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Antoñico el de la Pollera

Pues hoy es obligado que les cuente, porque todo el pueblo habla de ello, que han ingresado al Antoñico, el hijo de la Jose la Pollera; un zagalico retrasado que no tendrá más de quince años, aunque con lo grandote y gordo que está, aparenta sus veinte abriles. Esta misma mañana ha sido, que avisaron a la policía y se lo llevaron de cabeza para el psiquiátrico de la Arboleja. Lo vinieron a detener en la puerta de la carnicería, porque estaba dando voces y golpes en los cristales y asustaba a la clientela que se arremolinaba en el interior sin atreverse a asomar la nariz fuera del comercio.
Aunque esté mal reconocer que en estos tiempos todavía existan estas cosas, el Antoñico viene a ser como el tonto del pueblo. Procedente de una familia humilde y con tan pocos recursos como cultura, la Jose la Pollera, su madre, lo ha criado más mal que bien, entre el servicio en una casa y otra, al abrigo de las hermanas mayores o por las calles, según viniera en ocasión. Durante un tiempo les anduvo detrás la asistencia social, pero como el crío no hacía daño a nadie y la madre lo tenía atendido y limpio, acabaron por archivar el caso con una pensión medianita, y una visita dos veces al año al centro social de la zona, para cubrir el expediente.
Y la cosa iba bien hasta hace seis meses, que la Pollera se puso mala y se metió en cama, y ahí empezó el zagal a sacar los pies del tiesto.
No es que haya sido culpa de él, no, que ha sido más cosa del padre. El hombre, que no tiene conocimiento ninguno, lo veía mayor y se lo llevaba a los bares (porque al Antonio padre le tira más la botella que el respirar). Y entre carajillo para él y cerveza para el nene, el Antoñico se embrutecía y hablaba barbaridades para deleite y guasa de todos los borrachos de la barra.
El final de esto se veía venir cuando el padre se quedaba en el bar y mandaba al Antoñico a correr las calles alcoholizado, grito va y grito viene, sin control, ni gobierno. Lo primero que le dio por hacer, fue mearse en cualquier esquina, como los perros, sin atender a razones o amenazas. Y, después, ya que andaba con la cuca fuera, le dio además por enseñársela a todas las crías del pueblo.
Y de esta guisa lo han encontrado los municipales esta mañana en la puerta de la carnicería; apestando a coñac, con los pantalones bajados, aporreando el escaparate y diciendo obscenidades a las ancianas que se santiguaban dentro. Dicen que lo han ingresado para siempre, que a su casa no vuelve porque la Pollera a firmado como que renuncia a él y a la pensión que recibía. Con todo el dolor de su corazón lo ha dejado a cargo de la Comunidad Regional por ver si así lo atienden como deben. Dicen que no está en el pabellón de los locos, sino con los deficientes como él, y que en unos meses lo pasarán a otras instalaciones de régimen abierto y ya podrá recibir visitas. Dicen que es de esperar que acabe en un colegio o un centro-escuela de esos donde aprenden una ocupación y que, al final, que se lo hayan llevado va a ser lo mejor.
Pero claro, igual lo dicen para calmar la conciencia colectiva porque en realidad, para qué nos vamos a engañar, tanta lástima y tanto preguntar, con lo que se ha zurrido por las calles el caso, era más que nada por saber si al fin descansamos en el pueblo del pobre Antoñico y de su dichosa cuca.
Los hombres no saben nadar

¿Qué sirena no ha soñado, harta de cobardes tritones, con el amor de un hombre adulto? ¿Cuál de ellas no deseó alguna vez que un caballero de los de antaño, hombre digno y consecuente, se dejase embaucar por su canto?
También yo soñé mil años con ese navegante intrépido que llegase hasta mi roca sin amilanarse, que arrancase a mordiscos mi cola y encontrase, al fin, a la mujer que se esconde tras las escamas de plata.
Lo soñé, sí. Pero el tiempo y la experiencia me enseñaron que una hechiza con su canto al viajero que se le cruza en el mar, que lo mece en olas de fantasía mientras el viento es favorable, pero que luego, debe arrastrarlo hasta las rocas para abandonarlo allí a su suerte. Tal es el sino de la sirena. Y tantas veces que intenté cambiarlo, casi pereció mi corazón empujado por su barco a la deriva.
Debes saber, mi pequeña aprendiz, que el hombre adulto, como el tritón, es temeroso de todo aquello que desconoce, y se encoge como un pececillo asustadizo al primer chapoteo. Se aferra a su barcaza cotidiana, a veces solitaria, a veces poblada de obligaciones, pero siempre triste, porque el mar le parece muy inmenso.
Y no te engañes creyendo que espera tu mano para tomar nuevo rumbo, o que serán suficientes tus promesas de un mundo maravilloso bajo el mar. Si acaso embrujado por tu canto, la mano del hombre llegase a tocar el agua fría, lo verás retraerse como el cangrejo en su concha y susurrar estúpidas excusas:
“Si abandonase el barco se rompería y nada me quedaría” ,“mi tripulación es jovencita y me necesita”, “estoy atado al palo mayor para la eternidad, por las cadenas de mi fingida realidad”…
No te engañes, pequeña, ningún hombre se lanzará al mar por ti. Que su miedo no haga mella en tu orgullo, aunque te erijan en única responsable de su cobardía. Lo cierto es que, algunos hombres adultos, nunca aceptarán su verdadera maldición. Ellos no saben nadar, aunque sigan soñando con sirenas.
El largo paseo

