Se muestran los artículos pertenecientes a Junio de 2007.
Resumen
- 10/06/2007 11:45 - harta imaginación
- 11/06/2007 09:18 - carta de una liberta
- 13/06/2007 22:33 - la sucesión
- 14/06/2007 21:07 - mi primo favorito
- 18/06/2007 11:23 - tatuaje
- 20/06/2007 21:41 - la florecilla encarnada y el hombrecillo verde
- 24/06/2007 13:24 - fácil
- 27/06/2007 17:47 - la palabra maldita
- 30/06/2007 14:00 - la amante del sol
harta imaginación

Martita vomita sin parar desde hace horas. Sus preciosos ojos castaños, redondos y grandes, están inundados de lágrimas por el esfuerzo y el sofoco de arrojar esa bilis verduzca delante de tanta gente. Martita tiene apenas cinco años, luce una preciosa melena dorada hasta media espalda y viste un babi de cuadros rosas a medio muslo que la hace encantadora, salvando las repentinas nauseas que empañan, a intervalos de diez minutos, tan dulce estampa infantil. Por eso todos los médicos en prácticas de urgencias del hospital Militar de San Ignacio han pasado por su cortina a ponerle la mano en la frente y decirle palabras de aliento, porque Martita es tan pequeña, tan pecosa, tan simpática y tan preciosa, que ningún profesional ni enfermera titulada puede evitar asistirla.
Junto a la camilla de Martita aguarda su madre, con el gesto triste de una dama clásica. La señora, guapa y sobria, pareciera que jamás en su vida ha sonreído. Viéndola sentada en esa pequeña silla blanca, con ambas manos sobre el regazo y los ojos perdidos en las losas del suelo, se antoja salida de un cuadro del siglo diecisiete, ajena y con esa expresión lánguida en el rostro. Y tan inmutable resulta ante la continua vomitera de su niña, que podría asegurarse que volverá en cualquier momento a su lienzo para mantener tal gesto por toda la eternidad.
- Mami me duele la barriga.
- Normal, Marta, a ver si lo tiras ya todo y te dan algo que te alivie.
- No quiero vomitar más mami.
- Tienes que echar esas plantas, Marta, son veneno. Cuando se te limpie toda la tripa ya te darán algo que te quite el dolor.
- No eran veneno, eran una ensalada de col con tomate.
La madre resopla, casi parece que va a expresar una emoción, pero sólo es una ilusión, en realidad continua inalterable, manteniendo un correctísimo tono de voz:
- Eran malas hierbas, Marta, y te tengo dicho que no puedes comer plantas, que te metes en la boca todo lo que pillas. A ver si con esto escarmientas.
- Pero yo jugaba a que eran comiditas, mami, no estaba haciendo nada malo.
- Tú y tu imaginación, Marta. Un día vamos a tener un disgusto de verdad con estos juegos tuyos…
***
Martita se levanta del suelo y se sacude de tierra el pelo y el babi. Ya se ha cansado de hacer como que vomita y sube a un montón de escombros para mirar alrededor, por si alguna de sus amigas ha terminado la merienda y sale a jugar, pero aún es pronto. Sigue sola en el descampado y jugar a las enfermedades le aburre una barbaridad. Se sienta sobre unas piedras y se entretiene quitándose las ramas que se le enredaron en el pelo mientras se retorcía en el suelo fingiendo estar en la camilla. Pronto, Carmencita y Lore aparecen corriendo a lo lejos y Martita se pone en pie, saludándolas con grandes aspavientos.
Entonces se sienta feliz a esperar que lleguen a su altura, agarra un puñado de vinagretas silvestres que florecen a su lado, y comienza, sin el menor reparo, a masticarlas satisfecha.
carta de una liberta

