la sucesión

Hoy he visto que tienes una nueva musa, otra criatura inspiradora que fácilmente ocupa el alto lugar que me otorgaste un día, digna sucesora de mi trono de aire y humo. Lo he visto y he sentido el escozor quemando mis entrañas.
No consigo acostumbrarme, ¿sabes? Mil veces me sucediera aquello de creer en las palabras vanas de un hombre y mil veces, al final, escuece igual, pues aunque la vida me ha enseñado de mentiras aprovechadas, de falsos halagos, de lo hueco del corazón del amante, mi autoestima se resiste a confirmarme que siempre fueron discursos interesados, destinados a acariciarme el corazón mientras sus manos acariciaban mis muslos.
Qué simples y estúpidos son esos que se llaman hombres. Pues una mujer compartimenta su amor a lo largo de su vida, y en cada estante reposa un trozo de pasión pleno, a veces corto, a veces poco intenso, pero siempre importante. Y jamás superpusiera un amor a otro, ni utilizara iguales recursos con dos sueños diferentes. Pero aquellos fútiles que se llaman hombres, tienen un cauce único en su vida, un sólo hacer, un repertorio, que repiten pausados a cada acariciante cuerpo al que se arriman.
Por eso, hoy, cuando vi mis frases -y digo mías porque un día me las regalaste, no porque me sienta ya dueña de nada- acariciando a otra diosa inspiradora, sentí la quemazón que precede al impotente llanto.
Implica mi renuncia mi castigo, y por bueno acepto el que me infliges, pero recuerda, hombre, el perdón que mendigaste, ese que un día, casi te concedo. Desde ya te digo, que no habrá contigo perdón que se malgaste.
Porque ahora que otra ocupa mi lugar, y con esto termino mi diatriba, ahora que al fin quedo libre del remordimiento que me causó dejarte, ahora escuece, quema, abrasa, mi herida en carne viva.
Comentarios » Ir a formulario
Autor: el otro
Suerte.
Fecha: 15/06/2007 00:15.
Autor: elbucaro
Fecha: 30/08/2007 19:04.



