Suicidio

Indudablemente, es más fácil morir que soportar sin tregua una vida llena de amarguras.
Johann Wolfgang Goethe.
Yo me suicidé una vez, hace mucho tiempo. Tenía trece años y, lo recuerdo nítidamente aún ahora, hacía una semana que me habían violado, aunque hasta hoy nunca antes se lo había contado a nadie.
Fue mi vecino, un viejo solitario y huraño cuya terraza lindaba con la mía. Y, si denigrante fue el abuso, más lo fue que los niños de la calle de atrás lo observasen todo desde la ventana de su cuarto sin hacer nada.
Unos días después, mi padre me arrastró de los pelos por toda la calle, descalzo y en pijama, hasta un parque cercano. Quería que identificase a esos golfos, según él amigos míos, que tocaban el timbre de casa y me insultaban a todas horas, y que en realidad eran los únicos espectadores de la violación que nunca denuncié.
Al día siguiente, esos mismos niños rizaron el rizo de la burla cruel apaleando a mi mejor amigo. Mientras le pateaban, trataban de conjurar su propia suerte advirtiendo al resto de muchachos de la calle, a voz en grito, de que cualquiera que se acercase a mí se contagiaría de mi demostrada mariconez.
Supongo que por eso me suicidé. Porque me sentí ínfimo viendo como le rompían la nariz y dos costillas al buenazo de Paquito mientras yo no hacía otra cosa que llorar. O quizá me encontré desvalido ante el abuso. O humillado por la vergüenza pública. O demasiado solo en el mundo.
También puede ser, y yo creo que esto será lo más probable, que me suicidase simplemente porque tenía el medio y carecía del juicio. Un arsenal de calmantes, estimulantes y todo tipo de drogas para el tratamiento de las depresiones de mi madre, me esperaron siempre en el primer cajón de la cómoda, para cuando ya no pudiera, ni quisiera, aguantar más mi sufrida adolescencia.
Fuera por el motivo que fuese, yo me suicidé esa noche. Tragué cuantas pastillas pude, de mil colores y formas, acompañadas de todo el coñac que logré ingerir, hasta que perdí el conocimiento.Y morí.
Tres días, y dos lavados de estómago después, salí del hospital arrastrando la vergüenza de haber muerto, además de una perpetua intolerancia psicosomática a tragar cualquier tipo de cápsula y a olfatear siquiera de lejos el coñac.
Han pasado muchos años desde aquello, pero nada ha cambiado. He seguido consumiendo la vida de prestado que me tocó en suerte. Me he drogado y desintoxicado diez veces, he delinquido por dinero y por sexo, he estado en la cárcel, he sufrido dolores indescriptibles, he padecido las vergüenzas más denigrantes, he enfermado, he perdido todos los dientes, he llorado mil veces y he envejecido demasiado pronto.
Y cada día abro los ojos en un lugar distinto preguntándome cuánto más durará este dolor eterno, porque ese día, el día de mi suicidio, yo morí y desperté en el infierno.
La carta del admirador

Hoy he recibido una hermosa carta de amor.
En realidad no es de amor propiamente dicho, pues quien me escribió jamás me deseó, admiró y anheló como supongo yo que ha de hacerse con la amada. Pero tampoco puedo decir que sea una carta amistosa, pues he sentido cada párrafo hasta llenarme los ojos de lágrimas emocionadas, cada frase ha jugado distraída a seducirme y cada palabra me ha acariciado suave y lascivamente, como habría de hacerlo en los preliminares el buen amante.
Yo, que valoro más que otras el cariño, por la pura necesidad de afecto que arrastro, puedo decir entre el pudor y el orgullo que hoy me sentí amada, y en equivalencia (o mejor en correspondencia porque fue por carta) también amé.
Y sucedió, como sucede siempre en estos casos, que mi interlocutor postal hablaba de una que no era yo, o sí lo era aunque en secreto, pues opinaba de una parte de mí que jamás muestro a aquellos que me miran a los ojos. Él se refirió a una mujer libre que se expresa desde la boca del estómago, una llena de sueños y fantasías, que vive imaginando mundos mejores y que trata de construirlos con más o menos talento. Esa cuyo seudónimo apenas se vislumbra al otro lado del espejo y que jamás asoma en el mundo real, esa pérfida casquivana que soy yo misma y no lo soy, enamoró a mi amado.
Y sucedió, como también es más que habitual, que yo lo idealicé igualmente al tiempo que lo leía, pues se erigió en caballero defensor en la injusticia, ofendiendo (con más furia que acierto) a quien desdeñó mi literatura. Después me cubrió de halagos, me acunó en sus brazos largos como largas frases y me acarició la ilusión con promesas de encuentros futuros frente a un café.
Me dejé mimar mientras le leía llamarme “preciosa rubia”, un nuevo apelativo al que sumó, por si acaso, el de “mujer inteligente”, mezclando así agua y aceite en un intento de hacerme sentir especial.
Me enamoré de él a golpe de letras. Y cuando, en su última frase, se despidió con cariño y caricias para las dos, lo quise más, pues nos supo distintas a esa otra y a mí y, aun así, nos acarició a ambas.
Así que aquí ando ahora, enamorada y aturdida, pensando si le contestaré, qué le diré y cuánto fingiré. Poco a poco, siento que el efecto narcótico del enamoramiento se diluye y todo vuelve a su cauce. Para cuando le conteste sonaré simplemente agradecida y él no notará nada. Todo estará bien.
Siempre me sucede lo mismo. No sé que sería de mí si mi vieja e inteligente agente editorial, que lleva las riendas de mi vida, no me tuviera terminantemente prohibido flirtear con todos mis admiradores.
El calco deshonesto