Escribí este texto en Septiembre de 2005, pero hay una buena razón para recuperarlo ahora, espero que sepais disculparme.
La verdad es que este paseo nos hacía falta a los dos.
Solos, deambulando por la playa a la luz de la luna, recorriendo la orilla, esquivando a saltitos las suaves olas que prueban a lamernos los pies. Juntos y tan tranquilos, sin los niños, sin ella…
¡Cuánto tiempo hacía! Sí, bobo, me he dado cuenta ¿Te crees que no lo sé? ¿Crees que yo no echo de menos nuestros momentos? Desde que la pequeña llegó a casa, ha acaparado toda mi atención, todos mis cuidados, pero es normal, es muy chiquitita. Y ya puestos a hablar del tema, es natural también que los niños tengan celos. Pero tú, tú eres un adulto, pensé que me ayudarías a cuidarla, que estarías encima de ella, y resulta que te acuerdas de que existe sólo cuando yo la tomo en brazos. Eso, hazte el desentendido, tú adelántate a ver esa caracola e ignórame.
Anda, ven. Es agradable pasear descalzos por la playa, ¿verdad? Como hace años, cuando aún no estaban los niños, ni esos ofensivos carteles de prohibido ¿Te acuerdas? Cada verano, noche sí y noche también, bajaba contigo a pasear por esta playa, con mi vestido de gasa, mis sandalias en la mano y mis pensamientos en la cabeza. Sé que adoras estos vestidos largos y vaporosos míos porque, cuando caminas a mi lado, la brisa del mar te acaricia con la tela y te hace tropezar y enredarte. Y entonces, chapoteas divertido con las olas tenues que llegan a la orilla y yo gruño porque me salpicas. En esos momentos me sacas de mi ensimismamiento, pero pronto me dejas evadirme otra vez, soñar mirando las luces distantes del paseo reflejadas en el mar, la bahía sembrada de comercios iluminados, la luna majestuosa y brillante, allá al frente.
Intuyes que eso es lo que necesito. Caminamos en silencio, escuchando la música lejana de los bares de copas y el cercano arrullo del mar, sintiendo el olor del salitre abrir nuestros pulmones.
Siempre has sabido estar a mi lado, y debe seguir siendo igual, aunque ella esté aquí nada ha cambiado, tú sigues siendo mi compañero de meditaciones favorito.
Además, no puedes quejarte, cuando la veterinaria me dio la pequeña gatita, lo primero que hice fue enseñártela a ti a ver que decías. ¡Vamos! Te la planté en los mismos morros para que la vieras bien, así que ,si tenías algo en contra, ése fue el momento de quejarte. Pero no, entonces te pareció bien que esa pequeña felina entrase a formar parte de la familia, hasta te hizo tanta gracia que estuviste jugando con ella horas y horas, aunque ahora no lo reconozcas.
Lo que no puede ser es que te dé igual que los niños la trajinen todo el día, que ni la mires cuando pasea fanfarrona frente a ti, que te importe un pimiento que los demás le hagan carantoñas. Pero que todo sea cogerla yo, y ponerte a incordiar y a subirte encima de mí. No, no, déjate de salpicarme que esto es serio, Pancho. Que sí, que tú estabas antes, que sí, que eres el perro de la familia, que estamos de acuerdo en que cuidas la casa y la gatita carece de utilidad, pero haz el santo favor de superarlo y dejarte esos celos pueriles, que me tenéis loca entre todos.
Ya tienes ocho años, Pancho ¡Y eso en un perro es mucha adultez!
‡‡‡‡‡
A la memoria de Pancho (1996-2009), mi mejor y más leal compañero estos últimos trece años. Te lloraré al menos otros trece, querido amigo.
Suicidio

