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La mujer que hay en mí

La mujer que hay en mí hace castillos en la arena, e imagina que es la concha de nácar que habita esa fortaleza en miniatura. Otras veces, amontona piedrecitas a la orilla del camino, y se torna de nuevo en ser diminuto, tan pequeña como una abeja, para escalar la montaña y colarse por cada recoveco entre esas piedras. Y así, fantasea ser minúscula a cada poco.
La mujer que hay en mí atesora flores secas en los libros viejos. Cuando descubre una de ellas con los años, la observa con atención y el corazón encogido de emoción. La coge delicadamente, le da vueltas, la huele y la apoya en el hueco de su mano como una frágil joya, para después esconderla de nuevo en otro libro y volverla a olvidar.
La mujer que hay en mí no es adulta responsable, sino chiquilla traviesa e insufrible. Es amiga de la broma del “aquí te pillo, aquí te asusto”, de peleas con cojines, de la mano mordedora, y de jugar con las muñecas de su hija, que viste amorosamente cuando las ordena en el baúl. Caprichosa con aquello que se le antoja, frunce el ceño cuando no lo consigue y busca con sagacidad la vuelta de la situación que le permita salirse con la suya.
La mujer que hay en mí es profunda y pensadora, pasa muchas horas hablándose mientras sus manos se entretienen en la monotonía. Se pierde dentro de sí misma, se cuenta sus miedos y sus sueños, y se contesta verdades y mentiras. Se habla y se escucha, se riñe y se estima, se abate y se alienta, sin que nadie de fuera pueda llegar a imaginar lo que acontece en su interior.
La mujer que hay en mí es toda ella sapiencia en desarrollo, que atiende con ojos de búho cualquier resquicio de cultura que pase por su lado. Observa, escucha y absorbe cuanto pueda enseñarle aquel o aquello con que se cruce, y aprende, aprende ávida, pues conoce la gran verdad de saber que nada sabe.
La mujer que hay en mí se siente, sobre todo, artista. Ve las emociones de los colores, aprecia las texturas de lo que roza, y percibe el alma de aquellos objetos que poseen alma. Sabe hablar con la luna, respirar la noche, escuchar al viento, adivinar las mentiras de las nubes, beber la lluvia y venerar al mar. Conoce el susurro de los hados, la magia de la elaboración y el leve destello del talento.
Así pues, en mí habita un hada, una guardiana de tesoros, una niña, una mística y una sabia. Pero bien haría el mundo con postrarse en mi presencia, pues conforme descubro, sobre todas las yo que en mí viven, reina el alma fuerte y libre de una creadora generosa. Y eso, pobres mortales, me convierte a vuestros ojos en venerada diosa.
Cuarto menguante

Siempre me enseñaste como un maestro paciente. Me aleccionaste sobre tus gustos, tus formas, tus preferencias y te descubriste vulnerable mostrándome tus límites. Yo los traspasé mil veces con descaro y aprendí una nueva lección cuando volviste, con zozobra galante, para enseñarme un poco más.
Me instruiste sobre todo aquello que conocías y, maldito arrogante, también sobre lo que desconocías. Me enseñaste (sin saber) de mí misma, de mi capacidad para sentir, para voltearme una y otra vez de dentro a fuera y a dentro de nuevo, como la bailarina con sombrilla de encaje que juega a hacer equilibrios sobre el fino cordel de la demencia. Casi me volviste loca, sí, pero también comprendí que siempre he sido así.
Durante años enrollé primorosamente los mensajes que te escribía, los até con un fino lazo de satén rojo y los deposité en la cestita de mimbre que cuelga del cuerno de la luna. Y durante años, al hacerlo, recogía los tuyos de esa cesta.
Un día todo terminó. Y otro también. Y otro. Terminó tantas veces que descubrí que algunos finales no duran para siempre, y aquella fue tu última lección magistral. Ya no quedaba más que aprender, que profundizar, que experimentar. Me lo entregaste todo, hasta tu viejo traje de maestro, y al hacerlo, de ti ya sólo quedó el hombre.
Los restos de la luna brillaron mil noches sin que en su cesto durmiera ninguna otra lección, y acabé por cansarme de mirar al cielo.
Esta noche brilla mi luna mora. Esa luna mentirosa, cuarto menguante, de cuyo cuerno cuelga nuestra cestita de mimbre que hoy nimba un nuevo mensaje:
“¿Recuerdas mi última lección, que algunos finales no duran para siempre? Bien, pues repasemos el resto…”
Diferente

Nació deforme y retorcida, como la mala hierba, mas como su arriate era el del regio arbusto de la rosa, nadie se atrevió a cortarla en sus orígenes.
Creció con esfuerzo y desespero, pues mientras a sus hermanas la savia les llegaba con fluidez y abundancia, ella apenas podía sorber por su retorcido tallo la cantidad necesaria para subsistir. Y hasta el nutritivo sol dudaba de bañarla con sus rayos, porque en vez de desplegarse espléndida y altiva ante él, se escondía bajo grandes hojas y tallos familiares.
Así se desarrolló y maduró, compleja y distinta, mirando en la dirección opuesta, sintiéndose ajena a los sentires del rosal, junto a tantas mellizas que la acompañaban y no la comprendían. Y floreció confusa.
Por eso yo, que paseaba por el jardín mientras desplegó sus pétalos, la miré con ojos todopoderosos, y la elegí sobre las demás para morir.
La corté esa mañana. Cercené su tallo y su vida, que vi escaparse lánguidamente entre mis manos. Murió la flor de deformidad maravillosa, murió por mi gusto y para mi disfrute, pues era diferente a cualquier rosa y, en consecuencia, entre todas era la más hermosa.
Cuento

