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09/06/2008
El deber y el placer

Deberías saber que nada valoro más que el roce de tus labios en el contorno de mi nuca al despertar, cubriéndome de besos protectores que apartan de mi pensamiento la amenazadora soledad.
Deberías saber que te creí cuando dijiste que estarías junto a mí, todo el tiempo dijiste, sabiéndote tan lejos y sintiéndote tan cerca.
Deberías entender que mi cama es inmensa y fría cuando estoy sola, y que cada día despierto furiosa con el mundo por ese hecho.
Deberías pensar que tus buenas intenciones y tus promesas de amor invisible no abrigan mis sueños.
Deberías haberme comprendido, conocido y sentido, y haberte esforzado un poco más antes de volver a defraudarme.
Deberías estar durmiendo junto a mí esta noche.
Deberías estar…
Deberías…
25/05/2008
las guapas deberían morir

Las chicas guapas no son tan tontas, sólo se las juzga con más dureza.
Una mujer hermosa se torna frágil ala de mariposa cuando la manosea un hombre egoísta.
La belleza inaccesible produce rabia y desprecio, por eso las guapas son más fáciles.
Sólo un hombre estúpido cree que puede tomar la amapola más hermosa del prado sin deshojarla.
El orgullo de una fea es meritorio, el de una guapa, ofensivo.
La belleza es una máscara que esconde la frustración de la profanación continua.
...
16/05/2008
Naturaleza

Sonia se quedó atrás contemplando el paisaje.
Caminaban por un sendero que recorría el perímetro de una montaña forrada de pinos piñoneros. Al frente, otras cimas lejanas y verdes de vegetación espesa despuntaban aquí y allá enmarcando el valle donde un embalse de aguas tranquilas reflejaba el cielo espejado.
Respiró profundamente para llenarse los pulmones de aire limpio y, de pronto, se imaginó gigante, tal alta como un rascacielos de cien pisos. Pensó en el placer de correr descalza ladera abajo por esas montañas que, en la distancia, y siendo tan enorme, le parecían de terciopelo verde. Quiso brincar y trotar con grandes y torpes zancadas por cualquiera de esas laderas hasta el valle, y caminar con cuidado entre las casas para no aplastarlas, y saltar en el embalse de aguas de espejo, chapoteando como una niña en un charco.
Sonia miró al grupo de senderistas alejarse y torció el gesto. Ya iba a emprender camino para alcanzarlos, cuando descubrió en uno de los bordes de la senda una roca de curiosa forma, de apenas dos palmos de alta, plantada entre unas matas de romero y cuajada de agujeros y salientes.
Se agachó para observarla con más detalle y, al instante, se figuró pequeña, tan chiquitita como un garbanzo. Llevada de su imaginación minúscula, jugó a meterse en cada hendidura, que desde su tamaño era una cueva inmensa, a fabricarse sombreros con cáscaras secas de semilla y a recorrer los salientes como caminitos que la llevaban de gruta en gruta hasta acabar, cansada del largo paseo, recostada en las flores del romero que le hacían de mullida hamaca.
Alguien le gritó a lo lejos. El grupo la esperaba impaciente para no perder la marcha, así que Sonia se incorporó, retomó la senda y, mientras aceleraba el paso con fastidio, pensó que la naturaleza le había dado al hombre un tamaño muy poco adecuado para poder disfrutarla.
25/04/2008
Apetencias y querencias

Me apetece buscar la caricia fortuita de tus manos, esa que no pido en apariencia y que, surgiendo, me obligará a cerrar los ojos para mejor sentirla. Revoloteo a tu alrededor buscando esa fricción que incita a mis sentidos y el mero hecho de perseguir tu contacto ya me altera el ánimo.
Quiero sentir palabras dulces mimando mi corazón y mi nuca en un susurro, quiero saberme hermosa cuando murmuras “hermosa” ,y te abrazo y te agasajo para conseguir mi halago a cambio.
Deseo ser besada hasta aburrirme, quiero que recorras mi cuerpo con tu boca hasta dormirme, y que continúes incansable hasta despertarme el antojo de más roces, y es por eso que me cuelgo de tu cuello y te besuqueo imparable.
Siento el afán de amarte, y ser correspondida para anhelarte aún más, quiero necesitarte para respirar y respirarte mientras nos deshacemos en amores y humedades. Quiero gozarte y saciarme de hombre, y luego acurrucarte en mi pecho y saciarme de niño enamorado.
Anhelo pertenecerte, y que me ames fuera de mi imaginación. Quiero tenerte y que por una vez, existas.
10/02/2008
Llanto

