carta de una liberta

Hace días que me desangro, que me arrancaste las entrañas y las arrastraste lejos de mí, deseándome la muerte.
Hace días de dolor de eso, días de ser una parte y no ser nada, de faltarme la risa de mis hijos, de no tener sueño que velar, ni más aire que respirar que el del vacío cósmico que dejaron mis tres soles.
Ha sido un tiempo de luto en mi corazón de madre pues, por unos días, has vuelto a tener el poder, y como ser despreciable que transcurres, a utilizarlo. Y yo he recordado bien quien eres.
Tú, que pronto te ganaste el apropiado apodo del “hombre más egoísta del mundo”, has vuelto a ignorarme, a humillarme, a volcar sobre mí toda tu inmundicia, como en los días gloriosos de tu reinado.
Te he sentido esparcir cuentos sobre mi engaño y mis falsas palabras de cariño, cuidando de omitir en tus narraciones el abandono que llevó a este desprecio o el enfermizo hecho cierto de que has de imaginarme en brazos de otros hombres para correrte.
He visto como niegas a tus hijos el oro que les corresponde por derecho, esgrimiendo el mismo descaro, tanto para eludir tus obligaciones como para solicitar tus derechos.
He padecido tu desplante arrogante, y el puño del desamparo apretando mi corazón cuando quise saber de mi hija enferma y me cerraste la puerta en las narices, pues no era mi tiempo de cuidarla.
Durante días sufrí y callé, y esperé mordiéndome los labios, a que mis criaturas volvieran a mi seno, y mis heridas, una vez más cicatrizasen.
Ahora te imagino sumido de nuevo en tu retorcido mundo de egoísmos, planeando el inesperado latigazo con el que fustigar mi espalda desnuda, perdiendo con cábalas económicas el sueño que jamás malograste por nosotros, masturbándote desesperadamente mientras deliras con que otros hombres me poseen y gritas que debo sufrir por puta. Imagino tantas miserias como conozco de ti, y me siento libre, feliz y limpia, lejos de tu influjo.
Nada hice mejor en mi vida que quitárteme de encima, y te equivocas al creer que puedes comprar mi libertad con tu dinero. Ahora que mis pequeños me rodean y tus aviesos dedos envenenados vuelven a estar lejos de nosotros, la serenidad me hace fuerte y sé que debo hacer.
Hombre demonio de cuernos merecidos, levanta tu rabo de rata y busca tactilmente el agujero letrinoso que resguarda. ¿Lo has encontrado? Pues ya puedes meter por él, una por una, cada moneda de oro que has negado a tus hijos. Y espero que las disfrutes grandemente, pues ha de ser ésta la única satisfacción que obtendrás de mí por el resto de tu miserable vida.
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Autor: elbucaro
Fecha: 30/08/2007 19:06.