Sarita se sentó frente a mí, sobre la mesa, y me miró preocupada:
—¿No escribes?
Me habló con esa minúscula voz de las hadas, grave y tintineante, que restalla en el aire como latiguillos de magia. Agitó sus alas y preguntó de nuevo:
—¿No escribes?
Yo negué con la cabeza y miré para otro lado, omitiéndola, el reloj marcaba las tres de la madrugada. Continué recostada en mi sofá, abrazada a mi cojín, ocupada en mis tristezas. Con un poco de suerte, si la ignoraba el tiempo suficiente, Sarita se volatilizaría, o bien explotaría en mil puntos luminosos de puro cabreo.
—Así que no escribes.
Alzó el vuelo y dio un par de vueltas sobre mi cabeza, el polvillo de oro de sus alas caía molesto sobre mis pestañas, obligándome a cerrar los ojos. Le soplé para apartarla y rodó en el aire con una voltereta improvisada. Un instante después se instalaba en mi hombro.
—Vamos, escribe de una vez.
—Está bien, escribiré —dije al fin.
Me levanté con decisión, me sacudí a Sarita del hombro y me senté frente a mi ordenador. Ella acudió rauda, revoloteando entre retintines, a sentarse en una esquina del monitor desde la que tenía una buena perspectiva del documento de trabajo.
—Voy a contar al mundo que tengo mi casa llena de hadas pertinaces, entrometidas y muy molestas. Escribiré como me perseguís a todas horas, me sacáis de la cama, me impedís comer y hacéis del todo imposible que me concentre en mis obligaciones diarias. A ver, no te muevas, que te quiero describir con detalle.
Sarita agitó las alas coqueta y se arregló los bucles rojizos de su frente. Posó encantada durante un buen rato, cruzando las piernas, desplegando sus pequeñas alas de libélula, soltando chispitas de luz por sus traviesos ojos y haciendo tintinear los cascabeles de sus tobillos, tal como haría cualquier hada en disposición de ser descrita con todo lujo de detalles.
—Voy a escribir sobre ti, Sarita, y lo claramente que te veo ahora mismo, ahí sentada, en lo alto de mi pantalla, con las piernecitas colgando. Cuando otros lo lean, entenderán mi demencia y me llevarán a un sanatorio. Entonces te perderé de vista, os perderé de vista a todas, porque allí sumergen la magia en pastillas hasta ahogarla.
Sarita rompió a reír, con una risa gorjearte y molesta, como las pompas de jabón que te explotan junto al oído. Se puso en pie sobre el monitor, se sacudió la falda, impregnando la pantalla y el teclado de su dichoso polvo dorado, y me miró desde la profundidad de esos ojos de ópalo.
—Tautina, mi pobre Tautina Vaiamalla, nadie va a creer que existo por muy fielmente que me describas. ¿Aún no has aprendido la lección? Si cuentas fantasías como si fueran realidades, si las escribes y afirmas que son ciertas, no te llamarán loca. Por más que te empeñes, mi infortunada amiga, ellos sólo pensarán que es otro de tus cuentos.
Cumpleaños

Escribir la novela de mi vida.
Plantar un baobab.
Viajar a la luna, otra vez.
Desenmascarar al Príncipe Azul.
Hacinar en una gran isla desierta a todos los intelectuales del mundo.
Rechazar las insinuaciones sexuales de Arturo Pérez Reverte.
Demostrar la existencia de extraterrestres entre nosotros.
Hacer un master de jardinería en Irlanda.
Volver a ser niña.
Cuarenta años ya... Y aún con tanto por hacer.
La carta del admirador

Hoy he recibido una hermosa carta de amor.
En realidad no es de amor propiamente dicho, pues quien me escribió jamás me deseó, admiró y anheló como supongo yo que ha de hacerse con la amada. Pero tampoco puedo decir que sea una carta amistosa, pues he sentido cada párrafo hasta llenarme los ojos de lágrimas emocionadas, cada frase ha jugado distraída a seducirme y cada palabra me ha acariciado suave y lascivamente, como habría de hacerlo en los preliminares el buen amante.
Yo, que valoro más que otras el cariño, por la pura necesidad de afecto que arrastro, puedo decir entre el pudor y el orgullo que hoy me sentí amada, y en equivalencia (o mejor en correspondencia porque fue por carta) también amé.
Y sucedió, como sucede siempre en estos casos, que mi interlocutor postal hablaba de una que no era yo, o sí lo era aunque en secreto, pues opinaba de una parte de mí que jamás muestro a aquellos que me miran a los ojos. Él se refirió a una mujer libre que se expresa desde la boca del estómago, una llena de sueños y fantasías, que vive imaginando mundos mejores y que trata de construirlos con más o menos talento. Esa cuyo seudónimo apenas se vislumbra al otro lado del espejo y que jamás asoma en el mundo real, esa pérfida casquivana que soy yo misma y no lo soy, enamoró a mi amado.
Y sucedió, como también es más que habitual, que yo lo idealicé igualmente al tiempo que lo leía, pues se erigió en caballero defensor en la injusticia, ofendiendo (con más furia que acierto) a quien desdeñó mi literatura. Después me cubrió de halagos, me acunó en sus brazos largos como largas frases y me acarició la ilusión con promesas de encuentros futuros frente a un café.
Me dejé mimar mientras le leía llamarme “preciosa rubia”, un nuevo apelativo al que sumó, por si acaso, el de “mujer inteligente”, mezclando así agua y aceite en un intento de hacerme sentir especial.
Me enamoré de él a golpe de letras. Y cuando, en su última frase, se despidió con cariño y caricias para las dos, lo quise más, pues nos supo distintas a esa otra y a mí y, aun así, nos acarició a ambas.
Así que aquí ando ahora, enamorada y aturdida, pensando si le contestaré, qué le diré y cuánto fingiré. Poco a poco, siento que el efecto narcótico del enamoramiento se diluye y todo vuelve a su cauce. Para cuando le conteste sonaré simplemente agradecida y él no notará nada. Todo estará bien.
Siempre me sucede lo mismo. No sé que sería de mí si mi vieja e inteligente agente editorial, que lleva las riendas de mi vida, no me tuviera terminantemente prohibido flirtear con todos mis admiradores.
Qué poeta ni qué poeta