Déjame recrearme en mi dolor. Déjame sumergirme en este llanto y sentirme morir de puro ahogo en el mar de mi desamparo, ese océano interno, tan inmenso y que me duele tanto.
Si no ha de tener jamás descanso mi fatiga, si nadie ha de esperarme tras la puerta, si no hay mejor destino que el camino que marca una moneda que nunca cae de canto, déjame recrearme en este llanto.
Y déjame llenar de lágrimas mi vaso de cristal, y correr trabajosamente hacia ninguna parte con los pies enterrados en el lodazal de mi existencia. Déjame golpearme una y otra vez contra la puerta abierta de la cárcel que es mi vida y llorar, llorar tanto.
Porque tú jamás comprenderías lo que siento, y tu amor inconsistente se lo lleva el viento. Vete y déjame aquí, con los hombros desnudos, que ya me hacen mis lágrimas de manto.
Déjame llorar cuanto quisiere, que hoy he caído, sí, pero mañana, yo sola me levanto.
03/01/2008
Duro de llevar

Y sonaban de fondo los Revolver.
Hoy te esperaba en el portal de tu casa, mirando la luz de la farola relucir en un charco de agua, nervioso y tenso como siempre. Y como siempre, mis pensamientos divagaban, difusos, lejanos y profundos.
Pensaba en la certeza de que mi vida se ha convertido en una larga y continua sucesión de calles, por las que camino con un revolver al cinto, siempre expectante, siempre reacio al amor, hasta que te conocí.
A veces, mi acera se me antoja un túnel de boca negra y he de proveerme de valor para atravesar sus tripas. A veces parece un abismo imposible de sortear con pasos pequeños, y necesito un gran salto, y mejor cuatro alas que dos, para cruzarlo como un pájaro imposible. Pero las más de las veces, sé que me entiendes, mi vida es sólo un callejón sin salida. Y en una de esas, apareciste tú.
En toda mi experiencia subsistiendo en las calles, y créeme, de veras fue un sustento duro de llevar, no vi mujer más hermosa, ni sentí en el corazón llama de amor más viva. Seducirte fue como tirarme de un puente con los ojos cerrados y los brazos cruzados, mientras tú me observabas, sin detenerme, sólo para verme volar.
Hoy mis zapatos vagaron conmigo, y me senté en los portales, a ver pasar el cadáver de mi enemigo. Decidí que había llegado el momento, ésta es mi vida, y créeme, no es una alegoría.
Soy matón a sueldo, y tú fuiste mi siguiente trabajo, por eso esperaba en el portal, por eso te maté, así es mi vida, vida mía. Y créeme cariño si te digo que también esta vez, también para mí, fue duro de llevar.
25/12/2007
El pastor