Indudablemente, es más fácil morir que soportar sin tregua una vida llena de amarguras.
Johann Wolfgang Goethe.
Yo me suicidé una vez, hace mucho tiempo. Tenía trece años y, lo recuerdo nítidamente aún ahora, hacía una semana que me habían violado, aunque hasta hoy nunca antes se lo había contado a nadie.
Fue mi vecino, un viejo solitario y huraño cuya terraza lindaba con la mía. Y, si denigrante fue el abuso, más lo fue que los niños de la calle de atrás lo observasen todo desde la ventana de su cuarto sin hacer nada.
Unos días después, mi padre me arrastró de los pelos por toda la calle, descalzo y en pijama, hasta un parque cercano. Quería que identificase a esos golfos, según él amigos míos, que tocaban el timbre de casa y me insultaban a todas horas, y que en realidad eran los únicos espectadores de la violación que nunca denuncié.
Al día siguiente, esos mismos niños rizaron el rizo de la burla cruel apaleando a mi mejor amigo. Mientras le pateaban, trataban de conjurar su propia suerte advirtiendo al resto de muchachos de la calle, a voz en grito, de que cualquiera que se acercase a mí se contagiaría de mi demostrada mariconez.
Supongo que por eso me suicidé. Porque me sentí ínfimo viendo como le rompían la nariz y dos costillas al buenazo de Paquito mientras yo no hacía otra cosa que llorar. O quizá me encontré desvalido ante el abuso. O humillado por la vergüenza pública. O demasiado solo en el mundo.
También puede ser, y yo creo que esto será lo más probable, que me suicidase simplemente porque tenía el medio y carecía del juicio. Un arsenal de calmantes, estimulantes y todo tipo de drogas para el tratamiento de las depresiones de mi madre, me esperaron siempre en el primer cajón de la cómoda, para cuando ya no pudiera, ni quisiera, aguantar más mi sufrida adolescencia.
Fuera por el motivo que fuese, yo me suicidé esa noche. Tragué cuantas pastillas pude, de mil colores y formas, acompañadas de todo el coñac que logré ingerir, hasta que perdí el conocimiento.Y morí.
Tres días, y dos lavados de estómago después, salí del hospital arrastrando la vergüenza de haber muerto, además de una perpetua intolerancia psicosomática a tragar cualquier tipo de cápsula y a olfatear siquiera de lejos el coñac.
Han pasado muchos años desde aquello, pero nada ha cambiado. He seguido consumiendo la vida de prestado que me tocó en suerte. Me he drogado y desintoxicado diez veces, he delinquido por dinero y por sexo, he estado en la cárcel, he sufrido dolores indescriptibles, he padecido las vergüenzas más denigrantes, he enfermado, he perdido todos los dientes, he llorado mil veces y he envejecido demasiado pronto.
Y cada día abro los ojos en un lugar distinto preguntándome cuánto más durará este dolor eterno, porque ese día, el día de mi suicidio, yo morí y desperté en el infierno.
confidencia

Él nunca vino y ella, acurrucada en su rincón, tararea la canción de aquel poeta de ojos tristes que tanto le gusta aunque, al final, siempre acaba equivocando la letra:
El suelo bajo nuestros pies,
sin verlo, se hizo mar y ya no hay nada,
ya no hay nada sobre lo que caminar.
Tú te elevas. Yo me hundo en lo profundo
como un pez abisal…
…na na na.
Presagios

Al despertar, los colores vahídos y la luz difusa del cuarto me han inundado el ánimo. Un manto de nubes grises ocultaban el frío sol, no así su reflejo que, de buena mañana, tintaba de penumbra mi habitación pegándome el desánimo al cuerpo. Sentí que era uno de esos días ingratos para los amantes de la luz y la vida, días en que todo es confuso y pegajoso, y el aire se perfuma de aversión.
Di una vuelta entre las sábanas mientras mi corazón se escondía tras la bruma gris del cielo para, de esta forma, ignorar la angustia de las ásperas obligaciones, que crecía como la espuma, llenándome la mente.
Y, como dijo la canción, me clavó la amargura su aguijón y entendí que tendría un día marrón.
Ni gris, ni negro, sólo marrón.
Aquí no es Navidad, pasa de largo