Hace días que me desangro, que me arrancaste las entrañas y las arrastraste lejos de mí, deseándome la muerte.
Hace días de dolor de eso, días de ser una parte y no ser nada, de faltarme la risa de mis hijos, de no tener sueño que velar, ni más aire que respirar que el del vacío cósmico que dejaron mis tres soles.
Ha sido un tiempo de luto en mi corazón de madre pues, por unos días, has vuelto a tener el poder, y como ser despreciable que transcurres, a utilizarlo. Y yo he recordado bien quien eres.
Tú, que pronto te ganaste el apropiado apodo del “hombre más egoísta del mundo”, has vuelto a ignorarme, a humillarme, a volcar sobre mí toda tu inmundicia, como en los días gloriosos de tu reinado.
Te he sentido esparcir cuentos sobre mi engaño y mis falsas palabras de cariño, cuidando de omitir en tus narraciones el abandono que llevó a este desprecio o el enfermizo hecho cierto de que has de imaginarme en brazos de otros hombres para correrte.
He visto como niegas a tus hijos el oro que les corresponde por derecho, esgrimiendo el mismo descaro, tanto para eludir tus obligaciones como para solicitar tus derechos.
He padecido tu desplante arrogante, y el puño del desamparo apretando mi corazón cuando quise saber de mi hija enferma y me cerraste la puerta en las narices, pues no era mi tiempo de cuidarla.
Durante días sufrí y callé, y esperé mordiéndome los labios, a que mis criaturas volvieran a mi seno, y mis heridas, una vez más cicatrizasen.
Ahora te imagino sumido de nuevo en tu retorcido mundo de egoísmos, planeando el inesperado latigazo con el que fustigar mi espalda desnuda, perdiendo con cábalas económicas el sueño que jamás malograste por nosotros, masturbándote desesperadamente mientras deliras con que otros hombres me poseen y gritas que debo sufrir por puta. Imagino tantas miserias como conozco de ti, y me siento libre, feliz y limpia, lejos de tu influjo.
Nada hice mejor en mi vida que quitárteme de encima, y te equivocas al creer que puedes comprar mi libertad con tu dinero. Ahora que mis pequeños me rodean y tus aviesos dedos envenenados vuelven a estar lejos de nosotros, la serenidad me hace fuerte y sé que debo hacer.
Hombre demonio de cuernos merecidos, levanta tu rabo de rata y busca tactilmente el agujero letrinoso que resguarda. ¿Lo has encontrado? Pues ya puedes meter por él, una por una, cada moneda de oro que has negado a tus hijos. Y espero que las disfrutes grandemente, pues ha de ser ésta la única satisfacción que obtendrás de mí por el resto de tu miserable vida.
la sucesión

Hoy he visto que tienes una nueva musa, otra criatura inspiradora que fácilmente ocupa el alto lugar que me otorgaste un día, digna sucesora de mi trono de aire y humo. Lo he visto y he sentido el escozor quemando mis entrañas.
No consigo acostumbrarme, ¿sabes? Mil veces me sucediera aquello de creer en las palabras vanas de un hombre y mil veces, al final, escuece igual, pues aunque la vida me ha enseñado de mentiras aprovechadas, de falsos halagos, de lo hueco del corazón del amante, mi autoestima se resiste a confirmarme que siempre fueron discursos interesados, destinados a acariciarme el corazón mientras sus manos acariciaban mis muslos.
Qué simples y estúpidos son esos que se llaman hombres. Pues una mujer compartimenta su amor a lo largo de su vida, y en cada estante reposa un trozo de pasión pleno, a veces corto, a veces poco intenso, pero siempre importante. Y jamás superpusiera un amor a otro, ni utilizara iguales recursos con dos sueños diferentes. Pero aquellos fútiles que se llaman hombres, tienen un cauce único en su vida, un sólo hacer, un repertorio, que repiten pausados a cada acariciante cuerpo al que se arriman.
Por eso, hoy, cuando vi mis frases -y digo mías porque un día me las regalaste, no porque me sienta ya dueña de nada- acariciando a otra diosa inspiradora, sentí la quemazón que precede al impotente llanto.
Implica mi renuncia mi castigo, y por bueno acepto el que me infliges, pero recuerda, hombre, el perdón que mendigaste, ese que un día, casi te concedo. Desde ya te digo, que no habrá contigo perdón que se malgaste.
Porque ahora que otra ocupa mi lugar, y con esto termino mi diatriba, ahora que al fin quedo libre del remordimiento que me causó dejarte, ahora escuece, quema, abrasa, mi herida en carne viva.
mi primo favorito