A menudo he escuchado historias sobre plagios en Internet. Hay incluso verdaderas leyendas urbanas que hablan de cómo reputados escritores encuentran su inspiración (párrafos enteros de calco inspirador, letra a letra) en las obras de autores desconocidos que pululan por la red. Mis amigos insisten en que debería proteger lo que escribo y no hacerlo público alegremente para consumo de cualquier pícaro copiador, pero a mí nunca me ha importado. No soy tan importante como para que lo remedado pueda tener algún valor.
Hace unas semanas, mirando mis estadísticas, me sonreí al descubrir que alguien había llegado a mi blog buscando la frase “el mar en cien palabras” que es exactamente lo que se solicita en las bases de un pequeño concurso de microrelatos de la red. Huelga decir que el anónimo visitante encontró sin problemas lo que buscaba en mi breve “el hombre que tiraba letras al mar”, perteneciente a mis espejismos en cien palabras. Espero que, si gana ese concurso, me invite al menos a una cerveza virtual por mi inspiración.
Desde entonces curioseo los lugares de donde proceden las visitas, sobre todo si éstas buscan largas frases concretas o algún tema en el que yo sea especialmente prolífica, con la esperanza de ser inspiradora de algún otro escritor en ciernes. Y sí, sí que lo soy, hoy encontré la prueba fehaciente de ello.
¡Qué grata sorpresa! La dulce señorita Mildred publicó el 13 de Mayo de este año, un texto que contiene, sin saltarse una sola coma, mi Boceto, que publiqué en febrero de 2008 y La palabra maldita, publicada en diciembre de 2007.
En fin, lejos de la frustración, sentirme tan segura de mi talento me da una perspectiva benevolente de lo sucedido, más digna y orgullosa. Casi diría que acaricia mi vanidad ser imitada con semejante descaro, sobre todo porque los comentaristas de la señorita Mildred dicen que mis/sus textos son dignos sucesores de los de García Márquez, ahí es nada.
Por todo esto, y a pesar de que omites deliberadamente mi nombre, te perdono mi querida Mildred. Por esto y porque, como ya sabes, pequeña zorrita, por muchos huevos de oro que atesores, la gallina que los pone sigo siendo yo.
Confianza

Tienes razón al ofenderte, al exigirme un poco de predisposición y esperar algo más de cariño por mi parte. Tantos temores infundados como interpongo entre nosotros desquiciarían a cualquiera. De veras quisiera no estar tan asustada.
Desearía sentirme más valiente, o más inconsciente, o menos herida. Cerrar los ojos y dejarme querer, entregarme y amarte como deseas, vida mía.
Bien dices que debería valorarme en lo que valgo y no sentirme ínfima cuando tus manos rastrean mi piel. Pensar que te deleitas en el roce de mi cuerpo desnudo y no en las marcas que el tiempo fue dejando en su camino. Sentirme bonita y no imperfecta ante tus continuos halagos. Buscar el placer y no sólo tu aprobación ante mis caricias. Desearte siempre y no guardarte las distancias.
Debería, sí, lo sé de sobra. Creer que nadie puede quererme sólo me hace daño a mí. Pero mi corazón sensible no entiende de razonamientos, no sabe de nada más allá de los sentimientos, y el recelo lo atenaza con cada nuevo rayo de sol.
Perdóname, amor, si tengo miedo. El último hombre que me pidió confianza ciega me hirió profundamente. Y ese hombre, cielo mío, fuiste tú.
Qué poeta ni qué poeta

