Niña

Aga no se asustó cuando notó la humedad entre los muslos. Pensó que el cuenco de papilla que removía en su regazo desde hacía rato había rezumado, como tantas otras veces, y apartó su falda para limpiarse, pero de inmediato volvió a cubrirse y colocó el cuenco en su lugar, agitando la papilla que contenía con renovado tesón.
El pulso se le aceleró mientras se esforzaba en fijar la mirada en el cuenco. ¿qué podía hacer? Estaba sangrando. Miró alrededor con disimulo, por ver si alguien había reparado en su gesto, pero a esas horas sólo quedaban algunas mujeres por los rincones de la cueva, atareadas con los lactantes, y el resto de niñas del corro seguían pendientes de sus propios cuencos, masticando, escupiendo y batiendo el revoltillo de hojas de menta y carne que alimentaría a los más pequeños. No dijo nada, se levantó cubriéndose como pudo con la vasija, y salió apresurada hacia el río.
Corrió por la orilla más apartada y se sentó en un lugar poco profundo, dejando que el agua la cubriera hasta la cintura. La pequeña mancha rojiza de su falda se diluyó y desapareció en el agua turbia de la corriente. Aún mantenía el cuenco entre las manos temblorosas, cuidando de que no se derramara ni se mojase, porque su madre le daría una paliza si estropeaba la comida de sus hermanos. Y entonces pensó qué haría mamá Liá, cuando supiera que Aga había comenzado a menstruar.
El sol andó una cuarta por el cielo sin que la pequeña se decidiera a salir del río. Meditaba sobre sus distintas opciones pero ninguna le parecía ni un tanto protectora.
Podía lavarse a menudo, y robar algunas de esas trencillas de esparto que usaban las mujeres para absorber el sangrado. Si masticaba papilla de menta todo el tiempo, y se mantenía alejada del resto del grupo, quizá no descubrieran su reciente olor de hembra. Pero Aga tenía pocas posibilidades de pasar desapercibida en un grupo tan reducido, y un comportamiento extraño y huidizo atraería pronto la atención de los hombres.
También podía pedir ayuda a mamá Liá, pero la estación pasada, Uha, su mejor amiga, fue bautizada con la sangre menstrual, y antes del final del primer ciclo presenció como su madre la entregaba a uno de los machos cazadores a cambio de una pieza de carne. Desde entonces su amiga Uha permanecía con las mujeres, alejada para siempre de Aga y sus juegos infantiles.
Quizá podría huir, buscar refugio en las colinas del otro lado del río, esperar a que el ciclo terminase y volver a escapar con cada menstruación, manteniendo el secreto, aunque era la peor de las opciones, porque una hembra de apenas diez veranos, sola en tierra extraña y menstruando, sería blanco fácil de fieras y cazadores de otras tribus.
Mientras salía del río y escurría su falda pensó, con tristeza, que serían sus propias amigas las primeras en descubrirla y alertar a las mujeres, sin conciencia del peligro al que la exponían llevadas por su inocencia y su curiosidad. Ahora, de pronto, las otras niñas de su edad le parecían muy pequeñas e ignorantes.
Caminó hacia la cueva, despacio, esquivando con excesivo zigzagueo pitas y zarzales, mientras se preguntaba quién sería el primer macho que la cubriría. Se estremeció de miedo. Sentía verdadero terror hacia los hombres de su cueva. Desde pequeña conocía su comportamiento agresivo, a menudo se acercaban a las niñas cuando jugaban, buscando con insistencia bajo sus faldas, y las mujeres habían de mantenerlos alejados con gritos y golpes. Algunos no eran así, los machos de más rango ignoraban a las pequeñas o las trataban con desapego, pero sólo era porque siempre tenían varias mujeres dispuestas a satisfacerlos a cambio de protección o respeto entre las demás. El resto de los machos vivía en un continuo estado de excitación agresiva, y siendo ella tan joven y tierna, y no habiendo ya ninguna hembra adulta que la viese como una niña, no tendría forma de resistirse a los ataques.
Cuando divisó la cueva, ya había decidido que buscaría primero la protección de mamá Liá para que ésta dispusiera la forma de sacar partido a su entrega. Mejor sería pedir algo a cambio, aunque fuesen algunas raciones extras de carne, que ser igualmente violada por nada. Quizá su madre consultaría con ella el hombre al que iba a ser entregada y Aga podrían pedirle que no fuera demasiado viejo o feo. Acarició la idea de ofrecerse a un cazador de rango, de los más fuertes, pues era muy bonita, y a poco que pusiera interés, aprendería a ser complaciente. De cualquier modo, decidirían un buen trato para ambas y ella se mostraría sumisa para que el hombre siguiera buscándola y manteniéndola en adelante.
Cuando entró en la cueva, Aga había entendido que era una mujer y ya nadie, salvo ella misma, podría cuidarla.
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Autor: el_Vania
Qué dura debía ser la vida... y encima nos quejamos ahora.
Salud/OS!
Fecha: 14/05/2008 13:17.
Autor: pau
No sabemos si la vida en aquellos tiempos es como la imaginas, pero tiene todos los números que sea así.
Creo que debemos luchar y mirar el futuro, estoy seguro que entre todos conseguiremos la perfecta igualdad.
El relato, amiga mía, es precioso y, aún, por desgracia, actual.
Fecha: 16/05/2008 02:06.