La soledad me pilló por sorpresa.
Llegó antes de lo que esperaba y no me dio tiempo a protegerme. Yo, que tan bien la conozco, debí haberlo intuido, debería saber ya que ella, perfida tristeza traicionera, rompe cualquier norma establecida si con eso ha de crecerse, y fortalecerse, y hacer más, mucho más daño.
He tocado fondo y ahora no me queda otra que esperar, acurrucada en los brazos de mi soledad, aguantando el aliento gélido de su abrazo, a que el tiempo pase rápido, tanto como siempre y más que nunca.
No respiro, ni existo, ni soy. No estoy en el mundo porque nadie puede verme. Mi burbuja muere embutida en mí misma, rota por dentro en una espiral de dolor que acaba en mi propio centro, esférica y pulida por fuera como cualquiera de las bolas de mi triste árbol sin vida.
Pasa de largo que la Navidad llegará a esta casa tarde. Lo siento, créeme que lo siento más que nadie.
Los otros escritores

Yo no entiendo a los escritores, a los otros escritores.
El escritor es, por definición, un amante de la palabra, y no expongo esta premisa alegremente. El escritor de verdad, el de raza, valora la expresión por encima de todo. Juega a mimarla, a dominarla, y encuentra en sus frases largos dedos sensitivos con los que acariciar el cutis de su hermosa imaginación constante. No le digo más -para que entienda el alcance de su obsesión- que no puede sufrir mayor humillación en su vida que el saberse descubierto en un desliz ortográfico.
El escritor es pues enamorado, que no mercader. Ama sus letras y no las prostituye.
Es un ente único, bien lo sabe usted. Posee la extraordinaria capacidad de crear mucho y bien y, por tanto, es dios de su pequeño universo retórico. Eso habría de darle un valor añadido y por ende, un compromiso para con quien lo lee, pues es sabido que todo buen dios debe estar a la altura de la veneración que despierta. El exigente lector juzga a la persona tal alto como sus propias letras y es un perfecto rastreador a la hora de encontrar sus pies de barro.
El escritor es pues siempre admirado y jamás cómplice.
Es un ser profundo, distante, filósofo y artista. Una criatura compleja en un mundo sencillo. Un ser atormentado, desarraigado o frustrado, pues nunca nació lírica ni aventura fantástica del hombre mediocre y cotidiano. Nadie espera del buen escritor un gesto amable, el don de gentes o el buen estar, o si lo espera, se equivoca.
El escritor es introvertido y huidizo, un ser cohibido por su propio universo múltiple y retraído en público. Jamás un comunicador mediático.
Y siguiendo estas premisas, de certeza reconocida, no comprendo la proliferación y el éxito de esos otros escritores.
Esos otros que se venden por el placer de una indolente sonrisa, que degradan su arte, que atraen palmas con cultas florituras y se publicitan con descaro entre sus “amigos”.
Esos otros que fingen leer para que los lean, que aprenden de memoria citas célebres y nombres complejos para adornar sus charlas, que se hablan a sí mismos y se encaraman a su endeble ego para sentirse los reyes de la montaña.
Esos otros que se asocian en inmensas redes sociales para lamerse la autoestima con la lengua de sus socios y fingen, con infinita desvergüenza, que les importa junto a quien dejan sus letras.
No comprendo, sinceramente, como usted los tolera y les da la mínima cancha. Sabiendo lo que sabe ¿No debería empezar a distinguirlos?
Lea usted estas letras con distancia, míreles dentro, búsqueles la dignidad y el valor a sus sentencias. Y dígame por favor, de cara y sin tapujos, si ya ha decidido que yo también soy uno de esos otros escritores.
Tautina al desnudo