En una de mis tardes más aburridas, escribí unos versos que rezaban:
Duermes tirada en la mesa,
alma libre de ojos claros.
Orgullosa y vana,
caprichosa y casquivana.
Eres grande sucesora
de esos otros faraones
y, por eso,
te permites la licencia
de no atender a quien te busca
e ignorarme con paciencia,
alma libre de ojos claros.
Duermes tranquilamente
porque nada te perturba,
solemne magnificencia.
Esa misma tarde tuve que enviar algunos de mis textos eróticos a una conocida revista de alto contenido sexual, con la que colaboro mensualmente. Por error, la pequeña cantinela se traspapeló y fue incluida en el lote enviado sin que yo fuese consciente. Tampoco le di mayor importancia puesto que carecía de valor literario y mi editora la desecharía inmediatamente, como efectivamente sucedió.
Olvidé pronto el incidente, hasta que meses después, me invitaron a un desconocido programa cultural de una televisión de difusión regional. Me anunciaron como una famosa escritora de literatura erótica, y el señor Carolingio Ruipérez de Tudela, Profesor e Investigador en Lengua y Literatura Española y eminente contertuliano de este programa, hizo un prólogo de presentación, comentando uno de los pequeños textos que habían venido siendo divulgados a lo largo de estos años en distintas publicaciones; concretamente y para mi sorpresa, la sencilla copla que arriba menciono.
Al hilo de estos versos el señor Ruiperez comentó:
“La autora utiliza la elipsis descarada para omitir el elemento que daría sentido al verso, esto es, el miembro viril. Usa un tropo que, por medio de varias metáforas consecutivas, hace patentes en el discurso un sentido recto y otro figurado. Así habla de una grande, sucesora de grandes, magnificencia, atendiendo al pene en plena erección y lo representa sin embargo, tirado en la mesa, en actitud descansada o de flacidez. Esgrime metafóricamente el alma como representación física del sexo masculino, en un intento de humillar al hombre que guarda sus sentimientos entre sus piernas. Entendemos de igual modo la acepción “los ojos claros” como símil de las gotas del lechoso producto del miembro referido”.
Unos minutos después, el orgulloso literato Carolingio Ruiperez, presa del calor de su propias palabras, preguntaba sentidamente al mundo, a través de las cámaras, si no nos estaríamos perdiendo a la excelsa poetisa que se escondía entre las historias sórdidas y de dudosa moralidad que tan famosa me habían hecho.
Después, tratando de enfocar mi intervención según este punto de vista, me interrogó sobre el acierto con que él había sabido desgranar el profundo sentido de mi poema. A lo que, un poco azorada y conteniendo mi hilaridad, hube de responder:
—No sé de donde ha podido sacar ese texto que yo creía inédito, pero para serle completamente sincera, Señor Carolingio, en realidad yo escribía sobre mi gata.
Con cariño para esos críticos que ven culos donde sólo hay montañas …
La calma

Al fin va llegando el sosiego. La tempestad ha dejado de agitar las ramas de altos árboles y sus hojas me miran de nuevo, estáticas.
Regreso a mi cueva, castillo de mis ilusiones donde soy diosa desnuda que corretea descalza por las almenas. Me acurruco en mis sábanas de seda y me dejo acariciar por mi viento roto, mis hormigas y mis juegos con amantes, tan distintos y tan iguales a ti. Te soy infiel otra vez con mi fantasía, y te soy fiel eternamente, mi amor.
Fuera, el mundo sigue girando, ajeno a que fue mío durante el tiempo que duró el parpadeo de tus ojos. Desde aquí puedo verlo y, como la dama que soy en mi atalaya, sonreírme. Ahora sé que también los sueños tenemos nuestro minuto de gloria.
Yo soy

Mírame. Soy naturaleza viva,
pequeña hoja que mueve el viento,
estrella que brilla en el firmamento,
agua de río que la noria aviva.
Yo soy fuerza de fuego desatada,
núcleo incandescente de energía
que bulle, como lava bravía,
y deja la ladera devastada.
Soy la sangre menstrual que, mensualmente,
asomará a la vida de este mundo.
Soy un existo, soy un yo rotundo
Soy la muerte sangrando quedamente.
Soy calidez de sol amaneciendo,
brisa suave que juega con tu pelo.
Sedoso, transparente y fino velo,
que te acaricia y que te va cubriendo.
Y tumbada en la tierra soy caverna,
confundida con lo que me rodea.
Cuanto soy está en ésta que gobierna.
Sueño de amor, hechizo de Medea,
madre naturaleza, diosa eterna.
El arte de escribir

¿Sabes Tomás? A mí no me gusta escribir, no veo nada hermoso en ello. En realidad sólo es algo que forma parte de mí, una necesidad fisiológica como respirar, comer o hacer sexo. El placer que me produce escribir no va más allá que el de una exigencia satisfecha. Carezco de la profundidad, la complejidad y el arte de otros escritores porque yo, Tomás, escribo con las tripas.
¿No me crees? Bueno, puedo intentar aclarártelo aunque sólo sea para que me entiendas.
Normalmente lo veo venir, siento como la idea se va creando en mi cabeza porque sí, sin buscarla ni llamarla, la siento formarse y crecer y procuro no hacerle mucho caso. Al poco se desarrolla completamente y comienza a golpear las paredes de mi cráneo, insistentemente, como una pelota de pimpón rebotando una y otra vez, volviéndome loca, luchando por salir.
A veces pienso que escapará por mis oídos o por mi nariz y la olvidaré completamente, o me agarro los ojos para que no me los salte en uno de esos rebotes. Pero eso son sólo sensaciones infundadas porque nunca sucede, la idea sigue martilleándome la sien hasta que al fin decido digerirla.
Entonces, Tomás, y no te rías, entonces la mastico. La llevo a mi boca y trato de rumiarla y darle forma de bolo alimenticio para poder tragarla. Es cuando, si me ves desde fuera, ando mascullando entre dientes perdida en mi mundo. Doy a la idea la consistencia necesaria y la trago de un tirón, y sigo con mis quehaceres más tranquila mientras la digiero.
Y llega el momento de estar frente a un teclado o, si no me es posible, de buscar como una posesa papel y bolígrafo, porque siento la primera arcada y debo escribir. Es cuando viene la peor parte, Tomás, cuando de pronto, igual que los rumiantes, regurgito mi idea directamente desde el estómago y la vomito sobre el papel. Es un proceso duro y pesado, tanto como vomitar de verdad. De pronto me faltan todas las palabras del mundo y me atranco mil veces cuando la idea es fluida y lucha por salir.
Por fin, todo termina, Tomás, y la historia está ahí, plasmada, casi como la imaginé en mi cabeza, y digo casi porque siempre hay una palabra que querría encontrar o un giro que no conseguí matizar, pero está ahí, y sólo necesita un poco de limpieza.
Ésta es la parte buena, desde luego, cuando todo ha pasado, cuando me recreo en cada frase que inventé, mientras limo las faltas y apuro las comas. Igualito que las caricias postcoitales o el café que saboreo tras una copiosa comida.
Y claro, me pasa como con todo, que como soy un culo de mal asiento, al momento ya me estoy quejando; que si dos horas cocinando para comer en un momento, que si todo el día detrás de ti para un polvo de diez minutos, que si tanta angustia para escribir medio folio…
Al final no me compensa el esfuerzo. Y en el tema de escribir menos aún, porque esto no me lleva a nada, jamás conoceré el arte del buen escribir, ni publicaré uno de esos perfectos libros de bello corte literario. Lo mío es más visceral, ya te digo, pura necesidad animal, y a ver quién iba a comprar un libro vomitado de la primera a la última página, escrito con las tripas, ya ves tú que asco…
Así que eso, que a mí escribir no me gusta nada de nada. Menos mal que a ti leerme sí, ¿verdad Tomás?… ¿Tomás?… ¿estás leyendo?
La menina despreciada