En una de mis tardes más aburridas, escribí unos versos que rezaban:
Estas tirada en la mesa,
alma libre de ojos claros.
Orgullosa y vana,
caprichosa y casquivana,
eres grande sucesora
de esos otros faraones
y, por eso, te permites la licencia
de no atender a quien te busca
e ignorarme con paciencia,
alma libre de ojos claros.
Y duermes tranquilamente
porque nada te perturba,
solemne magnificencia.
Esa misma tarde tuve que enviar algunos de mis textos eróticos a una conocida revista de alto contenido sexual, con la que colaboro mensualmente. Por error, la pequeña cantinela se traspapeló y fue incluida en el lote enviado sin que yo fuese consciente. Tampoco le di mayor importancia puesto que carecía de valor literario y mi editora la desecharía inmediatamente, como efectivamente sucedió.
Olvidé pronto el incidente, hasta que meses después, me invitaron a un desconocido programa cultural de una televisión de difusión regional. Me anunciaron como una famosa escritora de literatura erótica, y el señor Carolingio Ruipérez de Tudela, Profesor e Investigador en Lengua y Literatura Española y eminente contertuliano de este programa, hizo un prólogo de presentación, comentando uno de los pequeños textos que habían venido siendo divulgados a lo largo de estos años en distintas publicaciones; concretamente y para mi sorpresa, la sencilla copla que arriba menciono.
Al hilo de estos versos el señor Ruiperez comentó:
“La autora utiliza la elipsis descarada para omitir el elemento que daría sentido al verso, esto es, el miembro viril. Usa un tropo que, por medio de varias metáforas consecutivas, hace patentes en el discurso un sentido recto y otro figurado. Así habla de una grande, sucesora de grandes, magnificencia, atendiendo al pene en plena erección y lo representa sin embargo, tirado en la mesa, en actitud descansada o de flacidez. Esgrime metafóricamente el alma como representación física del sexo masculino, en un intento de humillar al hombre que guarda sus sentimientos entre sus piernas. Entendemos de igual modo la acepción “los ojos claros” como símil de las gotas del lechoso producto del miembro referido”.
Unos minutos después, el orgulloso literato Carolingio Ruiperez, presa del calor de su propias palabras, preguntaba sentidamente al mundo, a través de las cámaras, si no nos estaríamos perdiendo a la excelsa poetisa que se escondía entre las historias sórdidas y de dudosa moralidad que tan famosa me habían hecho.
Después, tratando de enfocar mi intervención según este punto de vista, me interrogó sobre el acierto con que él había sabido desgranar el profundo sentido de mi poema. A lo que, un poco azorada y conteniendo mi hilaridad, hube de responder:
—No sé de donde ha podido sacar ese texto que yo creía sin publicar, pero para serle completamente sincera, Señor Carolingio, en realidad yo escribía sobre mi gata.
Con cariño para esos críticos que ven culos donde sólo hay montañas …
Voy a ser odontóloga

