempo, el sol ha salido.
Letras amantes

Quiero sentir la caricia de unas palabras en mi piel, letras cálidas, suaves, mimosas, susurros escritos que rocen, con su aliento tibio, el rincón más sensible de mi cuello. Quiero letras amantes, y puesto que las deseo y no las tengo, las escribiré para mi goce y complacencia.
Busco estremecerme con el beso de las palabras dulces y sensitivas, que hablan de percepciones, de escalofríos, de pieles suaves que se erizan al contacto de otra piel, de alientos cálidos y de labios entreabiertos que anhelan otra boca.
Invento letras como dedos que pasean por mi nuca, dibujan la curva de mis hombros y bajan por mis brazos hasta entrelazarse con mis manos. Y otras letras que juegan en mi espalda, saltando traviesas, clavándose para arrancarme suspiros de placer. Y otras más, que suben por mis piernas, acariciando mis perceptivas corvas con delicia infinita, para seguir su camino por la cara interna de mis muslos.
E ideo también letras ventosa, succionadoras como bocas que beben ávidas de mi pecho, tan ardientes y tan pacientes, que provocan, poco a poco, mis gemidos. Letras húmedas como lenguas lamen mi vientre incitando mi deseo, y otras, candentes, las acompañan, y me llenan de lujuria y desatino.
Y ansío el delirio de la palabra deseo, y siento el calor de la palabra pasión, y anhelo el ardor de la palabra sexo, mientras los garabatos lujuriosos se meten entre mis muslos al compás de mis manos escritoras.
Evoco las palabras jadeo, gemido, sofoco, suspiro, grito, y no razono más que postreros monosílabos, enmarcados en signos imperativos…¡Oh!,¡Sí! ¡Ya! Me detengo en el ejercicio de crear, no quiero más palabras que me amen, suspiro satisfecha y me sonrío, pues siente mi cuerpo que mi imaginación, silenciosa y ardua cuando quiere, ha terminado al fin, por complacerlo.
La fantasía erótica

Yo, aquí donde me ven, sólo soy una ilusión. Me han llamado de muchas formas: sueño anhelado, hada inspiradora, princesa codiciada, mujer ideal. Pero si he de tener un nombre cierto, es evidente que éste es fantasía.
Yo soy el reflejo de plata de esa otra que me escribe y, como suele sucedernos a las refracciones, soy limpia y pulida, suave y misteriosa. El mundo se difumina en torno a mí, pues a mi espalda, en el espejo de las letras, no puede apreciarse claramente el escenario. Por eso, aquel que me mira, fantasea que soy lo que desea.
Uno cree conocerme por aquello que lee, me supone desgranada en sentimientos y, llorando mis lágrimas, sueñan con consolarme. Recrea escenas donde sus dulces caricias apaciguan mi atormentado ánimo creador, y tras el consuelo, como irracional consecuencia de su delirante mente, surge el deseo devastador que me arrastra a entregarme a él en cuerpo y alma.
Otro me imagina a su antojo, pues suma al calificativo de escritora, el de perspicaz, culta y curtida, elucubrando espléndidos sinónimos de mujer escribiente que, en sí mismos, no lo son. Así elabora una ristra de atributos con la que modelar su sueño femenino, y sin esperar a que el barro haya secado, posee con ardor a su delirio de cualidades en terracota roja.
También hay alguna que me siente ella, o que se siente yo -que tanto da soñador que sueño- y se embute en los personajes que encarno haciendo suyos mis amantes y mis ficciones. Entonces descubre el gran placer de sentirse quimera, y siendo diosa codiciada, se acaricia entre los renglones de mis letras.
Todos en fin, de una forma u otra, me miran y me sueñan, y me preguntan extrañados por qué me quejo de ser una fantasía por tantos deseada. Y yo he de sonreír con picardía, cerrar las piernas que ya abría, y susurrar que no me satisface no ser más que un recurso para excitarse porque, uno tras otro, me aman sin tocarme, y me olvidan después de utilizarme.
Agradecida

No creas que ha sido casual que estés hoy recostado en el sofá, con una copa en la mano, mientras yo me desabrocho la blusa (despacio, muy despacio) frente a ti. Te mereces un regalo por portarte bien, así que me he duchado por segunda vez, he elegido un primoroso tanguita de encaje (uno de tus favoritos), y me he vestido para esperar paciente a que volvieras del trabajo. Y ahora estas ahí, mirándome con ojos asombrados (de la suerte que tienes) mientras me contoneo.
Me gusta que pasees la mirada (esa mirada lasciva e impaciente) por mi blusa, semitransparente a causa de las gotitas que todavía desprende mi cabello. Ya has descubierto que no llevo sujetador y tus ojos no pueden apartarse de esa insinuación. Aun así los distraigo, acariciándome descarada, desde mi pecho hasta mis muslos, obligando a tu mirada a recorrer el camino de mis manos, mientras suspiro y te incito, deseando (mis ojos te lo dicen) que seas tú quien me acaricie.
Haces amago de ir a levantarte, pero doy un paso atrás y te detienes, mejor te estás quieto, sabes que yo decidiré el momento. Me miras y pareces decir (eres mala) que siga, que quieres más, que te urge verme desnuda y entregada, pero soy, a conciencia, desesperantemente lenta. Cae la camisa (y con ella cualquier resto del cansancio que arrastrases) y los botones de mis vaqueros van cediendo, uno, otro (te agitas), otro más. Un movimiento sexy de caderas ayuda a dejarlos caer. Me inclino, de espaldas a ti, para acabar de bajarlos a mis tobillos. Saco un pie, se me resiste el otro. Me oyes reír suavemente y lo sabes, (levántate ahora) es el momento...
La red del deseo

