Reflejos de pasión

Sedice intuye retazos de pasión remoloneando por su piel, erizada aún con el último escalofrío. Siempre es igual, la excitación la desborda sin que pueda hacer nada por contenerla, y después, le invade el sentimiento de culpa, de vergüenza por la explosión de cariño ardiente, desigual y desenfrenado. Y siente que el fuego del pudor invade sus mejillas.
A veces no hay un motivo para sus arranques. Sedice es una mujer sana y llena de vitalidad, sus sensaciones afloran de la mano de sus ilusiones, pues acompaña un gesto de amistad de una caricia, un momento de alegría de un firme abrazo, una sonrisa de un beso en la mejilla. Desprende emoción en cada gesto cotidiano, no distingue el amor de cualquier sentimiento y, siendo hermosa y dulce como es, a menudo se sorprende correspondida con inusual ardor por aquel que ha sido víctima de su muestra de cariño, y entonces… entonces Sedice se desata, se desarma, desfallece sin combatir y se deja acurrucar con indulgencia entre los brazos de su amante ocasional.
En otras ocasiones, nuestra Sedice es presa de su propio deseo, y mientras a su piel se le antoja ser acariciada, y a su oído escuchar susurros viciosos, su mirada busca, entre aquellos que la rodean, un objeto de placer. Y sus manos acercan a su talle las manos del varón elegido, mientras el corazón se le niega a formar parte de tanta avidez física e impúdica. Y Sedice se torna mujer amadora, besadora, rastreadora de caricias, buscadora de furores en la superficie de ese cuerpo de hombre que se le entrega.
Siempre sucede que el deseo la gobierna, y rara vez ha conseguido contenerse, jamás supo guardar las apariencias o disimular con recato, porque Sedice, mal que le pese, es una criatura de espíritu ardiente.
Por eso hoy, cuando Leónidas la amaba en su lecho, volvió a dejarse arrastrar por el deseo. En la pared, el reflejo de un espejo le mostraba, al hombre, el cuerpo ardoroso y radiante de su amada y, mientras se dejaba llevar por el brío salvaje de la febril Sedice, vio el resplandor de la pasión chispear en los cantos de esa piel desnuda, y apenas vislumbró qué sucedía, cuando murió, inmolado por las llamas del amor y calcinado entre las sábanas.
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Autor: Pablo
Besos
Fecha: 31/07/2007 18:01.
Autor: Desconcierto Nautna
Leónidas y su 'lluvia de meteoros' no pudieron con Sedice...¿quien será el próximo?
Relato que arde en roces
un beso
Fecha: 31/07/2007 20:54.
Autor: pau
Fecha: 01/08/2007 20:44.