Cuando cien personas afilan la punta de su lápiz al unísono para participar en un proyecto altruista y solidario siempre acaba surgiendo una voz disfrazada de gesto burlón que proclama que el mundo está lleno de ilusos.
Yo, que creo que los gestos no hay que explicarlos, sino hacerlos, a veces me pongo chula con aquello de la fe en la humanidad y presumo orgullosa de mi inocencia. Y, en contados casos, me da por apoyar alguno de estos proyectos que a veces, sólo a veces, resultan ser lo que parecen y acaban ayudando a alguien más que a mí misma.
Este es el caso de “Atmósferas”, Cien relatos para el mundo. Ya ha salido a la venta la tercera edición de este precioso libro y sus beneficios se destinarán íntegramente a la Fundación Vicente Ferrer. Se espera conseguir un buen montón de becas universitarias para estudiantes de Anantapur y, si la cosa se dispara, meterán la naricilla en el proyecto de un futuro colegio en una de las zonas más pobres y necesitadas de la India. Ahí es nada.
Atmósferas incluye los cuentos de cien autores que, además, son bloguistas. Y aunque yo soy poco amiga, bien lo sabéis vosotros, de estas publicidades que vanaglorian a los descarados y avergüenzan a los humildes, plasmo aquí los nombres de todos ellos. Así podréis felicitar a los conocidos y conocer a los desconocidos porque, además de buenos escritores, estos amigos son (sus acciones los preceden) buenas personas.
Pues eso, que os dejéis de cruzar la acera a las ancianitas y os planteéis comprar el libro aunque uno de sus cuentos lo haya escrito yo, a ver si conseguís que la pequeña Aaleahya sea odontóloga y siembre Anantapur de sonrisas.
Santiago Solano participó con La bruja Maruxa.
Vanessa Martínez Ortega participó con Sombras.
Antonio Esteve participó con La casa.
Alejandro Pérez García participó con Buenos tragos.
Ana Mª Sancho participó con Abuelo.
Silvia Ochoa Ayensa participó con Abuelo.
Lola Mariné participó con Cuando ella baila.
Marta Abelló participó con La canción de Cristian.
Blas Malo Poyatos participó con El sortilegio.
Miguel Ortega Isla participó con Erase una vez…
Susana Eevee participó con Monzón.
Matías Mugione participó con Brazos estirados…
Silvia Alvarez Merino participó con Las piedras no se pueden comer.
Armando Rodera participó con La sonrisa del alma.
Dolores Espinosa participó con El parque.
Rebeca Gonzalo participó con Sangre inocente.
Francisco Cenamor participó con Tierra.
Blanca Miosi participó con Pensamientos nocturnos.
Raúl Sánchez participó con ¿Qué crisis?
Gloria de Frutos participó con El profeta.
Estela participó con La visita.
Felisa Moreno participó con Olvido.
Teo Palacios participó con Mano amiga.
Sara López participó con Marcos y la silla de las idéas.
Berta y Erika participó con Ladrón de recuerdos.
Maribel Romero participó con Mientras.
Rafael Ayerbe participó con Lamento estéril.
Celia Alvarez participó con Gnomo.
Sergio Astorga participó con Una nube en el zapato.
Jaclo participó con Dirty.
Pilar Cabero participó con Te amo.
Manuel Martïnez Carrasco participó con Damián.
Mª Jesús Almendro participó con El Entierro.
Xose Anton participó con Una noche de luna nueva.
Benigno Oval participó con Una amistad peculiar.
Alicia Uriarte participó con Bouquet de rosas.
Pilar Martínez Carrasco participó con Volver.
Jose Luis Carrasco participó con “…”
Julia R. Robles participó con El reflejo de luz.
Jorge Parrondo participó con Papel y tinta.
Mariló Tejelo participó con El oso Fritz.
Manuel Navarro Seva participó con La caña de pescar.
Ignacio Reiva participó con Mano amiga.
Dorotea Fulde Benke participó con En un lugar de la cocina.
Tania Alegría participó con Virtual Killer.
Mercedes Martín Alfaya participó con El viaje.
Ramón Alcaraz García participó con La palabra prisionera de guerra.
Amor Olomí Calderón participó con Una promesa, un recuerdo.
Santiago Morata participó con Un viejo recuerdo.
Paco Arriaza participó con La joven y el cometa.
Lupita Mayorga participó con Zanahorias azules.
Tere Alonso Gurrea participó con Un “tic-tac” muy especial.
Delfina Acosta participó con ¿Qué es la poesía?
Nieves Hidalgo participó con Adiós princesa.
Maat Vazquez participó con Juguetes ilusionados.
Javier Ribas participó con Todo llega.
Justi Zapico participó con Aguas negras.
César Tapia Hernández participó con Caco, el egoísta.
Juan Carlos García Suárez participó con La autopsia.
Manuel Herrera Infante participó con Dinero.
Ferrán Pizarro participó con Hesíodo y el sol.
María José Cádiz participó con Gris.
Silvia María Moreno participó con Ars matemática.
Carmen Andújar participó con Mi amiga María.
Christian Gazzo participó con Mirando detrás de la ventana.
Francisco Mateo Ramírez participó con Los colores del cielo.
José Manuel Angulo García participó con El tesoro.
Raquel Badillo participó con Paz.
Rosa Desastre participó con La vía muerta.
Álvaro Liniers participó con La llamada de la amada.
Ana Rosa P. González participó con Una pesadilla.
Mila Aumente participó con La voz de la nostalgia.
Isabel León participó con Al otro lado.
Emilio Ubal participó con Miguel y María.
Blanca de la Piere participó con El jardín del olvido.
Rosa Jimena participó con La cortina.
Emilio Porta participó con Jerusalén.
Tiritritrantan participó con Rebelión en El Cairo.
Javier A.C. participó con Emilio.
Cristina Vall participó con El botánico y la cebolla.
Félix Ramírez participó con El cayuco.
Carmen Silva participó con El futuro de las torrijas.
Paco Piquer Vento participó con Soledad.
Lola Buendía participó con Un mendigo peculiar.
Antonio Jiménez González participó con El monje Zen, y las piedras del camino.
Alicia González participó con Celos del aire.
Ana Rico participó con Conjuro para aliviar del dolor de la distancia.
Mercedes Rodicci participó con Murciélagos.
Clara García Ramos participó con Se equivocan .cuando dicen.
Maribel Pont Pont participó con Carta a una tirana.
Ramón Mután participó con Hoima.
Valeriano Franco participó con La despedida.
Paola del Campo participó con Rosas.
Antonio Castillo-Olivares Reixa participó con Amar o no amar.
Miguel Alejandro Prado Segura participó con Mi espía.
Miguel Alejandro Prado Segura participó con Se llamaba Margarita.
Juan Manuel Rodríguez de Sousa participó con Caramelos de anís.
Luis Berastain participó con Díez En segundos.
Milagros Salvador El mensaje.
La calma