Apoyé mi dedo índice en sus labios un instante, y le susurré al oído que cerrase los ojos, me sonreí al sentirla estremecer, y bajé mi mano sinuosa por su cuello. Había sido tan fácil conquistarla y era tan hermosa, tan inquietantemente extraña y bella, que me sentí un tipo afortunado. Escuchaba su respiración acelerada mientras zigzagueaba con mi dedo por su escote, serpenteando sobre su piel, dibujando las sombras, siguiendo cuidadoso las cadenas de su deseo, iba a hacerla mía, sin prisa y sin esfuerzo. Esa preciosa mujer estaba tan entregada como un cervatillo asustadizo.
Llegué a su ombligo y me detuve, haciendo espirales juguetonas, mirando de reojo esas redes, que aprisionaban sus torneadas y sublimes piernas. Se me antojó maraña deseable, y quise yo enredarme en esa malla.
Mientras mi dedo índice ondulaba por los rombos del dibujo, la sentía gemir y me excitaba, pero olvidé mirar sus ojos, absorto como estaba en el tramado delicioso de su piel marcada.
Y ése fue mi error, el no mirarla, pues de haberlo hecho, quizá hubiera descubierto su propósito, pero fui confiado, no intuí el peligro, y anduve disfrutándola sin recelo. Hasta que sentí algo pegajoso en mi cuello, y al alzar el rostro, comprendí que no podía, que mi cabeza no se levantaba, y vi caer con angustia sobre mi cara una red más amplia, fuerte y pegajosa que aquella que con delicia acariciaba.
Quise chillar y un líquido pastoso y agrio me inundó la boca, casi me ahogo antes de cerrarla, y supe en ese instante que iba a morir, pues mis labios quedaron sellados sin remedio.
La mujer escupía más y más hilo viscoso, y tejía con esmero, en torno a mí, la trampa que sería mi tumba. Ya no podía moverme y casi no podía respirar, pero aún tuve un instante de lucidez para recordar el momento en el que me la presentaron, hacía apenas unas horas, en aquella discoteca, y la gracia que me hizo entonces que todos la llamasen la mujer araña.
Tempo estival

Es tiempo de estío y de pereza, de largas horas holgazanas remoloneando en el sofá, y de sueños leves.
Los días se suceden luminosos, uno tras otro, y el sol me lame con su cálida lengua de fuego. Mi piel se torna canela por su tortuoso influjo y el agua siembra de gotas mi piel, aliviándola a cada instante.
Las tardes de tedio me calman el espíritu y renuevan las fuerzas que malgasto en las noches de desenfreno veraniego.
Mis letras me olvidan, o me incuban, que no sé a ciencia cierta cual es su proceso, pero están ahí, y volverán con la llegada de mis rutinas.
Mientras tanto, estoy de vacaciones, y aún me quedan cinco preciosos días.
la amante del sol

Sí, lo sé amor mío, yo nunca te pido nada, salvo cuando te pido un imposible. No creas que no valoro cada rayo de tu luz como el regalo más preciado. Aprecio esos minutos junto a ti como los instantes más hermosos de mi vida, agradezco cuanto me das y cuanto quieres darme en igual medida, me haces sentir plena y, por ello, jamás, jamás te pido nada.
Nada te pido, hasta que mi caprichoso corazón desea un imposible y me empeño en que, por mi antojo, detengas el mundo que calientas. Entonces algo se me remueve dentro, me desdoblo y una parte de mí -esa otra yo egoísta que siempre duerme, aburrida de nunca ser oída-, encuentra la ocasión de susurrarme que tú, que eres el dador de todos mis deseos, astro omnipotente, el ser más asombroso, deberías también saber cumplir mi sueño más difícil y penoso.
Y me digo a mi otro yo que es injusto pedirte lo que no puedes darme, que no alcanzaría el sol a detener su curso por mucho que quisiera y siendo yo su ser adorado, mala amante soy pidiendo un imposible. Y me respondo furiosa, desde el otro lado infiel que nunca escucho, que entonces para qué has de interesarme.
Y así, libro una batalla sin sentido destinada a provocarme el más cruel de los daños, a herirme con mis armas más terribles, a castigarme por mis deseos inasequibles.
Pero sé yo, y yo, ambas sabemos, que no está en tu mano cambiar nada en mi vida, ni otorgarme paz de espíritu, ni guardarme, ni ofrecerme una salida, pues sólo yo soy dueña de mi mundo a la deriva. Y si mi sol no puede detenerse, si tiene que seguir la noche al día, razono al fin que sólo necesito, que me dejes abrazarte entre las sombras y esperes paciente, y con cariño, a que termine esta triste letanía.
tatuaje

Mi piel esta marcada de deseo,