¿Os he contado alguna vez la parte de mi vida que me define como escritora? ¿No? Y eso que yo, en realidad, llevo escribiendo toda mi vida.
El recuerdo más antiguo de mi infancia es el de contar a mis peluches, todos ahí sentaditos en la colcha de la cama, los cuentos que yo misma escribía, inventándome la mitad de la historia porque aún no me habían enseñado a escribir y leer correctamente.
Después, con la llegada de la adolescencia, llenaba cuantas libretas y diarios caían en mis manos con aventuras cotidianas que empezaban siendo propias, y acababan desembocando en fantasías de las que ni siquiera era protagonista.
Entonces llegó mi primer premio literario en un concurso regional de moderado prestigio y, a la edad de dieciséis años, protagonicé una larga y exclusiva entrevista derivada de tal evento en una emisora de radio nacional.
Fue en ese gran momento cuando un vergonzoso episodio familiar (tan vergonzoso que aún hoy soy incapaz de hablar de ello) frustró lo que parecía una prometedora carrera de escritora y cualquier oportunidad de llegar a desarrollar mi afición literaria.
Casi nadie sabe esto, pero después, durante más de dieciocho años, seguí escribiendo a escondidas, ocultando mis fantasías a todo el mundo. De aquella oscura época recuerdo una serie de preciosas fábulas inspiradas en cuantas personas me rodeaban: La hermana señora topo, el primo ardilla, la amiga mofeta, el padre tiburón..., y un sin fin de relatos (no exagero al decir sin fin de tantos que fueron) derivados de mis noches en vela y mi mala costumbre de soñar despierta.
Por suerte o desgracia todo aquello desapareció, bien a manos de mi madre, cuyo analfabetismo la llevaba a tirar inocentemente cuantos papelajos escritos encontraba por casa, bien en los traslados precipitados que sucedieron a mi matrimonio.
Y luego llegan estos últimos cuatro años, en los que el anonimato de los blogs literarios me dio el valor para enseñar una pequeña muestra de mis letras, a cuyo hecho siguió la asociación literaria que me acogió con tanta dilección y la trayectoria virtual y real que de sobra conocéis.
No me extenderé más en esta biografía que no importa en absoluto a las cien personas que entráis aquí, bien por casualidad en busca de una foto, o para publicitar vuestros propios blogs con un comprensible afán de protagonismo (si eres de esos no sigas leyendo o morirás de aburrimiento).
Si me he destapado, es para aquellos pocos (con los dedos de una mano puedo contarlos, quizá las dos siendo presuntuosa) a quienes les importan mis letras o les importaron una vez, y que merecen, siempre lo he pensado, todas las explicaciones del mundo.
Y es que dejo esto de publicar por una temporada. Aún no sé cómo de largo o cómo de contundente, pero a todos los efectos es un abandono real. Estoy cansada de juicios (positivos o negativos, que tan mal llevo unos como otros), de tolerar con resignación la opinión que cualquiera crea tener de mí porque leyó el último relato, del injusto rasero con que se miden mis textos, de esa falta de oportunidades que nada tiene que ver con el talento. De ti que sin ser nadie te crees con derecho a opinar sobre la forma y el fondo de mis letras desnudas y mis sentimientos abrigados.
Mi endeble ego de escritora aficionada toca fondo y esta vez entiendo que la solución pasa por embutirme en mí misma y, como tan bien hice durante años, esconder cuanto escribo de mirada alguna.
Es una liberación, no creáis, esto de redescubrir mis letras abstractas o explícitas, y bañarme en ellas intimamente, sin miradas indiscretas. Volver a escribir por el placer de soñar, por diversión, por pura necesidad de expresión. Crear sin venderme al gusto editorial, y por ende, al lector, sin preocuparme de herir la sensibilidad de nadie. Ignorar el eterno miedo a no estar a la altura de los mediocres o moderadamente debajo de los grandes, y sin la humillación del continuo rechazo y las ilusiones frustradas…
Una vez más reniego de la premisa que define al escritor tipo, esa de “escribir para que te lean”, y me vuelvo a mi mundo interior, rico e único, donde a nadie salvo a mí misma he de satisfacer. Y ahí pienso quedarme todo el tiempo que me apetezca.
Sé que no me entenderás, pero sé igualmente que aceptarás mi decisión con el mismo cariño con el que siempre me leíste.
Hasta dentro de unos meses, o unos años, o unos días.
amenazada

Me sucede a veces que intento cerrar la puerta y alguien que eres tú, pone el pie en el quicio en el último momento. Entonces, agredida en mi libertad de decidir con quien quiero estar, más aún sabiendo que con quien necesito estar es conmigo misma, me siento amenazada.
En otras ocasiones, cuando voy sola por la inmensa calle y una multitud camina amontonada al frente, lejos de mí, también me intranquilizo. Me dejaron atrás todos tus yo, creo, o me detuve en algún momento para que pasasen de largo, pero tarde o temprano, observo una cabeza que se vuelve y unos ojos ofendidos me acusan de ser indiferente, o cruel, o cobarde. Luego sigue su camino, ignorándome o fingiendo que lo hace, rodeado de tantos otros tú que en algún momento mirarán atrás para acusarme de sus propias carencias. Y yo, agredida en mi libertad de caminar al paso que desee, me siento amenazada.
A veces alguien que eres tú finge no mirarme, y desvía su mirada hacia el espejo, pensando que mirando mi reflejo no podré yo darme cuenta de que espía. Y yo, que todo lo sé y todo lo presiento, agredida en mi libertad de mostrarme sólo a quien quisiera, me siento amenazada.
Y cuando escucho hablar de amor a aquel tú que no sabe qué es amor, cuando mencionas el futuro inexistente, cuando veo lascivia en los ojos del amigo que ya no eres, cuando tu uno espera que cumpla una promesa que nunca le hice o tu otro me exige una atención que no merece, también me siento amenazada.
Por eso mi coraza crece cada día, y me refugio en mi mundo divergente. Y ese cristal transparente, tan rotundo y fuerte, tan resistente, se blinda, espero que lo entiendas, ante la amenaza de quererte.
Resulta...