Al fin va llegando el sosiego. La tempestad ha dejado de agitar las ramas de altos árboles y sus hojas me miran de nuevo, estáticas.
Regreso a mi cueva, castillo de mis ilusiones donde soy diosa desnuda que corretea descalza por las almenas. Me acurruco en mis sábanas de seda y me dejo acariciar por mi viento roto, mis hormigas y mis juegos con amantes, tan distintos y tan iguales a ti. Te soy infiel otra vez con mi fantasía, y te soy fiel eternamente, mi amor.
Fuera, el mundo sigue girando, ajeno a que fue mío durante el tiempo que duró el parpadeo de tus ojos. Desde aquí puedo verlo y, como la dama que soy en mi atalaya, sonreírme. Ahora sé que también los sueños tenemos nuestro minuto de gloria.
Amor canino

Tú que nunca me has fallado,
que has estado
a mi vera en cada instante,
que has lamido mis lágrimas
y venerado el suelo donde piso
con la nariz sumisa
y acariciante.
Sí, tú.
Tú sí eres importante.
Cuenta atrás

Cuatro…
Tres…
Dos…
Un día queda, sólo un día, para la presentación de mi libro “Las Guapas deberían Morir” en el Centro Párraga. Y entre nervios, invitaciones y compromisos, ayer recibí una nueva sorpresa. Por segundo año consecutivo, me han otorgado el Primer Premio de Relato Corto (y el Primer accésit de poesía, que valoro igualmente) del Certamen Literario “8 de Marzo” promovido por el Exmo. Ayuntamiento de Molina de Segura.
Adoro este pequeño y precioso premio.
Todos los meses deberían ser abril.
¡Por fin Las guapas deberían morir!

Le ha costado más que un parto de elefanta, para qué voy a mentir, pero al fin ha visto la luz mi pequeño y preciado libro “Las guapas deberían morir”.
Lo hace dentro de la colección "La Biblioteca del Tranvía", de la editorial Tres Fronteras. Este formato, enmarcado en el programa Lecturas informales para la difusión de la lectura, consta de sesenta páginas que engloban una exquisita selección de siete cuentos. El diseño de tan coqueta edición (premiado recientemente en los LAUS) corresponde al estudio Paparajote.
Se presentará al público en el Festival de Literatura SOS 4.8. junto con El armario de Abdou, de Gonzalo Gómez Montoro y Negro sobre fondo azul, de José María Jiménez. Será el sábado 25, a las 19:30h, en el Centro Párraga de Murcia (antiguo Cuartel de Artillería) y allí podréis adquirir los tres libros presentados en una edición no venal y verme sufrir hablando de mis letras frente a un montón de, espero, amables lectores.
Para aquellos a los que no os sea posible asistir pero estéis interesados, os dejo el enlace hacia la Web de la editorial Tres Fronteras, donde indica como podréis haceros con un ejemplar, o dos, o diez.
El erotismo de Tautina

Que Tautina es una criatura erótica hasta la obscenidad es un hecho bastante obvio. Pero lo que jamás imaginé es que me pagarían por ello.
Me pregunto qué diría mi padre de semejante aseveración. Por suerte para él, desconoce que su adorable pequeña ha conseguido por fin prostituir sus letras y su alter ego a cambio de unos risibles derechos de autor.
Sin embargo, el resto del mundo ya debe saber que:
¡¡He sido seleccionada para formar parte del libro de relatos eróticos Cupido!! Y no con uno, sino con dos de mis más pizpiretos cuentos.
Aquellos que ya conocéis como me las gasto en el terreno carnal iréis prestos a descargaros el libro por un módico precio (cosas de la tecnología moderna). Pero para los demás, más púdicos, desganados o austeros, dejo aquí algunas pequeñas gotas de voluptuoso hacer, por aquello de pavonear las plumas de mi cola ante tan inmerecido premio.
“…Se exhibe hermosa frente a la presa y, si ni aún así él se decide, ella misma acercará a su talle las manos del varón elegido, mientras el corazón se le niega a formar parte de tanta avidez física e impúdica. Sédice se torna entonces mujer amadora, besadora, rastreadora de caricias, buscadora de furores en la superficie de ese cuerpo de hombre que, turbado, se le entrega.
Siempre sucede que el deseo la gobierna, y rara vez ha conseguido contenerse, jamás supo guardar las apariencias o disimular con recato, porque Sédice, mal que le pese, es una criatura de espíritu ardiente…”
©Sédice en el espejo de Julia R. Robles.
Publicado en el libro “Cupido” de Mandala & Lapicero.
“…No jugaré con la provocación de mi cuerpo desnudo, no habrá susurros obscenos, miradas lascivas, juegos de piel con piel que espoleen tu avidez. Hoy seré sinuosa, distante, lejana y misteriosa cual princesa envuelta en seda…”
©Hoy no me desnudo de Julia R. Robles.
Publicado en el libro “Cupido” de Mandala & Lapicero.
Yo soy