Mi primo favorito me llamó esta mañana. Acababa de verme en un video, vestida de blanco, con el cabello sujeto por una diadema de perlas, corriendo y dando saltos alrededor de él, que vestía un elegante traje de marinero. Se acordó de mí y me llamó, hacía tanto que no nos veíamos…
De niños siempre jugábamos juntos, a los indios y los vaqueros, a los médicos, a las casitas. Era mi primo favorito, quizá porque yo le llevaba un año y un metro de soltura, y lo gobernaba a mi antojo. Hicimos juntos la comunión, como la pareja imposible, un marinerito raso y una princesa prometida, y cuando venía a pasar el día a mi casa, dormíamos en la misma cama, hasta que un día me agarró uno de mis incipientes pechos de onceañera, que se trasparentaba a través de mi camisón infantil, y mi madre acudió alertada por nuestros gritos y risas. Nunca más volvió a quedarse a dormir, poco después tampoco le invitaron más a merendar, y acabó por no volver a casa a jugar.
Lo vi hace unos años. Había envejecido y engordado tanto que apenas reconocí a ese chico de ojos claros y rizos que me hacía de papá cuando jugábamos a las casitas. Quedamos a tomar café un par de veces después de mi divorcio, pero ya nunca fue como antes. Ahora, me llama cada tres años, con las excusas más variopintas, y con la esperanza, acababa siempre confesando, de volver a solazarse conmigo algún día, como cuando éramos niños.
Recuerdo nuestros juegos infantiles. Si yo era la enfermera, le entablillaba la pierna a una escoba con nudos imposibles que tardaba horas en poder deshacer. Si él era el médico, me operaba la espalda y yo me dejaba hacer dibujos y caricias durante unos deliciosos minutos con su lápiz bisturí.
Si yo era la vaquera, lo ataba los brazos al cuerpo y le daba pescozones hasta que se rendía y suplicaba por su vida. Si era la india, me ataba él, me mordía el cuello erigiéndose en anacrónico vampiro chupasangre, y mis súplicas no servían de nada.
Supongo que por aquella época adquirí el desmedido placer que siento ahora, cuando me atan las muñecas y muerden mi cuello al hacer el amor. Quizá al final sí que quede con mi primo favorito, pues pensando esto me pregunto si igualmente, por mi causa, él disfrutará mucho más del sexo cuando lo abofetean.
tatuaje

Mi piel esta marcada de deseo,
la florecilla encarnada y el hombrecillo verde

A Diego Jerez, hombrecillo verde de mis entretelas.
Un hombrecillo verde, minúsculo como una cereza, entró en el Jardín de las Mil Flores. Buscaba, entre todas ellas, una especial, la más hermosa de las hermosas, pues era un regalo de despedida para su amada, a la que abandonaría pronto. Caminó entre los altos tallos hasta que vio aquella que se ajustaba a sus propósitos.El hombrecillo verde se acercó y miró a la florecilla encarnada que lucía en lo alto del tallo.
— Buenos días, florecilla encarnada.
La florecilla no respondió, quizá ni siquiera lo escuchase desde allá arriba.
— Dime, florecilla, ¿cómo va todo? – insistió el hombrecillo zarandeando un poco el tallo, por aquello de captar la atención.
La florecilla lo miró de reojo. “Otro que quiere que doble mi verde tallo para subírseme encima” pensó.
— Hola, hombrecillo verde —contestó al fin, tras tanto zarandeo—. ¿Qué quieres? ¿ver el mundo desde aquí arriba? Te advierto que soy una estirada y no me doblo fácilmente.
— Si pretendiese eso no te pediría que doblases tu tallo, treparía por él.
La florecilla río con ganas
— Cualquier flor encarnada que se precie te sacudiría de su tallo al primer envite. Nosotras no nos dejamos trepar por hombrecillos verdes desconocidos. A veces, ni tan siquiera por conocidos.
— Puedo dejar de ser un desconocido en un instante. Te basta con saber que soy un poeta para conocer todo de mí.
— Esa es una ostentación muy pretenciosa. Muchos dicen llamarse poetas, y muy pocos tienen de hondo rimador más que el nombre. ¿Eres capaz de hilarme unos versos a voz de pronto?
El hombrecillo poeta bajo la mirada un instante. La florecilla pensó que se entristecía, pero en realidad al hombrecillo le dolía el cuello de tanto mirar hacia arriba.
— Hace un tiempo te habría respondido que sí, sin pensarlo, ahora ya no lo sé.
— Vamos, inténtalo – dijo la florecilla curiosa, pues no tenía otra cosa mejor que hacer —. Hazlo por mí y por el sofoco que me estas haciendo pasar, que aún me tiene de color encarnado.
El hombrecillo sonrió ante la burla, pues sabía de sobra que todas las florecillas encarnadas son así desde que nacen.
— Está bien, lo haré, aunque ando un tanto perdido.
La florecilla movió los pétalos asintiendo impaciente, sin ninguna intención de preguntarle por su búsqueda. Ella sólo quería reírse viéndolo mal rimar.
— Pues me pides de voz algunos versos, y no quiero, por nada contrariarte, buscaré por mi pecho los diversos motivos para verte y para amarte.
La florecilla quedó perpleja unos instantes mientras el hombrecillo poeta reía de su fatua ocurrencia rimadora. Al final, ésta decidió darle a aquel el título de poeta de tercera, que es bastante en la exigente escala de una preciosa flor encarnada de jardín.
— He visto rimas mucho mejores en boca de un escarabajo pelotero. Utilizar el amor como recurso lírico cuando ni siquiera pretendes amarme es un asco.
— Puede que sí, pero ¿qué más puedes pedirme? Te he dicho que ando difuso.
— Perdido, dijiste perdido.
— Perdido, y difuso, y quizá, por que no, también desorientado.
— Temo que no hay forma de evitar que me lo expliques, ¿verdad? —respondió la florecilla, disimulando su curiosidad tras un velo de fastidio.
Y el hombrecillo le explicó. Le contó de vidas fugaces y sueños irrealizados, de la brevedad de un suspiro y lo eterno del amor. De lo inconsecuente de la muerte y lo desconcertante de la vida.
Al fin, el hombrecillo quedó en silencio.
La florecilla se incomodó.
El sol lució alto unos instantes y luego las nubes ingratas lo taparon.
— No voy a arrancarte –dijo el hombrecillo de pronto–. Buscaré otro regalo de despedida para mi amada.
— ¿Te marchas?
— Sí, me marcho de este mundo, voy a morir sin remedio.
— También yo, aunque tu decisión de no arrancarme parece haberme dado un día más de vida.
La florecilla intentó estirarse, orgullosa y altanera, sin decir una palabra más, y el hombrecillo se alejó sin despedirse.
Al día siguiente, cuando la florecilla despertó con las luces del alba, encontró al hombrecillo verde acurrucado a los pies de su tallo. Cimbreó un poco con la brisa y esperó respuesta, pero éste no se movió. Lo veló todo el día con exquisita atención, apartando insectos curiosos y briznas de hierba y contado a quien preguntaba que aquel fue un hombrecillo poeta. Y cuando el manto estrellado de la noche cubrió el cielo del Jardín de las Mil Flores, dejó caer unos pétalos que lo arroparon, luego otros más que lo cubrieron, y al fin, toda ella se deshojó falta de vida.
— Pues me diste de voz tus fatuos versos y al hacerlo no pude ya olvidarte, he buscado en mis pétalos diversos motivos para quedarme y amarte.
fácil