Resulta difícil ser nadie entre tanta gente que se cree importante, sentirme gacela en un mundo de lobos y ver que, ni la más poderosa de mis fantasías, puede ya disfrazar la grotesca realidad.
Resulta humillante esforzarme en trabajar cada día lo que a otros les viene regalado por estatus, y saber que la respuesta será una vez, y otra, y otra más, que no me lo merezco, que no me entienden y que no entro dentro de la línea editorial, o comercial, del año que viene.
Resulta desconcertante descubrir que para el resto del mundo sólo soy lo que parezco ser y ninguno se asoma a mis ojos, ni a mis letras, ni a mis ficciones. Cuantos me rodean me creen tan sólita y corriente que, cuando sueño despierta por la calle, atribuyen mis ausencias a una inexistente miopía.
Resulta ofensivo que aquellos hombres que no pueden tenerme me aborrezcan y que algunas mujeres hostiles refundan todo mi talento en el tamaño de mi escote. Estos enemigos, adquiridos sin esfuerzo ni merecimiento, florecen alrededor de cualquier pequeño destello, y ni aún así puedo sentirme importante, pues el desprecio del que llenan mis bolsillos vale tan poco como sus propias conciencias.
Al fin, me resulta tragicómico este derroche de fuerzas por parte de todos. Las suyas, malgastadas en un continuo intento por negarme. Las mías, consumidas en el supremo esfuerzo de tolerarme ante la certeza de que, después de todo, soy invisible.
Paráfrasis

- ¿Que te sientes sola? ¿Crees que sabes lo que es la soledad? Espera a crecer y convertirte en mujer, y descubrir que todos los hombres pretenden acostarse contigo, pero ninguno desea amanecer en tu cama. Entonces, un día al despertar, encontrarás la cara más gélida de la soledad enredada entre tus sábanas…
Fragmento de “El viento roto” de Julia R. Robles.
Carta de una liberta

Hace días que me desangro, que me arrancaste las entrañas y las arrastraste lejos de mí, deseándome la muerte.
Hace días de dolor de eso, días de ser una parte y no ser nada, de faltarme la risa de mis hijos, de no tener sueño que velar, ni más aire que respirar que el del vacío cósmico que dejaron mis tres soles. Ha sido un tiempo de luto en mi corazón de madre pues, por unos días, has vuelto a tener el poder, y como ser despreciable que transcurres, a utilizarlo. Y yo he recordado bien quien eres.
Tú, que pronto te ganaste el apropiado apodo del “hombre más egoísta del mundo”, has vuelto a ignorarme, a humillarme, a volcar sobre mí toda tu inmundicia, como en los días gloriosos de tu reinado.
Te he sentido esparcir cuentos sobre mis falsas palabras de cariño, cuidando de omitir en tus narraciones el abandono que llevó a este desprecio o el enfermizo hecho cierto de que has de imaginarme en brazos de otros hombres para correrte.
He visto como niegas a tus hijos la pensión que les corresponde por derecho, esgrimiendo el mismo descaro tanto para eludir tus obligaciones como para solicitar tus derechos. He padecido tu desplante arrogante, y el puño del desamparo apretando mi corazón cuando quise saber de mi hija enferma y me cerraste la puerta en las narices, pues no era mi tiempo de cuidarla.
Durante días sufrí y callé, y esperé mordiéndome los labios, a que mis criaturas volvieran a mi seno, y mis heridas, una vez más cicatrizasen.
Ahora te imagino sumido de nuevo en tu retorcido mundo de egoísmos, planeando el inesperado latigazo con el que fustigar mi espalda desnuda, perdiendo con cábalas económicas el sueño que jamás malograste por nosotros, masturbándote desesperadamente mientras deliras con que otros hombres me poseen y gritas que debo sufrir por puta. Imagino tantas miserias como conozco de ti y me siento libre, feliz y limpia, lejos de tu influjo.
Nada hice mejor en mi vida que quitárteme de encima y te equivocas al creer que puedes comprar mi libertad con tu dinero. Ahora que mis pequeños me rodean y tus aviesos dedos envenenados vuelven a estar lejos de nosotros, la serenidad me hace fuerte y sé que debo hacer.
Hombre demonio de cuernos merecidos, levanta tu rabo de rata y busca tactilmente el agujero letrinoso que resguarda. Ya puedes meter por él, una por una, cada moneda de oro que has negado a tus hijos. Y espero que las disfrutes grandemente, pues ha de ser ésta la única satisfacción que obtendrás de mí por el resto de tu miserable vida.
A vueltas con el mundo