Ya hace muchos días que vengo caminando, casi desde el puente de la Constitución, y de eso debe hacer unas dos semanas, si no más. Recuerdo que estos viajes antes no eran tan largos, pero últimamente, con el afán consumista y la publicidad de la tele, no sabe ya uno ni el día en que vive.
Yo, que ya tengo años de profesión en esto de cuidar las cabras, he encontrado de todo por estos caminos de Dios, pero nunca se había visto que fuesen los burros con las alforjas cargadas de ricas viandas en lugar que modesta paja, y que, tal como vi hace dos días en un sembrado que cruzamos, los brocales de los bueyes fueran de oro viejo en vez de cuero nuevo. Y no hablemos de los pastizales, que de esos me cruzo yo mil en cada viaje, y antes parecían pintados de tanta calva que los salpicaba, y ahora son del verde del bueno, y cuajaditos de arbustos, que mis cabricas se inflan a comer sin parar todo el camino.
Lo triste es que ahora que hay abundancia parece que cada uno va a lo suyo, que antes ibas pasando y veías a los artesanos y las gentes del campo mirando para donde tenían que mirar, y saludando, y atendiendo a quien pasaba, pero ahora, cada uno se preocupa de lo suyo, y anda en su buena casa y en su oficio, sin reparar en lo que acontece medio metro más para delante. A mí eso sí que me entristece, porque parece que se ha perdido la ilusión, que nadie se acuerda de los más humildes, y que nada más que importa ya aparentar y vivir bien.
Y no les cuento ya de la gente rara que hay, que antes todo lo más que te encontrabas en los trayectos era algún pobre desgraciado, tonto de la cabeza, que se bajaba los pantalones donde pillaba y se ponía a cagar a la orilla del camino, como quien mira las hormigas, pero ahora… ¡Madre santa del amor hermoso! Si les cuento con lo que me tropecé ayer mismo en lo alto del monte… Pues un anciano vestido de rojo era, orondo como un tonel, con unas barbas tan largas como las de matusalén y los mofletes más rojos que el buen vino que debía correrle por las tripas. En fin, allí me lo dejé riendo y agarrándose la panza, que a saber que lengua hablaría porque no hubo forma de entenderse con él.
Y hoy, en la cueva de la Anunciación, no me creerán, pero me topé de bruces con un tío vestido de negro, con capa, antifaz y dos cuernos en la cabeza, con su piratrés y suspendido por los pies del techo de la gruta. El Pepico, que estaban allí con las ovejas esperando noticias, al ver que me tiraba a rescatarlo, me paró y me explicó que se había colgado de esa guisa por gusto, que era no se qué deporte moderno. En fin, cosa de locos, ya les digo.
De todas formas a mí lo que me tiene que importar es mi camino, y llegar a tiempo para coger un buen sitio, que todos tenemos nuestra obligación y allá cada cual con el modo en que la cumpla.
A lo lejos se ve el cielo cargado de luces y la preciosa Estrella de Oriente presidiéndolo todo. Escucho los villancicos y el chocar de copas, hay mucho jaleo, para mí que se acerca ya el momento, este año han ampliado el belén, me va a pillar un poco lejos y no voy a ver nada. A ver si tuviera suerte, como el año pasado, y la cría pequeña me coge en volandas y me planta delante del pesebre, que ya tengo ganas de darle al pequeño los quesos que me traigo en el zurrón, que están bien ricos.
Voy a dar un par de pasos más ahora que nadie mira, que bien merece el esfuerzo de una humilde figurita de barro, el acontecimiento de ver nacer al que vino a inventar aquello de “amaos unos a otros como yo os he amado”.
Feliz Navidad a todos los hombres y mujeres de buena voluntad.
19/12/2007
Hombre de aire

Yo conozco un hombre de aire que, como todos mis hombres, es especial e intangible. Podría decir que es lejano como el cielo y cercano como el viento que acarició mi rostro esta noche en el jardín, pues es incorpóreo y real y, siendo todo, se diluye en nada algunas veces, cuando ignora o se niega su enorme valor.
Mi hombre de aire es también un niño, emotivo y furioso con la vida que lo trató mal, y en un rincón del infinito llora su pena, como el inmenso cielo se deshace en gotas de agua, y se miente jurando que ya no siente nada.
No siente nada, salvo amor, pues no existe alma, éter o hálito que pueda librarse de la tenaza de ese sentimiento que mueve el mundo y, a menudo, lo detiene. Y no queriendo, lo padece y se rige por él, o por su falta más bien, pasando del soplo de ilusión al suspiro acongojado en un instante.
Hoy mi hombre de aire me habló de sentimientos, de enlaces, de desazón, y escondió la brisa de sus palabras con caricias amistosas de céfiro juguetón. Y yo, mujer sensitiva entre las mujeres, cerré los ojos, me dejé rozar y simulé, una vez más, no respirar.
06/12/2007
Los planes de uno

Los viernes son días de servidumbre. Uno acaba con la rutina semanal y se enfrenta a una nueva inercia, basada en compromisos familiares y sociales. Si encima uno trabaja toda la semana, dedicará los días siguientes a las labores propias de su sexo: compra en el hiper de la esquina, limpieza, plancha, lavadora y largas siestas. Si además uno está ennoviado, deberá planear un futuro inmediato -para los próximos dos días exactamente- entretenido y romántico, en deferencia a su preciosísima y exigente pareja.
Pero si uno está casado, y el fin de semana es de cuatro días, probablemente este futuro ya esté más que organizado sin su opinión. Por otro lado, si la esposa de uno es tan insufrible como la mía, sucede que este puente es perfecto para sacarla del congelador, después de dos semanas, y emprender viaje hacia el precioso parque natural de Doña Ana, donde pasar todo el finde enterrando sus trocitos por las marismas.
23/09/2007
Despierta, mi vida