Mírame. Soy naturaleza viva,
pequeña hoja que mueve el viento,
estrella que brilla en el firmamento,
agua de río que la noria aviva.
Yo soy fuerza de fuego desatada,
núcleo incandescente de energía
que bulle, como lava bravía,
y deja la ladera devastada.
Soy la sangre menstrual que, mensualmente,
asomará a la vida de este mundo.
Soy un existo, soy un yo rotundo
Soy la muerte sangrando quedamente.
Soy calidez de sol amaneciendo,
brisa suave que juega con tu pelo.
Sedoso, transparente y fino velo,
que te acaricia y que te va cubriendo.
Y tumbada en la tierra soy caverna,
confundida con lo que me rodea.
Cuanto soy está en ésta que gobierna.
Sueño de amor, hechizo de Medea,
madre naturaleza, diosa eterna.
El hombre que tiraba letras al mar

Decían que el hombre que tiraba letras al mar estaba loco. Las letras caían al agua y quedaban flotando, formando en su superficie ondulada frases de hondo sentido que sólo él podía ver.
El arte de escribir

¿Sabes Tomás? A mí no me gusta escribir, no veo nada hermoso en ello. En realidad sólo es algo que forma parte de mí, una necesidad fisiológica como respirar, comer o hacer sexo. El placer que me produce escribir no va más allá que el de una exigencia satisfecha. Carezco de la profundidad, la complejidad y el arte de otros escritores porque yo, Tomás, escribo con las tripas.
¿No me crees? Bueno, puedo intentar aclarártelo aunque sólo sea para que me entiendas.
Normalmente lo veo venir, siento como la idea se va creando en mi cabeza porque sí, sin buscarla ni llamarla, la siento formarse y crecer y procuro no hacerle mucho caso. Al poco se desarrolla completamente y comienza a golpear las paredes de mi cráneo, insistentemente, como una pelota de pimpón rebotando una y otra vez, volviéndome loca, luchando por salir.
A veces pienso que escapará por mis oídos o por mi nariz y la olvidaré completamente, o me agarro los ojos para que no me los salte en uno de esos rebotes. Pero eso son sólo sensaciones infundadas porque nunca sucede, la idea sigue martilleándome la sien hasta que al fin decido digerirla.
Entonces, Tomás, y no te rías, entonces la mastico. La llevo a mi boca y trato de rumiarla y darle forma de bolo alimenticio para poder tragarla. Es cuando, si me ves desde fuera, ando mascullando entre dientes perdida en mi mundo. Doy a la idea la consistencia necesaria y la trago de un tirón, y sigo con mis quehaceres más tranquila mientras la digiero.
Y llega el momento de estar frente a un teclado o, si no me es posible, de buscar como una posesa papel y bolígrafo, porque siento la primera arcada y debo escribir. Es cuando viene la peor parte, Tomás, cuando de pronto, igual que los rumiantes, regurgito mi idea directamente desde el estómago y la vomito sobre el papel. Es un proceso duro y pesado, tanto como vomitar de verdad. De pronto me faltan todas las palabras del mundo y me atranco mil veces cuando la idea es fluida y lucha por salir.
Por fin, todo termina, Tomás, y la historia está ahí, plasmada, casi como la imaginé en mi cabeza, y digo casi porque siempre hay una palabra que querría encontrar o un giro que no conseguí matizar, pero está ahí, y sólo necesita un poco de limpieza.
Ésta es la parte buena, desde luego, cuando todo ha pasado, cuando me recreo en cada frase que inventé, mientras limo las faltas y apuro las comas. Igualito que las caricias postcoitales o el café que saboreo tras una copiosa comida.
Y claro, me pasa como con todo, que como soy un culo de mal asiento, al momento ya me estoy quejando; que si dos horas cocinando para comer en un momento, que si todo el día detrás de ti para un polvo de diez minutos, que si tanta angustia para escribir medio folio…
Al final no me compensa el esfuerzo. Y en el tema de escribir menos aún, porque esto no me lleva a nada, jamás conoceré el arte del buen escribir, ni publicaré uno de esos perfectos libros de bello corte literario. Lo mío es más visceral, ya te digo, pura necesidad animal, y a ver quién iba a comprar un libro vomitado de la primera a la última página, escrito con las tripas, ya ves tú que asco…
Así que eso, que a mí escribir no me gusta nada de nada. Menos mal que a ti leerme sí, ¿verdad Tomás?… ¿Tomás?… ¿estás leyendo?
confidencia