Es fácil para mí recrearte en mi deseo. Imaginar tus manos rastreadoras de curioso explorador paseando por los valles y cumbres de mi piel clara. Evocar esa lengua húmeda que lame golosa cada palmo expuesto de mi vientre de mujer o esos labios, siempre cálidos, siempre húmedos, que adoran los rincones de mi cuello que más le adoran. Puedo, fácilmente, recrear sin recato tus envites salvajes, tus gruñidos de macho embravecido, el peso de tu cuerpo y la fuerza de tus brazos cuando se te antoja que voltee mi postura. O a ese otro tú, tan sensitivo, que convive extrañamente en el mismo cuerpo, tan tiernamente afectivo, que tiembla de amor cuando me acoge entre sus brazos.
Qué fácil me resulta imaginarte, soñarme entregada a tu fervor cada noche, y que cruel se torna en un instante. Pues, cuando la pasión rememorada me somete, me encumbra, me estalla y me acomete, entonces, conformándose al fin ese deseo, se me hace más patente lo mucho, lo tanto, que te anhelo.
la palabra maldita
Descubro horrorizada la presenciala amante del sol

Sí, lo sé amor mío, yo nunca te pido nada, salvo cuando te pido un imposible. No creas que no valoro cada rayo de tu luz como el regalo más preciado. Aprecio esos minutos junto a ti como los instantes más hermosos de mi vida, agradezco cuanto me das y cuanto quieres darme en igual medida, me haces sentir plena y, por ello, jamás, jamás te pido nada.
Nada te pido, hasta que mi caprichoso corazón desea un imposible y me empeño en que, por mi antojo, detengas el mundo que calientas. Entonces algo se me remueve dentro, me desdoblo y una parte de mí -esa otra yo egoísta que siempre duerme, aburrida de nunca ser oída-, encuentra la ocasión de susurrarme que tú, que eres el dador de todos mis deseos, astro omnipotente, el ser más asombroso, deberías también saber cumplir mi sueño más difícil y penoso.
Y me digo a mi otro yo que es injusto pedirte lo que no puedes darme, que no alcanzaría el sol a detener su curso por mucho que quisiera y siendo yo su ser adorado, mala amante soy pidiendo un imposible. Y me respondo furiosa, desde el otro lado infiel que nunca escucho, que entonces para qué has de interesarme.
Y así, libro una batalla sin sentido destinada a provocarme el más cruel de los daños, a herirme con mis armas más terribles, a castigarme por mis deseos inasequibles.
Pero sé yo, y yo, ambas sabemos, que no está en tu mano cambiar nada en mi vida, ni otorgarme paz de espíritu, ni guardarme, ni ofrecerme una salida, pues sólo yo soy dueña de mi mundo a la deriva. Y si mi sol no puede detenerse, si tiene que seguir la noche al día, razono al fin que sólo necesito, que me dejes abrazarte entre las sombras y esperes paciente, y con cariño, a que termine esta triste letanía.