¿Alguna vez viste un puerco espín, Jorge? No en la tele, ni en las enciclopedias, quiero decir en vivo, de cerca, en tus propias manos.
Sí, ya sé que es peligroso cogerlo entre las manos, pero sólo si lo tomas por el lomo. El resto de él es suave, blandito y cálido, tan entrañable y mimoso en sus gestos como un conejillo de indias ¿nunca tuviste uno?
Yo sí Jorge, una vez. Lo sujeté en la palma de la mano, tan chiquito y asustado, olisqueándome los dedos con su naricilla de ratón, mirándome con sus ojitos rellenos de dulzura. Un bichito tan pequeño y tan capaz de defenderse por sí mismo es digno de admiración. Imagina cuán cuidadoso ha de ser en cada movimiento, con qué prudencia debe amar esta criatura de dos caras, sabiendo el daño que puede infligir, aún sin querer. Parece muy frágil entre las manos, Jorge, pero tú y yo sabemos que los puerco espines son peligrosos, es absurdo hacerse el valiente con estos animales traicioneros, causan miedo y recelo a su alrededor, y eso les hace sentirse tan temerarios que hasta cruzan las autopistas sin mirar. Por eso, mi puerco espín al final se revolvió y me pinchó, y hube de soltarlo.
Entonces debí haberlo intuido, Jorge, debí suponer que ese pinchazo traería consecuencias, ¿pero cómo creer en esas fantasías? Se cuentan tantas cosas de los puerco espines y sus espinas, tantas leyendas… Y luego, cuando esos ojitos negros te miran de cerca, y yo los he visto muy de cerca, sabes, crees saber que sólo son falacias.
Sin embargo, otras evidencias debieron advertirme, algunos días sentía un dolor indefinido que me ensombrecía el ánimo, la gente se alejaba de mí, notaba sus miradas de desconfianza. ¿Cómo no lo entendí entonces, Jorge?
¿Y tú? ¿Cómo no te diste cuenta tú? Hemos estado íntimamente unidos. Anoche mismo estuvimos juntos y desnudos, acurrucados entre las sábanas. Me mirabas con ternura, me sentías muy cerca, me observabas, y repasabas la suavidad de mi piel palmo a palmo. Dijiste que no podías apartar tu mirada de mí ni un momento y, sin embargo, no lo viste.
Tanta calidez, tanta ternura, semejante suavidad en los gestos, en el trato y en el tacto no era natural, una mujer no puede ser tan bonita y deliciosa a la vez, Jorge, ni siquiera en los sueños del hombre más romántico. ¿Por qué no lo intuiste y te apartaste de mí como el resto? ¡Oh, no! Tú deseabas a la hembra de piel de arena, a la aplicada cumplidora de todos tus deseos. Tú querías la mujer de algodón y dulzura, ansiabas el cariño de sus manos expertas y justificaste tu ceguera con amor. Por eso, esta mañana al amanecer, mientras dormías aún pegado a mi espalda, mi dorso se cubrió de espinas fuertes y una púa tricolor te atravesó el corazón.
Por eso has muerto empalado, Jorge, por valiente y enamorado, como mueren los amantes de las mujeres puerco espín.
10/09/2007
Agradecida

No creas que ha sido casual que estés hoy recostado en el sofá, con una copa en la mano, mientras yo me desabrocho la blusa (despacio, muy despacio) frente a ti. Te mereces un regalo por portarte bien, así que me he duchado por segunda vez, he elegido un primoroso tanguita de encaje (uno de tus favoritos), y me he vestido para esperar paciente a que volvieras del trabajo. Y ahora estas ahí, mirándome con ojos asombrados (de la suerte que tienes) mientras me contoneo.
Me gusta que pasees la mirada (esa mirada lasciva e impaciente) por mi blusa, semitransparente a causa de las gotitas que todavía desprende mi cabello. Ya has descubierto que no llevo sujetador y tus ojos no pueden apartarse de esa insinuación. Aun así los distraigo, acariciándome descarada, desde mi pecho hasta mis muslos, obligando a tu mirada a recorrer el camino de mis manos, mientras suspiro y te incito, deseando (mis ojos te lo dicen) que seas tú quien me acaricie.
Haces amago de ir a levantarte, pero doy un paso atrás y te detienes, mejor te estás quieto, sabes que yo decidiré el momento. Me miras y pareces decir (eres mala) que siga, que quieres más, que te urge verme desnuda y entregada, pero soy, a conciencia, desesperantemente lenta. Cae la camisa (y con ella cualquier resto del cansancio que arrastrases) y los botones de mis vaqueros van cediendo, uno, otro (te agitas), otro más. Un movimiento sexy de caderas ayuda a dejarlos caer. Me inclino, de espaldas a ti, para acabar de bajarlos a mis tobillos. Saco un pie, se me resiste el otro. Me oyes reír suavemente y lo sabes, (levántate ahora) es el momento...
07/08/2007
El soneto latente