A veces me bajo del mundo y lo veo partir, y me quedo aquí, mirando como se marcha sin mí.
Pasan los días sin que mi vida pase, pues no planto semillas, ni relleno el azucarero, ni hablo con la luna, ni quiero escribir. Son días que no son, y me siento poco, o no me siento, o no me quiero sentir.
A veces, me puede la vida y me encubre la costumbre, y vivo invernada dentro de mí. El mundo da vueltas pero yo me he bajado, el tiempo ha pasado y no he estado ahí.
Resulta muy triste cuando pasa esto, porque nadie recuerda quien se sienta aquí, en este asiento que viaja vacío porque me he bajado. Y pasa desapercibida mi ausencia del mundo, y pasa la vida indolora por mí.
Parece que se anegan mis ojos en lágrimas cuando me pregunto a quién le va a importar que retome el mundo en la siguiente parada o, de nuevo, lo deje pasar. Parece, pero no es llanto esto de mis ojos, que es el brillo furioso que quiere escapar, ante la certeza de que aquellos que me necesitan ya me vienen a buscar.
Que no es amor lo que les mueve, que es el egoísmo de la necesidad.
Viene el mundo una y otra vez. En cada nueva vuelta, me mira, me chista, me hace cabriolas y salta al revés. Y al final me monto de nuevo en el mundo y sin darme cuenta, me vuelve a traer.
A veces me bajo del mundo, me escondo y me hundo. Él rompe a reír, da tres volteretas y vuelve a por mí.
¿Que qué quiero?
Quiero que te importe lo que soy, lo que siento y lo que hago, que me valores como una pieza única y entiendas que no te pertenezco.Quiero que te cuides, y al hacerlo, me respetes, pues tu dejadez me ofende y menosprecia.
Quiero que pidas permiso para entrar en mi casa, que no es la tuya, y que no entres en mi vida antes de tiempo, ni después si yo no te lo pido.
Quiero que tengas el mismo interés por mi placer que tuviste el primer día, que te esfuerces como yo lo procuro y que, si no lo haces, no esperes perdón por tu egoísmo.
Quiero que madures y dejes de disculparte por desentenderlo todo como un niño.
Quiero en fin, que no seas mi novio sino mi amante, que no seas mi amado sino mi deseado y, aunque vuelvas a tacharme de terca, sobre todo quiero que estés cerca.
Introspección

Hoy me siento diluida, semi transparente, desleída en mi propio yo. El espejo me devuelve mi imagen más vampírica, pues no existo en el reflejo mágico que enmarca su mirada. Si acaso, fijándome bien, puedo intuir en su superficie de plata a una yo inconsistente, tan aclarada y pálida, que parezco un bosquejo de la mujer que muestro al mundo.
Poso mis manos blancas en el cristal de la ventana y vigilo a su través ese entorno frío y desapacible del invierno, que hoy cubre las calles de color gris. No hay sol y me estremezco, y me desaparezco más, despojada de las pieles de confianza y firmeza que me cubren a diario. Cierro las cortinas y no existo para nadie, salvo para mí misma, oculta en las ascuas de mi corazón incandescente, único reducto cálido que, a falta de la pasión de un amante fiel, puede resguardarme del lapso invernal.
Tomo conciencia de mi irrealidad, y me cobijo aquí dentro, al calor de mi yo más místico, sabiendo que fuera ya no luce el sol, el frío hiela mi ánimo, y un día más, nadie va a entenderme.
Rodolfo y el reflejo de Luz