Escribí "La menina" para un catálogo de Pepe Yagües el verano pasado y, puesto que eligió otro de mis breves, éste quedó traspapelado por ahí. Ahora lo recupero porque, qué quieren que les diga, ésta es mi casa y cuelgo los cuadros que quiero.
¡Qué ahogo,
qué indisposición!
Conocida es mi afición
de pasear por las salas,
buscando composiciones
con alas
que obnubilen
mi razón. Mas he aquí que
lo he encontrado, a ese
artista tan buscado por mi
instinto intransigente. Mitológico,
valiente,
burlón
de sutil acabado.
Alas, caballos y astas. Manos,
lunas y escaleras, que se enmarcan
en las tetas de la mujer más desnuda.
Tan desnuda, la mujer, que se pudiera
hasta ver, en hueco, a través de ella. Dicen
que la forma es bella, y más hermosa ha de ser
cuando se muestra en esquema. Hecha de vacíos,
preñada de sentimientos, anhelos, ansias de libertad,
y el amor inalcanzable por la luna inalterable que mira
condescendiente. Sueños quebrados en parte, son las mil
y una figuras, embutidas en el cuerpo de su desnudo amante.
Una obra que rezuma de aquella burla troyana, embaucadora
y galana, que traspasara la historia tal que trampa indescifrable.
Quién explica tanto arte como este artista alcanzara con su ironía
más fina, haciendo que se columpia en la soledad de la Menina.
Peligrosa imaginación

Martita vomita sin parar desde hace horas. Sus preciosos ojos castaños, redondos y grandes, están inundados de lágrimas por el esfuerzo y el sofoco de arrojar esa bilis verduzca delante de gente desconocida. Martita tiene apenas cinco años, luce una larga trenza color de espiga y viste un babi de cuadros rosas a medio muslo que la hace encantadora. Salvando las repentinas náuseas que empañan (a intervalos de tres minutos) tan dulce estampa infantil, es una niña adorable.
Por eso todos los médicos en prácticas de las urgencias del hospital Militar de San Ignacio han pasado por su cortina a ponerle la mano en la frente y a decirle palabras de aliento, porque Martita es tan pequeña, tan pecosa, tan simpática y tan preciosa, que ningún profesional ni enfermera titulada puede evitar asistirla.
Junto a la camilla de Martita aguarda su madre con el gesto triste de la preocupación. La señora, guapa y sobria, se aparta un mechón rebelde de la frente con la mano libre mientras con la otra sujeta la palangana frente a su hija.
—Mami me duele la barriga.
—Normal, Marta. A ver si lo tiras ya todo y te dan algo que te alivie.
—No quiero vomitar más mami.
—Tienes que echar esas plantas, Marta, son veneno. Cuando se te limpie toda la tripa ya te darán una medicina que te quite el dolor.
—No eran veneno, eran una ensalada de col con tomate.
La madre resopla. Le han dicho que su hija hace esas cosas para llamar la atención: “falta de afecto” le dijo un doctor cuando se pegó con cola los calcetines a los pies, “exceso de mimos” le dijo otro cuando se derritió la cera de una vela aromática sobre los párpados. Pero el único defecto (o exceso en este caso) del que la madre está completamente segura es de la desbordante y acaparadora imaginación de su pequeña:
—Eran malas hierbas, Marta. Te tengo dicho que no puedes comer plantas, que te metes en la boca todo lo que pillas. A ver si con esto escarmientas.
—Pero yo jugaba a que eran comiditas, mami. No estaba haciendo nada malo.
—Tú y tus juegos, Marta. Un día vamos a tener un disgusto de verdad por culpa de esa imaginación tuya…
Martita se levanta del suelo y se sacude de tierra el pelo y el babi. Hacer como que vomita ha sido su juego favorito los últimos tres días (desde que estuvo en urgencias) pero ya se ha cansado.
Sube a un montón de escombros y mira alrededor, por si alguna de sus amigas terminó la merienda y ha salido a jugar, pero aún es pronto. Sigue sola en el descampado y fantasear sin espectadores le aburre una barbaridad.
Se sienta sobre unas piedras y se entretiene quitándose las ramas que se le enredaron en el pelo mientras se retorcía en el suelo fingiendo morirse. Sigue dándole vueltas a lo de inventarse otro juego. Entonces, de pronto, se le ocurre uno genial. Ella y sus amigas serán princesas que dan un gran banquete en palacio. Si aparecen también Pepe y su primo, pueden hacer de príncipes que se casan con las dos que mejor cocinen…
Pronto, Carmencita y Lore aparecen corriendo a lo lejos y encuentran a Martita atareada con una nueva ensalada, esta vez dividida sobre una piedra en tres montones iguales. Las niñas se saludan con grandes aspavientos y comentan entusiasmadas el nuevo juego que ha inventado Martita.
Luego, se sientan felices a esperar que llegue Pepe y su primo y, mientras, deciden si estarán más ricas las hojas de este o aquel arbusto, y dan los últimos toques con pétalos de alguna flor.
Entonces, viendo que Pepe se retrasa, y por aquello de decidir quien se casará primero, cada una agarra un puñado de plantas silvestres de un montón, y comienzan, sin el menor reparo, a masticar tranquilamente.
El mirón

A veces, muy pocas, siento que alguien mira por la puerta entreabierta que esconde mi fondo. Es sólo una sensación, que a poco que investigue, no suele tener una base cierta pues soy, bien lo sabéis, la eterna incomprendida.
Sin embargo a veces, muy pocas la verdad, el observador indiscreto tiene alma de poeta y encuentra una rendija de bellas palabras que cruza el umbral, un resquicio tan invisible hasta para mí misma que, al descubrirlo, llega a deslumbrarme.
Julio Cop es este mirón impertinente y además tuvo el descaro de utilizarme nada más iniciar nuestra amistad. Pero soy una chica fácil y, qué le voy a hacer, le estoy agradecida por su buen uso.
En fin, salvando la lírica, no es que me guste mandar a nadie a ningún sitio, pero si no leéis el blog del canal literatura no sabréis de qué puñetas estoy hablando…
(Aprovecho para dejar un cálido abrazo a los que aún asomáis la naricilla por aquí y para pedir, rogar de rodillas casi, que dejéis de incitarme a escribir. ¡Que estoy en fase introspectiva!)
Yo madre