Qué cruel es el destino cuando juega
a traerte hasta aquí, mi hombre evocado,
para luego apartarte de mi lado
sin tolerarte de mi amor la entrega.
Gira la rueda y, donde has estado,
no queda ya de ti ninguna prueba.
De mi pasión torna vacía la cueva
sin que en ella siquiera hayas entrado.
Rueda mi noria por tierra baldía.
Sabiéndote al final de esta espera
por bueno el largo viaje yo daría.
Fue la nuestra una cita tardía
y debo dar, ahora, la vuelta entera.
Mi amor fugaz, sueño de un solo día.
24/06/2007
fácil

Es fácil para mí recrearte en mi deseo. Imaginar tus manos rastreadoras de curioso explorador paseando por los valles y cumbres de mi piel clara. Evocar esa lengua húmeda que lame golosa cada palmo expuesto de mi vientre de mujer o esos labios, siempre cálidos, siempre húmedos, que adoran los rincones de mi cuello que más le adoran. Puedo, fácilmente, recrear sin recato tus envites salvajes, tus gruñidos de macho embravecido, el peso de tu cuerpo y la fuerza de tus brazos cuando se te antoja que voltee mi postura. O a ese otro tú, tan sensitivo, que convive extrañamente en el mismo cuerpo, tan tiernamente afectivo, que tiembla de amor cuando me acoge entre sus brazos.
Qué fácil me resulta imaginarte, soñarme entregada a tu fervor cada noche, y que cruel se torna en un instante. Pues, cuando la pasión rememorada me somete, me encumbra, me estalla y me acomete, entonces, conformándose al fin ese deseo, se me hace más patente lo mucho, lo tanto, que te anhelo.
11/06/2007
carta de una liberta

Hace días que me desangro, que me arrancaste las entrañas y las arrastraste lejos de mí, deseándome la muerte.
Hace días de dolor de eso, días de ser una parte y no ser nada, de faltarme la risa de mis hijos, de no tener sueño que velar, ni más aire que respirar que el del vacío cósmico que dejaron mis tres soles.
Ha sido un tiempo de luto en mi corazón de madre pues, por unos días, has vuelto a tener el poder, y como ser despreciable que transcurres, a utilizarlo. Y yo he recordado bien quien eres.
Tú, que pronto te ganaste el apropiado apodo del “hombre más egoísta del mundo”, has vuelto a ignorarme, a humillarme, a volcar sobre mí toda tu inmundicia, como en los días gloriosos de tu reinado.
Te he sentido esparcir cuentos sobre mi engaño y mis falsas palabras de cariño, cuidando de omitir en tus narraciones el abandono que llevó a este desprecio o el enfermizo hecho cierto de que has de imaginarme en brazos de otros hombres para correrte.
He visto como niegas a tus hijos el oro que les corresponde por derecho, esgrimiendo el mismo descaro, tanto para eludir tus obligaciones como para solicitar tus derechos.
He padecido tu desplante arrogante, y el puño del desamparo apretando mi corazón cuando quise saber de mi hija enferma y me cerraste la puerta en las narices, pues no era mi tiempo de cuidarla.
Durante días sufrí y callé, y esperé mordiéndome los labios, a que mis criaturas volvieran a mi seno, y mis heridas, una vez más cicatrizasen.
Ahora te imagino sumido de nuevo en tu retorcido mundo de egoísmos, planeando el inesperado latigazo con el que fustigar mi espalda desnuda, perdiendo con cábalas económicas el sueño que jamás malograste por nosotros, masturbándote desesperadamente mientras deliras con que otros hombres me poseen y gritas que debo sufrir por puta. Imagino tantas miserias como conozco de ti, y me siento libre, feliz y limpia, lejos de tu influjo.
Nada hice mejor en mi vida que quitárteme de encima, y te equivocas al creer que puedes comprar mi libertad con tu dinero. Ahora que mis pequeños me rodean y tus aviesos dedos envenenados vuelven a estar lejos de nosotros, la serenidad me hace fuerte y sé que debo hacer.
Hombre demonio de cuernos merecidos, levanta tu rabo de rata y busca tactilmente el agujero letrinoso que resguarda. ¿Lo has encontrado? Pues ya puedes meter por él, una por una, cada moneda de oro que has negado a tus hijos. Y espero que las disfrutes grandemente, pues ha de ser ésta la única satisfacción que obtendrás de mí por el resto de tu miserable vida.