Él nunca vino y ella, acurrucada en su rincón, tararea la canción de aquel poeta de ojos tristes que tanto le gusta aunque, al final, siempre acaba equivocando la letra:
El suelo bajo nuestros pies,
sin verlo, se hizo mar y ya no hay nada,
ya no hay nada sobre lo que caminar.
Tú te elevas. Yo me hundo en lo profundo
como un pez abisal…
…na na na.
La obsesión

Cuando leí el primer cuento de la escritora de ese blog, me sorprendió la imaginación con la que desarrolló la historia. Cuando leí el segundo, la idea de que algo no funcionaba bien en su cabeza comenzó a inquietarme. Como nada sabía de la persona cuyo seudónimo firmaba aquellas letras, no acertaba a comprender el modo en que se erigía en escribiente, en primera persona, de personajes de condición y carácter tan diferentes. Le apliqué entonces, siguiendo las pautas del buen psicólogo, la premisa del actor, aquella que dice que, cuanto más vacío de personalidad está el artista, mejor profesional resulta ser, pues puede adoptar fácilmente la condición del personaje sin que interfiera la suya propia. Es de todos sabido que los actores más simples y lerdos han protagonizado grandes películas y bordado sus papeles para gloria de sus excéntricos directores.
A la escritora de ese blog no la supuse estúpida, pues contaba con una lograda capacidad de expresión y un sinfín de ideas originales, ambos rasgos inherentes a un vocabulario y raciocinio rico, pero quizá por deformidad profesional o porque, desde mi punto de vista experto, no encontré otra explicación más válida, decidí que esta mujer estaba gravemente desequilibrada.
Era evidente que había desarrollado una esquizofrenia basada en múltiples personalidades superpuestas que le permitían pasar de la boca de una prostituta a la de un asesino en serie con un simple pestañeo de renglones. Nuevos textos venían cada día a afianzar este diagnostico, pues leía estupefacto los sentimientos de una madre amantísima un lunes, la pasión obscena de una quinceañera el martes o el tormento poético de un corazón demente ese mismo jueves. Y yo sabía, entendía profesionalmente, cuan hermosamente perturbada estaba la escritora, dueña de tanta sinrazón.
Con el tiempo y la costumbre de leerla, empecé a desarrollar mis propias fantasías acerca del modo en que podría acceder a ella, ayudarla y, quién sabe si conseguir curarla de su desequilibrio, alcanzando con ello su inagotable amor. Empecé a desearla, pues sus sentimientos cálidos me enamoraban, sus fantasías eróticas me excitaban y su imaginación me hacía desvariar con ensoñaciones en las que trepanaba su prolífico cerebro con mi enhiesto miembro viril.
Una noche me desperté sobresaltado, ahogado en sudores, ante la pesadilla de una mujer con ojos desorbitados y cabellos encrespados, que vestía un camisón blanco de sanatorio y me atenazaba el cuello con sus manos huesudas de anoréxica. Me di cuenta entonces de que, puesto que mi subconsciente recurría al sueño para aliviar mi deseo, necesitaba una imagen de la escritora más agradable de aquella que había fraguado esa noche. Precisaba una imagen hermosa, derivada de sus palabras más cálidas y de su sensualidad, subyacente entre las líneas de cada historia. Y, sin pérdida de tiempo, me puse a ello.
Día tras día busqué en las revistas de moda los ojos que este cuento me evocó, o dentro de un folleto publicitario la descripción de los labios que besaban en aquella historia. Cada vez que creía reconocer un rasgo físico en alguna modelo de papel couché, lo recortaba y guardaba hasta la noche, cuando sustituía el sueño por el arduo trabajo de componer, a modo de rompecabezas, sobre mi mesa del escritorio, una hermosa imagen de mujer. El día en que recorté las preciosas orejitas de Eugenia Silva supe que mi obra estaba terminada, y la escritora de aquel blog completa. Sólo me había costado tres semanas de insomne labor.
Esa noche, pegué con esmero todos los recortes y deseché definitivamente los que no me encajaban, compuse las piezas arriba y abajo, juntas y separadas, pegándolas sobre una cartulina, de forma que al final, el rostro de una bella mujer apareció ante mí.
Complacido por el resultado, susurré el seudónimo de la escritora y besé con delicadeza el recorte que correspondía a sus labios. Llevando un poco más allá mi atrevimiento, lamí suavemente con la punta de mi lengua la cúspide de su nariz de papel y, un instante después, me sorprendí besando con fruición salivar todo el collage.
La deseaba, deseaba a esa mujer irreal compuesta de historias distintas y diferentes rostros, la deseaba con tal fervor que me masturbé salvajemente sobre ese rostro, sin sentido, ni medida, hasta vaciarme sobre la imagen que ahora me pertenecía. Y justo en ese instante, jadeando y exhausto como estaba ante esa foto troceada que chorreaba entre mis manos, fui consciente de que no era la bella escritora de ese blog la desequilibrada de esta historia, no. El rematadamente loco era, siempre había sido, yo.
Bruja