Escribí este breve con intención de participar en El concurso y, para no variar, llegué tarde, así que no me queda otra que colgarlo aquí, en mi casa, como siempre.
Pues eso, dedicado a vosotros, que me tratais como la eterna premiada.
Yo, que surco mil cielos furiosos y sorteo las agujas de las más agrestes cumbres. Que me cuelo taimada en cada cicatriz de roca brava y me crezco con la helada hasta convertirla en grava. Que desciendo rápidos y cascadas, riscos y quebradas, arrasando cuan torrente o dañando tal como la granizada hiriente. Yo, que soy catastrófica o grandiosa, turbia o cristalinamente hermosa… ¿es que acaso no estoy a vuestra altura?
Yo, que serpenteo en los valles y me doman acequias y pastizales. Que circulo sinuosa por pozas de aldea y tuberías de grandes ciudades. Que siembro, que pueblo, que fecundo de un confín al otro del mundo. Yo, que soy inmensurable, casi omnipresente… ¿no os parezco suficiente?
Yo que fui en otro tiempo diosa por todos venerada, ahora comparezco ante los hombres, cansada, escasa y aún así, de vida preñada. Vosotros veréis como he de ser tratada.
Ved vosotros qué ignorante aquel necio y descuidado, que desperdicia el don que le es dado, sintiéndose así más importante. Ved qué egoístas los reyes de la sed, pues hoy me tienen y no me valoran, pero mañana si no me encuentran, lloran. Ved a los padres ocupados, educadores negligentes de los valores que preservan el entorno de sus descendientes. Ved a los mercaderes y cambistas, sucedáneos de este mundo equilibrista, que juegan a ser dueños de lo disponible. Ellos me retienen en el cuenco de sus manos, y yo me escapo, gota a gota, licuada e invisible.
Ved y juzgad vosotros mismos, si siendo todos hijos regados por el mismo río, no merecerían mi castigo, por derrocharme, por ofenderme, por descuidarme, por regalarme al blanco mundo rico y negarme al negro mundo mendigo.
Yo que soy el tinte azul que distingue la tierra en el universo, yo magna, yo eterna, yo bien excelso, vuelvo hacia ti, que me miras, mis ojos de mar inmenso. Ya es hora de sentencias, y de lo decidido dependerá, ahí es nada, tu futuro y el de la flora y la fauna del mundo conocido. Es mi deseo que seas juez y parte, y que tu gota ganada sea cascada de agua renovada.
Decide tú, pero ten presente que yo te doy la vida y nunca olvides – y con esto termino mi alegato – que aquel que no honra a su madre, es hijo ingrato.
El juego

- ¿Ha visto como gira, Coronel?
- Asombroso, sí. Por favor, detenga la película, Supervisor jefe.
- Sí señor. A mí también me costó asimilarlo, no se preocupe. Pasaré la filmación de nuevo.
- Veamos si lo he entendido bien, Supervisor jefe. ¿Me está diciendo usted, que ese humano en desarrollo ha combinado la geometría aplicada a un cono invertido con las leyes de la dinámica y la cinética, obteniendo mediante un cordel enrollado y de forma aparentemente calculada, una fuerza proporcional al peso y tamaño del objeto con el fin de que este gire durante un tiempo asombrosamente prolongado sobre su propio eje, mientras se desplaza a lo largo de ese surco en la arena, y que todo esto lo ha hecho sólo para entretenerse?
- Sí, Coronel, el muchacho lo llamó “bailar la peonza”.
- ¿Sólo para divertirse?
- Así es Coronel, se entiende como un juego de niños.
- ¡Por el amor del cielo…! ¿Y cuál es su conclusión, Supervisor jefe?
- En toda mi larga experiencia como Explorador y Supervisor de Civilizaciones en desarrollo por el Universo conocido, jamás vi nada igual, Coronel. Es precipitado sacar conclusiones aún...
El supervisor dudó un instante buscando las palabras adecuadas.
- Pero sí puedo decirle algo, señor. Las criaturas de este planeta son extremadamente peligrosas.
El reto

Ahora que soy una grande de la letra,
que mi fama ya traspasa las fronteras
y me muevo en las más altas esferas,
he recibido el encargo de un poeta.
Un algo escrito -me pide este hombrecillo-,
indefinido, el tema que tú quieras,
elígeme la forma que prefieras,
cuento, canción, poema o chascarrillo.
Y yo que soy más chula que una pulga
cuando muerde la oreja de una fiera,
seré versista y de inspiración cuentera,
metida en mi papel de dramaturga.
Por eso, mirando la luna en una noche oscura, pensaba yo en mi hombrecillo de nariz prominente, mi Cyrano enamorado del amor inconsistente, ese que quiere la fuente que me surge de la mente, pero que rechaza al cántaro de barro que la contiene.
Estaba la luna mora, mentirosa como siempre, y le brillaba a la vera una estrella impertinente. Y yo miraba y miraba, mecida entre aquellos versos de brillo y amor latente que el poeta lanzara al viento, ajeno a quien lo escuchara.
Y pedía a mi lucero, a esa luna mecedora, que se me volviera espejo, que atrapara mi reflejo como aprendí cuando niña. Pues dice la cancioncilla, que cuando la luna brilla, si miras intensamente, se quedará con tu imagen para luego diluirla, al llegar la amanecida, en las aguas de algún río.
Y yo miraba y miraba, y soñaba que quizá, no sé si sucederá, llegases al nacimiento de tu río, el Llobregat, te sentases en su orilla, y se te llenase el alma al ver mi reflejo pasar.
Andando se hace camino

Yo no soy muy amiga de los premios y los concursos encadenados, muy al contrario, los que me conocen bien saben cuanto salvaguardo mi anonimato y como me agobia estar enlazada en sitios que no puedo controlar.
Por eso, porque he dedicado muchísimo tiempo a borrar mi rastro y el de mis distintos blogs de Internet, debe ser que Pablo Aguilar, cuya amistad valoro bien alto, ha decidido darme, en un arresto de salvaje ironía, el premio al Blog con Huellas 2008.
No seguiré la cadena, bien lo sabe él, pero le debo a su guiño de sincera simpatía el nombrarlo como antecesor de este premio, y de paso a Dostopos, ya que entre ambos han recomendado para el premio a cuantos habría recomendado yo misma.
Así que por aquello de que su buen gesto no quede en agua de borrajas, y porque es de bien nacido ser agradecido, os remito a sus blogs para que sigáis la cadena de escritores aconsejados desde allí. Os aseguro que merece la pena.
Y con esto y un bizcocho…
Marcelito