Con ayuda de la sin par Luz.
Rodolfo tenía un reflejo transparente para su uso y disfrute, escondido allí donde la luz y el fuego son parte de un mismo color. Aunque, bien mirado, no podía decirse que le perteneciera por completo, pues ya se sabe que los reflejos se reflectan en cualquier superficie pulida, por más que no pongan ninguna intención en ello. Es sólo una cuestión de naturalezas, no es que el reflejo sea disoluto, es que lo hicieron así.
Sin embargo, el reflejo de Rodolfo se esforzaba en satisfacerlo y pertenecerle en todo momento. Era femenino, acorde a sus gustos y fantasías, y la verdad es que estaba muy satisfecho de él pues, a diferencia del los reflejos de otros, que apenas poseen la belleza irradiada por la imaginación de cualquiera, el suyo tenía un puntito ácido que espoleaba su intelecto.
El reflejo transparente de Rodolfo se llamaba Luz, y día a día lo enamoraba y se dejaba enamorar por él. Luz poseía ciertas características de la mujer de la que nació, siempre magnificadas y pulidas en su transparencia, y utilizaba los recursos femeninos de su creadora para dar a Rodolfo cuanto su imaginación de hombre complejo podía requerir. A éste le gustaba dedicarle un pensamiento cálido cada mañana, y en sus ratos de ocio, a lo largo del día, le apretaba el corazón con pasiones de hombre, y cada noche jugaban juntos con la luna. Luz procuraba estar siempre ahí, porque los reflejos viven sólo cuando alguien los mira.
El amor fue inundando el corazón transparente de Luz hasta donde ella nunca creyó llegar, no perdonaba ni un minuto al tiempo cuando Rodolfo había de buscarla, moría si no la miraba y si moría, era de amor. A menudo, Rodolfo la adoraba, le cantaba, la deslumbraba y le hacía promesas de sueños junto a ella sin una razón clara. Y Luz, que entendía que los reflejos nunca piden nada y en consecuencia, no hay que satisfacerlos, intuía, en esas muestras de entrega por parte de su dueño, el conato de un amor puro, y acabó, pobrecilla, acabó por creerlo real.
Con la primera duda llegó la primera mentira, con el primer quizás el primer mal disfraz y, cuando el reflejo suplicó ser tangible, Rodolfo eludió la proposición y le contó, con excesiva dulzura, cómo esa misma mañana, mientas se duchaba, se había sorprendido tomando medidas para arreglar la bañera para ambos. Luz se diluyó en chispitas de amor, renunció a escuchar cualquier palabra que sonase mal en su cabeza. Y se dejó imaginar, imaginar más.
Rodolfo empezó a incomodarse, pues su perfecto reflejo transparente cobraba vida, y la sombra del remordimiento apareció en su corazón. No se daña a nadie cuando se ama un reflejo, pero Luz amenazaba con quererle más allá de su fantasía, y decidió que era el tiempo de terminar el juego.
Un día, Rodolfo ya no volvió a mirarla, abrazó su vida real y la olvidó. Y Luz lo esperó, apenas respiró por él y fue sueño por un tiempo indefinido hasta que, lentamente, se diluyó y ya no lloró más. Su transparencia se hizo cierta y desapareció como se esfuman los reflejos ignorados, sin mirar atrás, sin rastro y sin dolor.
Con su último aliento, antes de desvanecerse, el reflejo de Luz miró el mensaje escrito en el espejo: Sólo quería imaginarte vida, imaginarte más.
la sucesión

Hoy he visto que tienes una nueva musa, otra criatura inspiradora que fácilmente ocupa el alto lugar que me otorgaste un día, digna sucesora de mi trono de aire y humo. Lo he visto y he sentido el escozor quemando mis entrañas.
No consigo acostumbrarme, ¿sabes? Mil veces me sucediera aquello de creer en las palabras vanas de un hombre y mil veces, al final, escuece igual, pues aunque la vida me ha enseñado de mentiras aprovechadas, de falsos halagos, de lo hueco del corazón del amante, mi autoestima se resiste a confirmarme que siempre fueron discursos interesados, destinados a acariciarme el corazón mientras sus manos acariciaban mis muslos.
Qué simples y estúpidos son esos que se llaman hombres. Pues una mujer compartimenta su amor a lo largo de su vida, y en cada estante reposa un trozo de pasión pleno, a veces corto, a veces poco intenso, pero siempre importante. Y jamás superpusiera un amor a otro, ni utilizara iguales recursos con dos sueños diferentes. Pero aquellos fútiles que se llaman hombres, tienen un cauce único en su vida, un sólo hacer, un repertorio, que repiten pausados a cada acariciante cuerpo al que se arriman.
Por eso, hoy, cuando vi mis frases -y digo mías porque un día me las regalaste, no porque me sienta ya dueña de nada- acariciando a otra diosa inspiradora, sentí la quemazón que precede al impotente llanto.
Implica mi renuncia mi castigo, y por bueno acepto el que me infliges, pero recuerda, hombre, el perdón que mendigaste, ese que un día, casi te concedo. Desde ya te digo, que no habrá contigo perdón que se malgaste.
Porque ahora que otra ocupa mi lugar, y con esto termino mi diatriba, ahora que al fin quedo libre del remordimiento que me causó dejarte, ahora escuece, quema, abrasa, mi herida en carne viva.