El mundo de las brujas es extraño. Aquí nadie mira a nadie, todos se ocupan en sus pociones y sus propios deseos. Está demasiado poblado para mi gusto, no hay distancias y apenas se puede caminar sin tropezar con un caldero o una escoba voladora. Me recriminan todo el tiempo mi mala educación al interponerme en el camino de alguien, aunque yo lo haga sin querer.
Quiero salir de aquí para quitarme de en medio, trasportarme o escapar a otro universo, pero la lechuza me explicó que mi magia sólo abarca este lado del espejo.
La menina despreciada

Escribí "La menina" para un catálogo de Pepe Yagües el verano pasado y, puesto que eligió otro de mis breves, éste quedó traspapelado por ahí. Ahora lo recupero porque, qué quieren que les diga, ésta es mi casa y cuelgo los cuadros que quiero.
¡Qué ahogo,
qué indisposición!
Conocida es mi afición
de pasear por las salas,
buscando composiciones
con alas
que obnubilen
mi razón. Mas he aquí que
lo he encontrado, a ese
artista tan buscado por mi
instinto intransigente. Mitológico,
valiente,
burlón
de sutil acabado.
Alas, caballos y astas. Manos,
lunas y escaleras, que se enmarcan
en las tetas de la mujer más desnuda.
Tan desnuda, la mujer, que se pudiera
hasta ver, en hueco, a través de ella. Dicen
que la forma es bella, y más hermosa ha de ser
cuando se muestra en esquema. Hecha de vacíos,
preñada de sentimientos, anhelos, ansias de libertad,
y el amor inalcanzable por la luna inalterable que mira
condescendiente. Sueños quebrados en parte, son las mil
y una figuras, embutidas en el cuerpo de su desnudo amante.
Una obra que rezuma de aquella burla troyana, embaucadora
y galana, que traspasara la historia tal que trampa indescifrable.
Quién explica tanto arte como este artista alcanzara con su ironía
más fina, haciendo que se columpia en la soledad de la Menina.
El placer y el deber

Deberías saber que nada valoro más que el roce de tus labios en el contorno de mi nuca al despertar, cubriéndome de besos protectores que apartan de mi pensamiento la amenazadora soledad.
Deberías saber que te creí cuando dijiste que estarías junto a mí, todo el tiempo dijiste, sabiéndote tan lejos y sintiéndote tan cerca.
Deberías entender que mi cama es inmensa y fría cuando estoy sola, y que cada día despierto furiosa con el mundo por ese hecho.
Deberías pensar que tus buenas intenciones y tus promesas de amor invisible no abrigan mis sueños.
Deberías haberme comprendido, conocido y sentido, y haberte esforzado un poco más antes de volver a defraudarme.
Deberías estar durmiendo junto a mí esta noche.
Deberías estar…
Deberías…
Almanaque

Pasé las hojas de corrido, apoyando el dedo pulgar en el canto, y los números del almanaque saltaron sobre mí impulsados por el trampolín de su página doblada.
Puedes creerme, trataba de mantenerme entera hasta tu vuelta, pero un afilado dos me rebanó el brazo y el diez me hizo rosca en la rodilla casi seccionándola. Luché por respirar mientras el catorce me estrangulaba el cuello, pero entonces, las lanzas del once se me clavaron en el pecho.
Un río de dolor manaba a borbotones de las heridas y sufrí tu espera hasta la agonía. Por suerte, al final ,el hacha del diecisiete se apiadó de mí y me partió en dos el corazón, dándome el golpe de gracia.