Marcelito eligió ese lugar en concreto, y no otro, para aparecer en una nube de purpurina mágica, porque lo estimó un paraje precioso. En el centro de un cetrino prado, una menuda colina de terciopelo verde se alzaba sinuosa, como si un imaginario garbanzo se escondiese bajo la alfombra de hierba. En el delicado montículo, tres majestuosos sauces dominaban el entorno y prestaban su pesada sombra a un pastor de ovejas, cuyo rebaño se diseminaba como canicas blancas, pastando tranquilo a su alrededor.
Marcelito trotó ilusionado en dirección al ovejero, que dormitaba la siesta de la sobremesa recostado en el aguado y liso tronco del mayor de los regios sauces. Pensó en lo bellísimo que era aquel bucólico lugar, tanto, que ni un pequeño unicornio mágico podía desentonar con el paisaje. El sol arrancaba destellos a su fino cuernecillo a cada salto de Marcelito, y su plateada crin volaba con la brisa suave y su gracioso trotar de jovencísimo potro.
El pastor pareció intuir la cercanía de la fabulosa criatura y se incorporó de un salto agarrando la cayada.
- Buenos días, pastorcillo – dijo el unicornio Marcelito, seguro de que su tintineante y melodiosa voz aplacaría el temor del sorprendido pastor -. No tengas miedo, soy un ser mágico, embajador de los buenos deseos y el amor entre los hombres, y he elegido tu campo para volver a traer la fantasía a este mundo sin sueños. ¿Quieres ser tú mi acompañante?
El pobre Marcelito apenas acertó a decir una palabra más antes de emprender una loca carrera, huyendo como alma que lleva el diablo del pastor, que se abalanzaba sobre él, cayada en alto, gritando desaforado:
- Pos claro que quiero. ¡Ven acá pa’ca, cabrica galana! Que me he despertao de la siesta burro perdio y tú tienes güenas ancas pa’ satisfacerme. Ven, no te escapes, criaturica mágica del amor…
Niña

Aga no se asustó cuando notó la humedad entre los muslos. Pensó que el cuenco de papilla que removía en su regazo desde hacía rato había rezumado, como tantas otras veces, y apartó su falda para limpiarse, pero de inmediato volvió a cubrirse y colocó el cuenco en su lugar, agitando la papilla que contenía con renovado tesón.
El pulso se le aceleró mientras se esforzaba en fijar la mirada en el cuenco. ¿qué podía hacer? Estaba sangrando. Miró alrededor con disimulo, por ver si alguien había reparado en su gesto, pero a esas horas sólo quedaban algunas mujeres por los rincones de la cueva, atareadas con los lactantes, y el resto de niñas del corro seguían pendientes de sus propios cuencos, masticando, escupiendo y batiendo el revoltillo de hojas de menta y carne que alimentaría a los más pequeños. No dijo nada, se levantó cubriéndose como pudo con la vasija, y salió apresurada hacia el río.
Corrió por la orilla más apartada y se sentó en un lugar poco profundo, dejando que el agua la cubriera hasta la cintura. La pequeña mancha rojiza de su falda se diluyó y desapareció en el agua turbia de la corriente. Aún mantenía el cuenco entre las manos temblorosas, cuidando de que no se derramara ni se mojase, porque su madre le daría una paliza si estropeaba la comida de sus hermanos. Y entonces pensó qué haría mamá Liá, cuando supiera que Aga había comenzado a menstruar.
El sol andó una cuarta por el cielo sin que la pequeña se decidiera a salir del río. Meditaba sobre sus distintas opciones pero ninguna le parecía ni un tanto protectora.
Podía lavarse a menudo, y robar algunas de esas trencillas de esparto que usaban las mujeres para absorber el sangrado. Si masticaba papilla de menta todo el tiempo, y se mantenía alejada del resto del grupo, quizá no descubrieran su reciente olor de hembra. Pero Aga tenía pocas posibilidades de pasar desapercibida en un grupo tan reducido, y un comportamiento extraño y huidizo atraería pronto la atención de los hombres.
También podía pedir ayuda a mamá Liá, pero la estación pasada, Uha, su mejor amiga, fue bautizada con la sangre menstrual, y antes del final del primer ciclo presenció como su madre la entregaba a uno de los machos cazadores a cambio de una pieza de carne. Desde entonces su amiga Uha permanecía con las mujeres, alejada para siempre de Aga y sus juegos infantiles.
Quizá podría huir, buscar refugio en las colinas del otro lado del río, esperar a que el ciclo terminase y volver a escapar con cada menstruación, manteniendo el secreto, aunque era la peor de las opciones, porque una hembra de apenas diez veranos, sola en tierra extraña y menstruando, sería blanco fácil de fieras y cazadores de otras tribus.
Mientras salía del río y escurría su falda pensó, con tristeza, que serían sus propias amigas las primeras en descubrirla y alertar a las mujeres, sin conciencia del peligro al que la exponían llevadas por su inocencia y su curiosidad. Ahora, de pronto, las otras niñas de su edad le parecían muy pequeñas e ignorantes.
Caminó hacia la cueva, despacio, esquivando con excesivo zigzagueo pitas y zarzales, mientras se preguntaba quién sería el primer macho que la cubriría. Se estremeció de miedo. Sentía verdadero terror hacia los hombres de su cueva. Desde pequeña conocía su comportamiento agresivo, a menudo se acercaban a las niñas cuando jugaban, buscando con insistencia bajo sus faldas, y las mujeres habían de mantenerlos alejados con gritos y golpes. Algunos no eran así, los machos de más rango ignoraban a las pequeñas o las trataban con desapego, pero sólo era porque siempre tenían varias mujeres dispuestas a satisfacerlos a cambio de protección o respeto entre las demás. El resto de los machos vivía en un continuo estado de excitación agresiva, y siendo ella tan joven y tierna, y no habiendo ya ninguna hembra adulta que la viese como una niña, no tendría forma de resistirse a los ataques.
Cuando divisó la cueva, ya había decidido que buscaría primero la protección de mamá Liá para que ésta dispusiera la forma de sacar partido a su entrega. Mejor sería pedir algo a cambio, aunque fuesen algunas raciones extras de carne, que ser igualmente violada por nada. Quizá su madre consultaría con ella el hombre al que iba a ser entregada y Aga podrían pedirle que no fuera demasiado viejo o feo. Acarició la idea de ofrecerse a un cazador de rango, de los más fuertes, pues era muy bonita, y a poco que pusiera interés, aprendería a ser complaciente. De cualquier modo, decidirían un buen trato para ambas y ella se mostraría sumisa para que el hombre siguiera buscándola y manteniéndola en adelante.
Cuando entró en la cueva, Aga había entendido que era una mujer y ya nadie, salvo ella misma, podría cuidarla.
Otro paseito por los albores del año 3000

