Se muestran los artículos pertenecientes a Diciembre de 2007.
06/12/2007
Los planes de uno

Los viernes son días de servidumbre. Uno acaba con la rutina semanal y se enfrenta a una nueva inercia, basada en compromisos familiares y sociales. Si encima uno trabaja toda la semana, dedicará los días siguientes a las labores propias de su sexo: compra en el hiper de la esquina, limpieza, plancha, lavadora y largas siestas. Si además uno está ennoviado, deberá planear un futuro inmediato -para los próximos dos días exactamente- entretenido y romántico, en deferencia a su preciosísima y exigente pareja.
Pero si uno está casado, y el fin de semana es de cuatro días, probablemente este futuro ya esté más que organizado sin su opinión. Por otro lado, si la esposa de uno es tan insufrible como la mía, sucede que este puente es perfecto para sacarla del congelador, después de dos semanas, y emprender viaje hacia el precioso parque natural de Doña Ana, donde pasar todo el finde enterrando sus trocitos por las marismas.
16/12/2007
Bancos en espera

Acrílico sobre lienzo, 92x60 cm ©Manuel Vacas.
Releí este viejo proyecto hace unos días,
y sentí una punzada de orgullo,
así que con vuestro permiso, o sin él,
me lo regalo de nuevo.
Las ciudades tienen historias, gastadas a fuerza de tanto contarlas; leyendas que duermen latentes en las paredes de los edificios, en las calles, en las plazas y en los jardines del parque.
Un abuelo senil cuenta, a quien quiera escucharle, que aquello era un huerto de frutales en sus años mozos. Una mujer explica a una madre, que amamanta paciente a su bebé, la forma de curar la tos de pecho. Un hombre ocupado lee el periódico, desperdiciando un tiempo que no tiene, y a su lado, un vagabundo ocupa el tiempo en dormitar.
Ayer pasaron mil historias por un banco y hoy, alguien lo pintó de blanco.
Publicado por el pintor murciano Manuel Vacas en su catálogo artístico de 2006.
19/12/2007
Hombre de aire

Yo conozco un hombre de aire que, como todos mis hombres, es especial e intangible. Podría decir que es lejano como el cielo y cercano como el viento que acarició mi rostro esta noche en el jardín, pues es incorpóreo y real y, siendo todo, se diluye en nada algunas veces, cuando ignora o se niega su enorme valor.
Mi hombre de aire es también un niño, emotivo y furioso con la vida que lo trató mal, y en un rincón del infinito llora su pena, como el inmenso cielo se deshace en gotas de agua, y se miente jurando que ya no siente nada.
No siente nada, salvo amor, pues no existe alma, éter o hálito que pueda librarse de la tenaza de ese sentimiento que mueve el mundo y, a menudo, lo detiene. Y no queriendo, lo padece y se rige por él, o por su falta más bien, pasando del soplo de ilusión al suspiro acongojado en un instante.
Hoy mi hombre de aire me habló de sentimientos, de enlaces, de desazón, y escondió la brisa de sus palabras con caricias amistosas de céfiro juguetón. Y yo, mujer sensitiva entre las mujeres, cerré los ojos, me dejé rozar y simulé, una vez más, no respirar.
25/12/2007
El pastor

Ya hace muchos días que vengo caminando, casi desde el puente de la Constitución, y de eso debe hacer unas dos semanas, si no más. Recuerdo que estos viajes antes no eran tan largos, pero últimamente, con el afán consumista y la publicidad de la tele, no sabe ya uno ni el día en que vive.
Yo, que ya tengo años de profesión en esto de cuidar las cabras, he encontrado de todo por estos caminos de Dios, pero nunca se había visto que fuesen los burros con las alforjas cargadas de ricas viandas en lugar que modesta paja, y que, tal como vi hace dos días en un sembrado que cruzamos, los brocales de los bueyes fueran de oro viejo en vez de cuero nuevo. Y no hablemos de los pastizales, que de esos me cruzo yo mil en cada viaje, y antes parecían pintados de tanta calva que los salpicaba, y ahora son del verde del bueno, y cuajaditos de arbustos, que mis cabricas se inflan a comer sin parar todo el camino.
Lo triste es que ahora que hay abundancia parece que cada uno va a lo suyo, que antes ibas pasando y veías a los artesanos y las gentes del campo mirando para donde tenían que mirar, y saludando, y atendiendo a quien pasaba, pero ahora, cada uno se preocupa de lo suyo, y anda en su buena casa y en su oficio, sin reparar en lo que acontece medio metro más para delante. A mí eso sí que me entristece, porque parece que se ha perdido la ilusión, que nadie se acuerda de los más humildes, y que nada más que importa ya aparentar y vivir bien.
Y no les cuento ya de la gente rara que hay, que antes todo lo más que te encontrabas en los trayectos era algún pobre desgraciado, tonto de la cabeza, que se bajaba los pantalones donde pillaba y se ponía a cagar a la orilla del camino, como quien mira las hormigas, pero ahora… ¡Madre santa del amor hermoso! Si les cuento con lo que me tropecé ayer mismo en lo alto del monte… Pues un anciano vestido de rojo era, orondo como un tonel, con unas barbas tan largas como las de matusalén y los mofletes más rojos que el buen vino que debía correrle por las tripas. En fin, allí me lo dejé riendo y agarrándose la panza, que a saber que lengua hablaría porque no hubo forma de entenderse con él.
Y hoy, en la cueva de la Anunciación, no me creerán, pero me topé de bruces con un tío vestido de negro, con capa, antifaz y dos cuernos en la cabeza, con su piratrés y suspendido por los pies del techo de la gruta. El Pepico, que estaban allí con las ovejas esperando noticias, al ver que me tiraba a rescatarlo, me paró y me explicó que se había colgado de esa guisa por gusto, que era no se qué deporte moderno. En fin, cosa de locos, ya les digo.
De todas formas a mí lo que me tiene que importar es mi camino, y llegar a tiempo para coger un buen sitio, que todos tenemos nuestra obligación y allá cada cual con el modo en que la cumpla.
A lo lejos se ve el cielo cargado de luces y la preciosa Estrella de Oriente presidiéndolo todo. Escucho los villancicos y el chocar de copas, hay mucho jaleo, para mí que se acerca ya el momento, este año han ampliado el belén, me va a pillar un poco lejos y no voy a ver nada. A ver si tuviera suerte, como el año pasado, y la cría pequeña me coge en volandas y me planta delante del pesebre, que ya tengo ganas de darle al pequeño los quesos que me traigo en el zurrón, que están bien ricos.
Voy a dar un par de pasos más ahora que nadie mira, que bien merece el esfuerzo de una humilde figurita de barro, el acontecimiento de ver nacer al que vino a inventar aquello de “amaos unos a otros como yo os he amado”.
Feliz Navidad a todos los hombres y mujeres de buena voluntad.