Mi amiga Julia R. Robles vuelve a publicar en esta jungla internauta de discutido reconocimiento y, como siempre que superamos una rigurosa selección, el ego de ambas brilla moderadamente durante unos microneones.
Si queréis disfrutar de su nuevo relato, entrad en la prestigiosa revista de ciencia ficción Andrómeda.
Para acceder directamente a la historia “la buena educación” (os aseguro que es tan cortita como divertida) pinchad en este enlace.
Buena lectura.
boceto

¿Sabes? se me acaba de ocurrir un relato.
Uno en que la información se convierte en un gran monstruo devorador
y somete a la población
hasta que un día alguien se levanta y apaga el televisor
y arranca el ordenador de cuajo
y empieza a sonreír, y olvida el estrés y ya sólo le importa lo que sucede en su entorno
y sus vecinos lo ven y lo imitan
y poco a poco el edificio entero se desconecta, y es feliz
y luego la calle, y el barrio.
Se alzan las voces más eruditas gritando desde las pantallas: "es la felicidad del ignorante, no caigáis en eso, la información es poder..."
pero mientras, los barrios siguen arrancando cables
la gente empieza a salir a la calle y a preocuparse de cosas importantes, y ya nadie tiene prisa, y se aceptan como son, y tienen ideas propias
y al final
el mundo entero se desconecta, internet muere
y en la tele apenas subsisten dos tristes telediarios y los dibujos infantiles
y las calles aparecen sembradas de periodistas que piden unas monedas para poder comer.
fin
El crítico entusiasta

-El hombre subió al coche, un Toyota Corolla rojo de tres puertas, arrancó el motor y dejó la carretera en el asiento posterior….
-Genial, es increíble que empieces con esa frase. Me dejas de piedra, chica – ella dejó de leer y lo miró sorprendida -. En serio, esa… ¿Cómo se llama? ¿Metáfora? Significa que arrancó echando ruedas y dejó la carretera atrás. Que se fue, vamos. Me gusta esa frase, sí. Bueno, no me pongas esa cara, soy nuevo en esto, igual tiene un sentido más profundo y no lo he pillado. A ver, deja que lo piense, “dejó la carretera en el asiento posterior…”. Igual te refieres a que se puso a conducir sin pensar, que le daba lo mismo la carretera o, ya puestos, puede significar que conducía dejando atrás su rumbo. Ah, ya está ¿no? Es un símil de esos, la carretera es su vida, que se queda en el asiento de atrás, es como abordar la historia diciendo que empezaba de nuevo, ¿no? Joder, venga, sigue, que me tienes en ascuas, ahora dirás algo como que los árboles huían de la carrocería y llovía hacia arriba en los cristales, así, en plan doble sentido. Me encanta cómo preparas al lector para una historia abstracta. En serio, esa frase del principio es para ponerla en un marco vamos. ¿Qué pasa? ¿Por qué me miras con esa cara? ¿No querías leerme tu novela para que te diera mi opinión? Pues eso hago, ¿qué culpa tengo yo de que la primera frase sea jodidamente genial? ¿Crees que exagero? Pues no, de verdad, chica, eso de que dejó la carretera en el asiento posterior me ha impresionado mucho, no sabía que escribías tan bien.
- Oye idiota – replicó al fin la chica- . He dicho cartera. ¡Dejó la car-te-ra!
El deseo del hada

Hoy visité a la hechicera que vive en el fondo del bosque, en la cueva que se esconde tras la cascada de cristal.
Le conté de tu existencia y con los brazos alzados, la cabeza echada hacia atrás, los ojos cerrados y el corazón henchido de puro gozo, grité a las ramas de cuantos árboles nos rodeaban, que vivía traspasada por la daga del amor. Fue un gesto inicuo que, en el silencio de la noche, disparó el vuelo de mil lechuzas asustadas, reafirmando con su aleteo la arrogancia de mi proclama.
Espoleado mi corazón por el revuelo, salté y canté alrededor de la hechicera, relatando entre risas como me derritió tu porte de caballero, cuanto me deleitó tu verborrea de juglar, y tanto como te he soñado y te deseado desde el mismo instante en que te vi. Le expliqué a la anciana sabia que tu risa tintineaba a cada poco en mis orejas puntiagudas, que tu boca era ya el cáliz del que deseaba beber a cada instante, y que todo tú me incitaba a la pasión más inflamada.
Y allí, en el bosque de las mil flores, supliqué a la dama blanca un filtro de amor que te arrojara en mis enamorados brazos. Le pedí un bebedizo que te llenase del deseo que yo destilaba por cada brillante poro de mi piel y que te hiciera mío para siempre.
- No puede ser - sentenció la injusta dama.
- ¿Pero por qué? – grité loca de furia, y aleteé por la cueva con desespero.
- No insistas, no puede ser.
- Pero lo amo, hechicera, y deseo entregarme a ese hombre para siempre.
- Basta – gritó ella -. Es imposible, él es humano y tú hada.
Rompí a llorar y alcé mi puño amenazante.
- Conseguiré que sea mío con o sin tu ayuda, mala bruja. No permitiré que los detractores de la mezcla entre linajes acaben con mi delirio pasional. Me entregaré a su deseo en un lecho de hojas de acebo y seremos uno, fundidos en el eterno instante del placer mutuo.
Acabé mi discurso con las rodillas en tierra, la cabeza gacha y el corazón atravesado por el dolor. La hechicera se acercó a mí y me acarició el cabello, compasiva, antes de replicar:
- No me seas melodramática, Campanilla. No puedes acostarte con él porque es humano y tú, mi niña, mides dos centímetros.
Coqueteando con la ciencia ficción

Tengo una amiga, tan íntima y cercana que pareciéramos uña y carne, y que hace sus pinitos como escritora.
Tiene un currículo literario pequeñito esta amiga mía (apenas algunos premios, cuatro relatos publicados en revistas, y dos novelas inéditas tocando a las puertas de editoriales grandes y chicas) pero lo compensa con una perseverancia tan gigantesca, que su esfuerzo nos motiva a ambas, día sí y día también.
Por eso hoy me siento orgullosa, por ella y por mí, y quiero compartir con vosotros la última publicación de Julia R. Robles, de la mano de la prestigiosa revista de Ciencia Ficción Andrómeda.
Un relato breve en clave de humor, titulado “Intrigas en Frontera Cinco” y que podréis descargaros aquí.
En fin, gracias a todos los que miráis aquí, y me miráis, y la miráis… ya sabéis qué quiero decir.
La palabra maldita

Descubro horrorizada la presencia
de ocho letras que rigen a estas gentes.
La palabra intangible que es la esencia
de la muerte de ideales diferentes.
La P de tantas porras policiales
que hacen legítima la ley violenta.
La O que vociferan los chavales
que ponen sus militancias en venta.
La L de la libertad perdida
en pos de ministerios justicieros.
La I de intolerancia compartida,
intransigentes, férreos compañeros.
La T de ese tedioso peligroso,
que es terrorista sacudiendo el rabo.
Otra I, de infantil o del insulso
opinante regio del menoscabo.
La C, de cada uno de los credos
que enarbola aquel ser desarmante
que sustituye, por agravios quedos,
su A de amor, y el sexo vacilante
del buen político y el peor amante.
Veo veo

- Veo veo – dijo el hada.
- Anda ya – le contesté.
- Veo veo aquel paseo por las Fuentes del Marqués.
- ¿Qué te incumbe a ti mi historia? ¿por qué dices que la ves?
- Tengo una bolita mágica, y la miro del revés
- ¿Qué dices? ¿ves el pasado?
- En llegado, puede ser. Aunque pasado traído por el túnel del Cenajo se hace presente más bien ¿Y si lo miro al través… veo, veo, tu corazón enamorado?
- Eso te lo has inventado.
- Más bien lo he improvisado, mirando tras el cristal tu ánimo embelesado. Dime, mi princesa, dime ¿Cuánto más quieres saber?
- Di lo que se te antoje. No me lo voy a creer…
- ¿Y por qué niegas que amas?
- No niego ni afirmo nada.
- Pues yo veo entre las sábanas, el lugar donde tus ganas inventan su voz, sus manos y su aroma a rosas blancas.
- ¡Dices incoherencias, hada! ¡Calla!
- Veo, veo… el brillo de tu mirada, y suspiros en tu boca. Dicen que se desprende, de tu corazón, la losa. Veo a tu amante, ese hombre que te toca, que con manos caprichosas desgrana, en arena fina, la dura roca. Él, como un niño, modela castillos en Lorca, y viene el mar y los choca.
- Tú estas loca.
- ¿Yo loca? Qué ironía. No soy yo la que discute con hadas de terracota.
Madura

Es hora de acabar, amiga mía, cesar de martirizarme, olvidar esta existencia de penalidades y desistir de luchar contra los elementos. La tristeza me atenaza el corazón, y si bien me aterroriza lanzarme al vacío y acabar para siempre, me espanta más aún pasar otro día en este mundo cruel.
No me juzgues, mi impúber amiga. Llevo toda la vida, larga vida, soportando y superando cuantas injusticias imagines, con resignación y optimismo, pero ahora que he madurado, ya no consiento ni una más.
Quizá tengas razón y sean manías de mi vejez, aunque suene a frase propia de tu edad. La verdad es que estoy agotada, cansada de luchar por ser la mejor yo cada día, de perseverar para crecer por dentro igual que por fuera, de esforzarme mientras veo a otros a mi alrededor obtener tanto como he alcanzado, o vivir incluso mejor, sin invertir en ello ningún esfuerzo.
Y es que la vida, mi inexperta amiga, es harto injusta, pues obtiene uno que otro, más sol, más alimento, más agua incluso, sólo por el lugar del huerto donde vino a nacer. Y si miras al norte verás a muchos que tanto tienen y no valoran, y si miras al sur verás a tantos otros que claman pidiendo la cuarta parte de lo que nosotras mismas menospreciamos.
Por eso no quiero seguir viviendo en este mundo, por lo injusto que es. Tú aún estás muy verde para entenderlo, todavía tienes ilusión y crees en tu poco valor interior, pero yo siento el peso de los años, un gran lastre que no puedo soportar.
Desde pequeña me esforcé en ser dulce, crecí lozana por fuera, pero preocupada por cultivar un buen interior, hasta que un día entendí que sólo importa la apariencia, que sólo por tu aspecto han de mirarte y valorarte en este mundo injusto.
Y ahora que me pesa tanto el tiempo, con la piel curtida y teñida al sol, ahora que ya soy fruta madura, me importa poco aparentar, o gustar, o congraciarme con el mundo. Estoy tan desencantada del vano esfuerzo, que el vacío se me antoja apetecible.
Ya concluyo buena amiga, siento la madre rama doblarse con el peso de mi corazón de manzana. Me suelto del árbol, agárrate pomita joven que esto va a moverse mucho, y no llores la pérdida, amiga mía, que tras de mí ha de quedar una semilla de esperanza.
¡Ya caigo, ya muero, ya me estrello contra el suelo…!
cumpleaños

Hoy es un día grandioso, una sonrisa radiante me ilumina el rostro y mis ojos brillan con chispitas de esperanza cuando llega la mañana. Me desperezo satisfecha entre las sábanas que ahora me pertenecen por entero, me incorporo y muevo mis nuevas alas, tan grandes, impetuosas y blancas, lustrosas y suaves, nacidas para volar alto.
Atrás quedan años oscuros en los que no fui, no existí bajo mi piel marcada por el daño de otro, tiempos de lágrimas injustas y de golpear la bombilla desde dentro.
Soy la misma y he cambiado, he mutado en esa yo que siempre me anduvo dentro, aquella que vivía en la cueva de los sueños, y que un día siguió el rastro de un rayo de luz.
Yo, que nunca creí que se pudiera vivir de las ilusiones, soy hoy la prueba fehaciente de que pueden llegar a ser el motor más recio de una vida. Por eso despliego mis alas, mis nuevas y fuertes alas, y las bato con sapiencia mientras escalo con su equilibrio la montaña de mis pequeños logros, y miro al mundo desde aquí arriba, desnuda, dispuesta y entregada a tanto como he de sentir y padecer en el futuro, al amor, al orgullo, al tesón, al éxito y a ti que lees sin pudor cuanto te cuento, sabiendo que hoy, que cumplo 38 años, apenas estoy rompiendo a vivir.




